
Algo para Pensar — Parashá Re’eh(martes, 4 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Y al lugar que El Eterno vuestro Dios escogiere para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando: vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, las ofrendas elevadas de vuestras manos, y todo lo escogido de los votos que hubiereis prometido a El Eterno” (Deut. 12:11).
Nuestra parashá describe la antigua peregrinación a Jerusalén durante las tres festividades principales. A simple vista, podría parecer un viaje espiritualmente emocionante, pero la realidad para los peregrinos de Judea era muy distinta.
No existían hoteles, apenas había posadas, y durante el camino muchas veces había que dormir en el suelo, buscar comida como se pudiera y renunciar a toda comodidad. Quien se quedaba en casa vivía mejor que quien emprendía el viaje sagrado.
Sin embargo, la Torá no menciona ningún esfuerzo especial para facilitar el trayecto de estos hombres y mujeres que viajaban cada año para cumplir un mandamiento tan importante.
No había señales, ni caminos preparados, ni indicaciones que dijeran: “Jerusalén, por aquí”. El peregrino a medida avanzaba debía preguntar en cada aldea, orientarse como pudiera y continuar con paciencia y fe.
Curiosamente, la parasha de la próxima semana nos presenta a otro viajero: Para él, la Torá ordena preparar ciudades de refugio, y además, asegurar que los caminos hacia ellas estén despejados, accesibles y claramente señalizados.
La Mishná enseña que en cada encrucijada había letreros que «gritaban»: «Miklat, miklat” — “refugio, por aquí” — para que el homicida involuntario llegara sin tropiezos.
Así, mientras el peregrino debía vagar preguntando cómo llegar a Jerusalén, el asesino accidental encontraba un camino directo y bien marcado. ¿No le parece esto una contradicción? ¿Una injusticia? ¿Por qué tanta consideración hacia el que cometió un acto trágico, y tan poca hacia el que buscaba elevarse espiritualmente?
La respuesta es sensiblemente profunda. El peregrino viaja para cumplir con la voluntad divina. Su caminar no necesita señales externas, porque su corazón ya está inspirado y orientado hacia Jerusalén.
El mérito de su viaje está precisamente en la dificultad, en la renuncia, en el esfuerzo que transforma el trayecto en parte del sacrificio. Su búsqueda es voluntaria y consciente; llena de intención. El desafío no lo aleja; lo estimula.
El homicida involuntario, en cambio, no viaja inspirado por una decisión espiritual. Su camino es urgente, angustioso, marcado por el miedo y la culpa. La Torá, en su infinita sensibilidad, entiende que este hombre no necesita obstáculos adicionales. Su alma ya está quebrada; su vida, trastornada. A él se le allana el camino porque su viaje no es ascenso, sino supervivencia.
La diferencia no es discriminación.Es compasión.
A quien sube por amor, se le permite subir con esfuerzo. A quien corre por dolor, se le facilita el paso. Y quizá, en nuestra vida, esta enseñanza sigue vigente. Hay caminos espirituales que requieren trabajo e incomodidad; sobre todo renuncia.
No porque Dios quiera dificultarnos la vida, sino porque el crecimiento auténtico nace del esfuerzo. Y hay otros caminos — los de la crisis, la pérdida, el error — en los que el Creador nos tiende señales claras, porque sabe que en esos momentos no podemos cargar con más peso del que ya nos agobia.
La Torá no trata a todos por igual, porque no todos necesitamos lo mismo. Se trata a cada uno/a según la carga que arrastra en su corazón.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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