Una lección para recordar en este Yom Kipur

Por Pini Dunner

Cuando Barnett Isaacs desembarcó en Ciudad del Cabo en 1873, todo su inventario comercial consistía en 40 cajas de cigarros. Tenía 21 años y se había criado en un barrio pobre del East End de Londres, donde su padre comerciaba con ropa de segunda mano, cerraba la tienda en Shabat y enseñaba a sus hijos a boxear en el patio. La idea de los cigarros fue de su cuñado; siendo que los artículos de lujo escaseaban en las minas de Sudáfrica.

La familia reunió a duras penas el dinero para el pasaje; un pariente aportó una cadena de plata para cubrir la diferencia. En el Cabo pagó 5 libras por un asiento en una carreta de bueyes y tardó dos meses en llegar a los yacimientos de diamantes de Kimberley.

Llegó con otra ventaja útil: un don para reinventarse a sí mismo. En su adolescencia, él y su hermano habían actuado en teatros de variedades bajo el nombre de “El gran Henry Isaacs… y Barnett también”, hasta que Barney sugirió condensar el “Barnett también” en “Bar-na-to.” Así, Barnett Isaacs se convirtió en Barney Barnato.

Kimberley era famosa por sus diamantes, pero Barnato no sabía nada de ellos; su primo le decía que no distinguía un diamante de un ojo de cristal. Por eso vendió sus cigarros, actuó en carpas donde vendían cerveza, aceptó recibir golpes a cambio de dinero como boxeador de feria y, casi como algo secundario, se estableció como comerciante de diamantes: una mesa plegable, una balanza, unos alicates y una lupa.

Cada día recorría el polvo rojo comprando piedras en bruto en las mesas de clasificación de los mineros, una actividad conocida como kopje-walloping. Y mientras realizaba esta tarea, se dio cuenta de algo. Cuando los mineros llegaban a la dura capa azul situada bajo el blando suelo amarillo, muchos asumían que los diamantes se habían agotado y vendían sus derechos. Barnato llegó a la conclusión opuesta: el suelo azul no era el final del yacimiento, sino su corazón.

Así que compró los terrenos que otros habían descartado. En poco más de una década, era dueño de una de las minas de diamantes más grandes y ricas del mundo. Durante diez años mantuvo una guerra comercial con Cecil Rhodes, quien contaba con el respaldo de los Rothschild, este no era un hombre con el que la gente buscara peleas.

La disputa concluyó en 1888 con un acuerdo. Rhodes absorbió la compañía de Barnato dentro de De Beers, pagándole con un cheque por valor de 5.338.650 libras esterlinas: el cheque de mayor cuantía emitido hasta esa fecha. Barnato se retiró inmensamente rico y con un puesto vitalicio en el consejo de administración del conglomerado que había intentado derrotarlo durante años.

Más tarde se descubrió oro en Witwatersrand, y Barnato repitió la hazaña. Hacia 1895, se decía que ganaba 5 libras por minuto y estaba construyendo un palacio en la exclusiva Park Lane de Londres. El joven judío de los barrios bajos del East End se había convertido en uno de los hombres más ricos del Imperio británico.

Entonces, algo cambió. En 1896, su banco quebró. Barnato, el hombre que había intercambiado golpes alegremente a cambio de dinero y se había jugado fortunas contra Cecil Rhodes, cayó en un estado de depresión y temor, hablando obsesivamente de la bancarrota y de sus “enemigos.”

Lo extraño es que, en realidad, no estaba arruinado. De Beers prosperaba, la situación en el Rand se había estabilizado y su fortuna seguía siendo enorme. Sus médicos le prescribieron descanso. En junio de 1897, zarpó hacia Inglaterra con su esposa, sus tres hijos pequeños y su sobrino Solly Joel. A las tres y diez de la tarde del 14 de junio, frente a las costas de Portugal, Barney Barnato saltó por la borda hacia el Atlántico.

La investigación judicial se celebró cuatro días después dictaminándose que la muerte se produjo por ahogamiento en un estado de demencia temporal. El veredicto resultó polémico, y no sin razón. No se había realizado autopsia alguna. Solly declaró haber gritado “¡asesinato!” en el momento en que su tío caía al agua; una palabra curiosa para emplear cuando alguien cae por accidente. Además, un oficial del barco — a quien Solly había descrito como adormecido en una tumbona — testificó haber visto a Barnato saltar; más tarde, la familia le entregó 1.000 libras.

Barnato tenía 46 años. La mansión de Park Lane se terminó de construir sin él y acabó siendo adquirida por Sir Edward Sassoon, cuya esposa era Aline de Rothschild. Así, la gran residencia construida con el dinero que Barnato había ganado a costa de Cecil Rhodes terminó ocupada por la familia que había financiado a Rhodes en su enfrentamiento contra él.

Cada Yom Kipur recitamos un párrafo que parece casi un resumen de la vida de Barnato: Mi ya’ani umi ya’asher, mi yishafel umi yarum — “Quién será pobre y quién rico; quién será humillado y quién exaltado.” Barnato experimentó las cuatro situaciones en una sola vida.

Solemos percibir el Unetaneh Tokef como un catálogo de posibles catástrofes y aspiraciones esperanzadoras. Pero no es así. Es una lista de pares. Quién vivirá y quién morirá. Quién a su debido tiempo y quién antes de tiempo. Quién descansará y quién vagará. La cuestión es que nadie sabe de antemano en qué lado del par se encontrará; y el lado que ocupamos este año puede no ser el mismo que ocupemos el próximo.

Sin embargo, hay un pequeño detalle en la conclusión del párrafo que lo cambia todo. En los manuscritos antiguos, todos los pares seguían el mismo orden: primero lo bueno, después lo malo. Esto significaba que la secuencia terminaba originalmente en un tono sombrío.

En algún momento, el orden de los últimos pares se invirtió, y la oración que recitamos hoy concluye de otra manera: no con el empobrecimiento, sino con el enriquecimiento; no con la humillación, sino con la exaltación. Quienes transmitieron la oración no podían alterar el decreto, pero sí podían cambiar la palabra con la que nos quedamos cuando la música se detiene.

Es más que un simple cambio estético. Si quien está en la cima no puede dar por sentado que permanecerá allí, tampoco puede hacerlo quien está en lo más bajo. La misma incertidumbre que hace insensata la arrogancia, hace irracional el pesimismo. La desesperación surge cuando tomamos la mitad negativa de un par inconcluso y la inscribimos en el registro como si el año venidero ya hubiera terminado.

Por eso es tan importante la frase más célebre del Unetaneh Tokef: “El arrepentimiento, la oración y la caridad apartan el mal del decreto.” Estas palabras no prometen borrar el decreto; hablan de apartar su maldad. Un decreto y una catástrofe no son necesariamente lo mismo. Y el espacio que media entre ambos es precisamente donde cobra sentido todo lo que hacemos en este preciso momento. No podemos determinar si la enfermedad desaparecerá, si el dinero volverá, si las relaciones se recompondrán, si las guerras terminarán o si aquello que tememos no llegará a suceder. Yom Kipur no ofrece tal garantía. Nos transmite algo distinto: la incertidumbre es un arma de doble filo.

El futuro es una incógnita cuando vivimos con comodidad; por eso, nunca debemos caer en la autocomplacencia. Pero también es una incógnita cuando sentimos miedo; por eso, jamás debemos sucumbir a la desesperanza.

Barney Barnato amasó su fortuna gracias a una intuición extraordinaria. Todos los demás llegaban al duro suelo azul de Kimberley y concluían que los diamantes se habían agotado. Barnato observaba ese mismo terreno y se preguntaba si lo que parecía ser el fondo no sería, en realidad, el comienzo de algo más valioso.

Comprendió esta verdad respecto a la tierra. Trágicamente, cuando la oscuridad se cernió sobre su propia vida, no supo aplicarla a sí mismo: vio el suelo azul y creyó haber llegado al fondo.

Sin embargo, eso es precisamente lo que la oración Unetaneh Tokef nos impide hacer. Desconocemos cuál de las dos caras de la moneda nos aguarda. Tal vez eso resulte aterrador cuando las cosas van bien, pero, cuando van mal, constituye también un motivo de esperanza. El año venidero está aún por escribir; el libro de los registros sigue abierto. El lugar donde nos encontramos hoy no es necesariamente aquel donde estaremos mañana o dentro de un año.

Así pues, despidamos Yom Kipur tal como nos enseñaron aquellos antiguos escribas: sin garantías y sin saber qué nos deparará el año, pero negándonos a terminar con una nota negativa.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traduccion drigs, CEJSPR

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