
Algo para Pensar — Parashá Ha’azinu (viernes, 18 sept. 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
«Escuchad, cielos, y hablaré; Y oiga la tierra los dichos de mi boca. Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba…» (Deut. 32:1-2)
Ha’azinu destaca por dos dimensiones inseparables: lo qué dice y el cómo se dice.
En su último gran discurso antes de bendecir al pueblo, Moisés recorre el pasado, el presente y el futuro de Israel. Invoca al Dios que los creó, recuerda la elección divina, anticipa la infidelidad futura del pueblo y la disciplina que seguirá, pero también la reconciliación final.
Su súplica es simple y desesperada: reconocer que solo יְהוָ֖ה es Dios. Si Israel acepta esta verdad, vivirá; si la rechaza, sufrirá. Y concluye con una advertencia solemne: estas palabras son tu vida misma.
En ese mismo momento, Dios le anuncia a Moisés que su tiempo ha terminado. Sus palabras — su único instrumento — llegan a su fin. Moisés debe unirse a los antepasados que ya no hablan.
Todo el libro de Deuteronomio es un intento de Moisés por transmitir una visión para la cual ningún lenguaje es suficiente. Él describe una forma de vida — la mitzvá — que el mundo nunca ha conocido. ¿Cómo explicar lo que aún no existe? ¿Cómo describir relaciones humanas y divinas perfectas? ¿Cómo pintar la plenitud cuando nadie la ha visto?
La posibilidad de esa vida nueva depende de que Israel cruce el Jordán y comience a vivirla. Pero Moisés no puede mostrarla:
• porque todavía no existe,
• porque él no cruzará el río,
• porque solo tiene palabras, y las palabras no bastan.
El episodio en el que golpeó la roca, frustrado por la ineficacia del lenguaje, simboliza este límite. Su castigo — quedar fuera de la Tierra — es también la metáfora de su misión: su lenguaje termina donde terminan sus pisadas.
No sorprende que su última súplica adopte la forma de un poema. La poesía es el lugar donde las palabras se vuelven más preciosas, más densas, más capaces de apuntar hacia lo que no pueden decir del todo.
Ha’azinu tiene métrica fija, lenguaje elevado, metáforas intensas, rimas ocasionales. La Torá culmina en poesía para recordarnos que incluso las palabras más cuidadas tienen límites.
Como todo poeta que intenta tender un puente entre lo conocido y lo desconocido, Moisés recurre a imágenes:
• cielo y tierra,
• lluvia y rocío,
• roca, miel, uvas, leche, grasa,
• águilas, sol, luna, montañas, mares, hierro, bronce, vino.
Son los elementos eternos de la existencia humana, los cimientos de la experiencia, convocados para dar realidad a lo que Israel aún no ha vivido. Pero incluso así, el lenguaje no alcanza. Las palabras se esfuerzan por tocar una realidad demasiado rica.
Como escribió Archibald MacLeish: “Un poema no debería significar, sino ser”** Pero si pudiera “ser”, ya no sería lenguaje. Si Israel pudiera ver instintivamente la vida que Moisés describe, no habría necesidad de Deuteronomio ni de la Torá.
La vida humana no funciona sin palabras. Necesitamos metáforas, enseñanzas, leyes. Necesitamos repetición, aun cuando la repetición embote los sentidos. No escuchamos bien lo que no queremos oír.
Por eso el poema final de Moisés está cargado de frustración y dolor. Sus palabras son un “testimonio contra” Israel. Él sabe que el éxito traerá complacencia:
Jesurún engordará y dará coces. Israel olvidará la fuente de su bendición, adorará “dioses que no son dioses” y creerá que “nuestra propia mano ha prevalecido”. Solo el desastre podrá devolverles la claridad.
Este año, Ha’azinu se lee justo antes de Yom Kipur, en ese intervalo tenso entre la solemnidad del juicio y la alegría expansiva de Sucot. Es un momento perfecto para preguntarnos cómo vivir en los espacios que abren las palabras de Moisés: amar, crear, construir.
En un tiempo en que el poder de las palabras para elevar o destruir es evidente, Ha’azinu nos recuerda que nuestras acciones pueden estar a la altura de las palabras que Moisés pronunció antes de guardar silencio.
Podemos elegir la bendición, la bondad, la Vida. Podemos cruzar nuestros propios ríos angostos y comenzar de nuevo en la otra orilla.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
Notas
** “A poem should not mean / but be” MacLeish, Archibald. Ars Poetica. En Collected Poems 1917–1982. Boston: Houghton Mifflin, 1985. (Poema originalmente publicado en Poetry, junio de 1926). El poema desarrolla la idea de que la poesía debe ser experiencia, no explicación; presencia, no discurso.



Deja un comentario