
Algo para Pensar — Parashá Ha’azinu (miércoles, 16 sept. 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo… y mira la tierra de Canaán… y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, como murió Aarón tu hermano…” (Deut. 32:49–50).
El relato retoma exactamente el punto donde quedó la reflexión anterior: la orden divina dirigida a Moisés en los últimos instantes de su vida. La frase “Sube… y muere en el monte” merece una atención especial.
La Torá no dice “morirás”, en futuro, sino “muere”, en imperativo. Dios no solo anuncia el final de la vida del profeta: le ordena morir.
La idea es desconcertante. ¿Puede la muerte ser una mitzvá? ¿Puede alguien morir por decisión propia, en el momento que elige?
Evidentemente no. Pero en las circunstancias de Moisés, la muerte se convierte en un acto en el que él participa espiritualmente, alineando su voluntad con la voluntad divina. Moisés muere como vivió: cumpliendo un mandato.
El líder de Israel no se extingue como una máquina que se apaga. Su muerte es un acto consciente, un último gesto de obediencia. La Torá subraya que “sus ojos no se oscurecieron ni perdió su vigor” (Deut. 34:7). No se marchitó; su final fue un instante de elevación espiritual, no de deterioro.
La muerte es inevitable. Nadie sensato lo negaría, por más teorías extravagantes que pretendan alcanzar la inmortalidad mediante ingeniería biológica. Desde bacterias hasta seres humanos, desde flores hasta gigantescos árboles, todo lo vivo está destinado a morir desde el momento en que nace.
Y, del mismo modo, la vida tampoco nos pidió permiso para comenzar. Los sabios lo expresaron con precisión: “Por fuerza vives, por fuerza mueres” (Avot 4:29).
Sin embargo, tanto la vida como la muerte tienen un propósito: que lo natural no sea la última palabra.
Vivir implica realizar actos naturales — comer, hablar, relacionarse, moverse, sentir—, pero el judaísmo enseña que no debemos someternos a lo natural ni negarlo, sino elevarlo. Transformar lo cotidiano en mitzvá. Convertir lo físico en sagrado. Santificar la existencia.
Lo mismo ocurre con la muerte. Es un hecho natural, pero no debe quedarse en ese nivel. También ella puede elevarse, transformarse en un acto de conciencia y trascendencia.
Para un judío, morir no es solo un proceso biológico: es unir la propia voluntad al curso inevitable de la naturaleza, y al hacerlo, convertir lo mecánico en sagrado, dotándolo de un sentido espiritual.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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