Algo para Pensar — Parashá Ha’azinu (martes, 15 sept.  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel; y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, así como murió Aarón tu hermano en el monte Hor, y fue unido a su pueblo…» (Deut. 32: 49-50).


El tema de la muerte está de moda hoy día. Al igual que otros temas que antes eran tabú, se susurraban, o incluso se discutían, a pesar de reconocerse su realidad y ubicuidad, la muerte ha emergido ahora — en cursos universitarios, en libros de superventas, en grupos de discusión y simposios —, liberándonos del miedo y la morbosidad presente al hablarse de este inevitable fenómeno.


Tenemos excelente literatura en torno a una disciplina llamada «tanatología,» que identifica, entre otras cosas, las distintas etapas de la muerte, desde la negación hasta la aceptación.


¿Existe una dimensión o perspectiva judía sobre este tema? Sí, la hay. Tomemos la etapa de la «aceptación». ¿Qué es lo que debe aceptar la persona moribunda? En general, se acepta su inevitabilidad y su naturalidad. Y eso es justo. La muerte es un fenómeno natural. Pero, desde una perspectiva judía, esto no es suficiente.


Creo que la Torá nos enseña no sólo cómo vivir, sino también cómo morir. Ambas cosas están entrelazadas, y una no existe sin la otra. Claro que no podemos elegir las circunstancias de nuestra muerte. ¡Se necesita mazal tanto al morir como al vivir! 


Nos encontramos en circunstancias dadas y limitadas al final de la vida, así como en el transcurso de la misma. Pero se nos desafía a reunir toda nuestra voluntad, espíritu, profundidad y fe para afrontar la muerte, así como para afrontar la vida.


¿Qué significa esto? ¿Cuál es el trasfondo conceptual y espiritual de semejante actitud?


El gran gramático medieval, el rabino David Kimhi, enseñó que el término honorífico eved Hashem (siervo del Señor) se aplica a quien dedica toda su vida, incluso los aspectos más físicos y corpóreos, al servicio de Dios. 


Quien toma todas las actividades y acontecimientos de su vida, por muy alejados que estén de lo espiritual, y los centra en el objetivo de hacer la voluntad de Dios, esa persona es verdaderamente un «siervo del Señor.»


El gran pensador jasídico, el rabino Zvi Elimelech Shapiro, autor del BeneiYisakhar, continúa esta idea y explica que debemos dedicar no solo la vida, sino también la muerte, a la meta espiritual de ejecutar la voluntad de Dios. 


Según el autor de la obra cabalística Asara Ma’amarim, Adán representa al hombre colectivo, recibió no uno, sino dos mandamientos. El primero es bien conocido: «Pero del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no comerás de él» (Génesis 2:17). Lo que no es tan conocido es que el resto del versículo también constituye un mandamiento: «Porque el día que de él comas, ciertamente morirás.» 


Esto no es solo una predicción, sino también un mandamiento: si violas el negativo «No comerás,» entonces debes cumplir el mandamiento positivo: «¡Ciertamente morirás!» Esto no es solo un hecho de la naturaleza, sino un mandamiento divino.

En ese caso, continúa el rabino Zvi Elimelech Shapiro, el judío debe afrontar la muerte con kavana (intención), al igual que ante cualquier otro mandamiento positivo. Es por esta razón también que la Torá nos dice que “así Moisés, el siervo del Señor murió allí” (Deuteronomio 34:5). 

Moisés fue un evedHashem, no solo en su conducta, sino también en su forma de morir. Asi como dedicó toda su vida a Dios, también respondió al llamado a morir con la misma participación y dedicación interior.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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