Este año, Rosh Hashaná debería ser motivo de celebración, no de desesperación.

Por Pini Dunner

En 1544, un fabricante de instrumentos flamenco llamado Gerard de Kremer fue arrestado en Rupelmonde, cerca de Amberes, y encarcelado en la mazmorra del castillo bajo sospecha de herejía. Los cargos en su contra eran insignificantes: había viajado extensamente — más de lo que se consideraba normal y saludable — y había escrito cartas a personas «inapropiadas.»

Otros detenidos junto a él corrieron peor suerte: algunos fueron quemados en la hoguera, uno fue decapitado y otros fueron enterrados vivos. Sin embargo, de Kremer permaneció en prisión durante siete meses hasta que sus amigos, vecinos, autoridades locales y un valiente sacerdote de la zona intercedieron por él, logrando su liberación por falta de pruebas.

Veinticinco años más tarde, bajo la versión latinizada de su nombre —Gerardus Mercator —, publicó un mapa que le otorgaría fama eterna.

El problema que Mercator se propuso resolver es fácil de describir, pero casi imposible de solucionar. La Tierra es redonda y los mapas son planos; trasladar la superficie de una esfera a una hoja de papel plana es imposible sin alterar o distorsionar algún aspecto. Basta con pelar una naranja e intentar extender la cáscara sobre una mesa sin que se rompa para comprender la dificultad en cuestión de segundos.

Es posible preservar la dirección, la forma, la distancia o el área, pero nunca todas a la vez; esto implica que todo mapa plano es, en cierta medida, una mentira. La única cuestión es con qué mentira uno está dispuesto a convivir.

La solución de Mercator consistió en contar precisamente la mentira que más necesitaba escuchar un navegante del siglo XVI. En su mapa, un navegante podía trazar un rumbo constante de brújula como una línea recta; en una época en la que los barcos cruzaban océanos con instrumentos que apenas merecían tal nombre, esto valía mucho más que contemplar el horizonte con esperanza y confiar en la Providencia.

Pero hubo un precio que pagar. En los extremos superior e inferior del mapa, la distorsión del tamaño se volvía cada vez más exagerada a medida que se alejaba del ecuador.

Groenlandia es el ejemplo más célebre: se extiende por el Atlántico Norte ocupando un tamaño similar al de todo el continente africano, cuando en realidad África es catorce veces mayor. Mercator no pretendía engañar a nadie, pero el resultado era, sin duda, engañoso.

A lo largo de los años, he llegado a pensar que cada uno de nosotros se mueve por la vida con una proyección de Mercator invertida de su propia existencia, trazada desde el único punto de observación a nuestro alcance: el lugar exacto donde nos encontramos en ese momento.

Y como ahí es donde comienza la proyección, todo lo que tenemos más cerca parece enorme. Un agravio menor ocupa más espacio mental que un centenar de actos de bondad, y el hecho de que alguien no nos invite a un evento provoca que el equivalente emocional de Groenlandia se expanda hasta cubrir la mitad del mapa.

Mientras tanto, las cosas verdaderamente inmensas se reducen a mero telón de fondo, simplemente porque están ahí de forma permanente: nuestras familias, nuestra salud, nuestra libertad, la posibilidad de practicar el judaísmo abiertamente y sin temor, y el privilegio de vivir en una época en la que casi la mitad de los judíos del mundo habitan en un Estado judío soberano. Son continentes, pero la mayor parte del tiempo apenas se perciben como minúsculas motas en el mapa.

Lo más llamativo de las oraciones de Rosh Hashaná es lo poco que se parecen a las plegarias que cualquiera de nosotros habría redactado para un día tan señalado. Si se pide a una persona común que formule una petición para el año nuevo, lo que se obtiene es una lista de la compra —y una perfectamente razonable—: salud, sustento, hijos, éxito, una reducción notable del número de personas difíciles con las que uno debe tratar y —dependiendo del año— tipos de interés más bajos.

Sin embargo, el elemento central de *Musaf* no es una lista de nuestros deseos, sino *Malchiyot*: la declaración de que Dios es Rey (*Meloj al kol ha-olam kulo bi-jvodja*: «Reina sobre el mundo entero con Tu gloria»). No sobre mi calle, ni sobre mi comunidad, ni sobre mis propias inquietudes. Queremos que Dios reine sobre el mundo entero, lo que supone un cambio de escala casi inabarcable.

Sospecho que esa es precisamente la clave. Rosh Hashaná redibuja el mapa situando a Dios en el centro en lugar de a nosotros, obligando a todo lo demás —a veces de forma incómoda— a recuperar su verdadera dimensión.

Que quede claro: Rosh Hashaná no sugiere que nuestros problemas sean imaginarios, ni propone que el dolor deje de importar porque alguien, en algún lugar, tenga problemas mayores que los nuestros. El judaísmo no exige a nadie ser emocionalmente deshonesto; a una persona que pasa la noche en vela a las tres de la mañana preocupada por un hijo no se le puede pedir simplemente que «ponga las cosas en perspectiva». No obstante, tampoco es bueno permitir que una región del mapa siga expandiéndose hasta que no quede espacio para nada más.

Resulta sorprendente cuántos problemas surgen de algo tan simple como una escala equivocada. A fin de cuentas, la valoración exagerada de uno mismo es un error cartográfico: cuando uno se representa a sí mismo con un tamaño excesivo, los demás quedan relegados a los márgenes para hacer sitio.

Los celos son el mismo error, pero a la inversa. Cuando el éxito de otra persona cobra tales dimensiones que eclipsa todo lo que yo ya poseo —y en lo que nunca pienso—, estamos ante una Groenlandia a escala de Mercator. Y precisamente por eso cobra tanta importancia el tema de la realeza —frente al del perfeccionamiento personal—: porque un programa de superación personal puede dejarme exactamente donde empecé, cómodamente instalado en el centro de mi propio mapa.

Me gustaría estar más tranquilo, porque así me sentiría mejor. Quiero ser más disciplinado, porque así lograría hacer más cosas. Quiero llevarme mejor con ese pariente con el que estoy distanciado, porque así las cenas familiares dejarían de ser un suplicio. No me malinterpreten: vale la pena hacer todo esto, pero, a fin de cuentas, todo gira en torno a mí. En cambio, *Malchiyot* nos devuelve a nuestra justa medida y nos hace pensar en Dios.

Nuestro propio punto de vista se asemeja mucho a la proyección de Mercator: sumamente útil para el fin con el que fue creada, pero que, al mismo tiempo, distorsiona nuestra perspectiva. A decir verdad, no tenemos otra opción, ya que nadie puede vivir su vida al margen de su propia perspectiva.

Sin embargo, una vez al año, cada año, Rosh Hashaná pretende sacarnos de nuestro mapa particular e invitarnos a mirar de nuevo. Y lo que solemos descubrir, si estamos dispuestos a mirar con honestidad, es que Groenlandia no es ni de lejos tan grande como habíamos supuesto.

Esa ofensa que hemos estado rumiando durante meses merece un país mucho más pequeño que el que le habíamos asignado, mientras que las maravillosas bendiciones de nuestra vida —a las que apenas hemos prestado atención durante el año— merecen un continente entero para ellas solas. Porque la vida no solo se distorsiona cuando nos suceden cosas malas; también se distorsiona cuando, silenciosamente, perdemos el sentido de las proporciones.

Mercator proporcionó a los marineros un mapa que les ayudaba a orientarse al cruzar un océano cuyo final no podían ver. Rosh Hashaná nos entrega un mapa muy distinto, cuyo propósito no es mostrarnos dónde estamos parados, sino recordarnos cuán grandes son las cosas importantes y —algo igual de importante— cuán pequeñas son las trivialidades.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

Deja un comentario

Trending