
Algo para Pensar — Parashá Ha’azinu (jueves,17 sept. 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Que mi enseñanza descienda como la lluvia, que mi palabra destile como el rocío, como lluvias sobre los brotes jóvenes, como gotas sobre la hierba” (Deut. 32:2).
Al final de su vida, acompañado por Josué, Moisés pronuncia el gran poema de Ha’azinu, convocando a los cielos y a la tierra como testigos de su mensaje final. Dios le había ordenado hacerlo en la parashá anterior, Vayelekh, y Moisés obedece con un cántico sublime y estremecedor.
Sin embargo, antes de que irrumpa la dureza del reproche, Moisés expresa un deseo sorprendente: que sus palabras caigan con suavidad. “Que mi enseñanza descienda como la lluvia, que mi palabra destile como el rocío, como lluvias sobre los brotes jóvenes, como gotas sobre la hierba” (Deuteronomio 32:2).
Pero ese anhelo de delicadeza dura apenas un instante. De inmediato, el poema se enciende en ira: el pueblo es llamado “corrupto y perverso” (32:5), “torpe e insensato” (32:6).
La belleza literaria de Ha’azinu contrasta con la severidad de su mensaje: una advertencia sobre las consecuencias devastadoras de abandonar el camino de Dios. No es casual que la tradición sefardí lea este poema en Tishá Be’Av, día de duelo nacional.
La urgencia de las palabras de Moisés se revela en las palabras: “Esto es su vida.” Al concluir su poema, Moisés explica porqué habla con tanta fuerza. Les dice al pueblo:
“Tomen en serio todas las palabras con las que les he advertido hoy… porque no es cosa vana para ustedes: es su vida” (Deut. 32:46–47).
La vida misma depende de la fidelidad a la enseñanza. Kol hadevarim, “todas las palabras,” abarca el amplio espectro de las leyes deuteronómicas: justicia económica, protección del vulnerable, administración de tribunales, ética en la guerra, celebraciones festivas, normas familiares. Cada aspecto de la vida cotidiana puede convertirse en un acto moral, y por tanto, en un acto de encuentro con lo Divino.
La amplitud de estas leyes revela una visión radical: la moralidad no es un adorno, sino la estructura misma de la vida humana, especialmente en la Tierra Prometida. Perder esa estructura sería devastador para Dios y para Moisés.
Cuando el pueblo está por cruzar el Jordán, Dios instruye a Josué:
“Sé fuerte y resuelto… No te apartes de esta Torá ni a derecha ni a izquierda… Recítala día y noche” (Josué 1:6–8).
El líder militar recibe una enseñanza inesperada: su éxito no dependerá de la estrategia bélica, sino de la constancia en el estudio y la enseñanza de la ley. La antigua práctica de la recitación repetitiva — día y noche — no era solo un método pedagógico; era una forma de moldear la mente, de inscribir la ética en las fibras más profundas de la persona.
En la frontera de la guerra, Dios le ofrece a Josué una lección civilizadora: la fuerza verdadera nace de la disciplina moral.
Siglos después, los rabinos transformaron esta visión en oración. En Ahavat Olam, recitada cada noche antes del Shemá, aparece la frase:
Ki hem hayyenu ve’orekh yamenu, u-vahem nehgeh yomam va-lailah
“Porque son nuestra vida y la prolongación de nuestros días, y las recitaremos día y noche.”
Yissachar Jacobson mostró que esta oración combina dos declaraciones de Moisés — una en Nitzavim (Deut. 30:20) y otra en Ha’azinu (32:47) — con la instrucción divina a Josué (1:8).
Los rabinos, enamorados del estudio y de la idea de que Dios guía a través de las palabras, unieron estos textos y los envolvieron en el lenguaje del amor divino: ahavat olam, “amor eterno”.
Así, el deseo de Moisés de que sus palabras cayeran como lluvia suave se cumple finalmente en la liturgia. Lo que en su boca fue un grito desesperado, en la boca de generaciones posteriores se convierte en un murmullo dulce, recitado cada noche con ternura.
Desde nuestra perspectiva individual, podemos recibir el legado de Moisés sin cargar con su ira. Podemos tomar su pasión — la urgencia de vivir con propósito, justicia y fidelidad — y permitir que llegue a nosotros con la suavidad que él mismo deseó.
El año es nuevo. Las circunstancias que enfrentamos pueden permitirnos algo que Moisés no tuvo: palabras firmes, sí, pero también palabras alegres. Que lo que decimos y escribimos alcance la altura moral de Ha’azinu, y que nuestro lekakh, nuestra enseñanza y sabiduría, caiga sobre quienes amamos como lluvia suave y como rocío delicado, en este año bendito que comienza.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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