
La educación de Dios y las aguas de Meriba
Por Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo
Uno de los grandes misterios de la Torá se refiere al conocido incidente en el desierto, cuando se le ordenó a Moshé hablarle a una roca para proveer agua a los israelitas. En lugar de hablarle a la roca, Moshé la golpeó con su vara. Por este acto, Dios decretó que no se le permitiría entrar en la tierra de Israel.
Pero ¿por qué Moshé fue castigado tan severamente por golpear la roca para obtener agua para el pueblo de Israel? ¿Qué diferencia habría marcado el haberle hablado en su lugar? Es cierto que Moshé debió haber escuchado a Dios y seguido Sus instrucciones al pie de la letra. Pero, ¿tan grave fue este pecado? ¿Qué daño pudo haber causado?
¿Está justificado que, por este pecado, Dios negara a Moshé la entrada a la tierra de Israel? Esto supuso la negación del objetivo supremo de Moshé al final de su vida. ¡Había esperado esto durante cuarenta años con gran anhelo!
¿Por qué tal severidad divina?
Moshé, en las circunstancias más difíciles, había demostrado una tremenda dedicación a Dios y a Sus mandamientos. Entonces, ¿por qué insistir en ello una vez más en nuestra parashá, como si se hubiera desatado el caos absoluto a causa de este pecado “menor”?
En uno de los Midrashim más conmovedores, Moshé suplica unos días más de vida. Dios se niega. [1] Entonces Moshé pregunta si podría convertirse en ave para volar sobre la tierra y, al menos, contemplarla desde el cielo. La respuesta es, de nuevo: ¡No!
La antigua tradición de discutir con Dios
Esto requiere toda nuestra atención. Debe haber algo muy profundo en este episodio.
Los más grandes comentaristas se esfuerzan por comprender este incidente y aportan observaciones notables.
Pero tal vez estemos equivocados. Después de todo, una de las afirmaciones más extraordinarias de la tradición judía es que el ser humano puede discutir con Dios. Más aún: es como si Dios nos invitara a hacerlo y nos dijera que Él escuchará.
El ejemplo más famoso es, por supuesto, cuando Avraham cuestiona a Dios por querer destruir la ciudad de Sodoma:
Avraham se acercó y dijo: «¿Arrasarás con el inocente junto con el culpable? ¿Y si hubiera cincuenta inocentes en la ciudad? ¡Lejos esté de Ti hacer tal cosa, causar la muerte del inocente…! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no actuará con justicia?» (Bereshit, 18: 23-26)
Dios le dice entonces a Avraham que no hay cincuenta hombres justos en la ciudad. Pero él no se rinde: ¿Y cuarenta y cinco, treinta, diez? A lo largo de toda esta conversación, Dios nunca pierde la paciencia con Avraham. ¡Ocurre todo lo contrario! Es como si esperara las objeciones de Avraham.
¡No puede haber mayor alegría para Dios que perder una discusión!
Lo mismo sucede con Moshé tras el pecado del Becerro de Oro. Y luego están los profetas, Iyov (Job) y muchos otros. [2] Todos ellos discutieron con Dios en algún momento y recibieron una respuesta, ya fuera positiva o negativa. En un relato sumamente inusual del Talmud, Dios —tras intentar exponer Su postura mediante milagros manifiestos— resulta rotundamente derrotado en una discusión halájica; los sabios le indican, por así decirlo, que no se entrometa en asuntos ajenos. El Talmud nos cuenta que Dios rio y declaró: “¡Mis hijos me han vencido! ¡Mis hijos me han vencido!” [3]
¡No puede haber mayor alegría para Dios que perder una discusión!
¿Cómo es posible esto?
La tradición judía sostiene la sorprendente afirmación de que Dios desea que interactuemos con Él. Y esto solo es posible discutiendo con Él e incluso exigiéndole que actúe de manera diferente.
Dios quiere ser “educado” por nosotros para así estrechar nuestra relación con Él, y está dispuesto incluso a arriesgar Su reputación en aras de esa cercanía.
No existe relación más estrecha que aquella basada en el diálogo. Dios no es un Deus Absconditus (un Dios oculto), sino que actúa activamente en la vida de la persona de fe.
Dios no quiere que nos limitemos a aceptar lo que Él nos ordena hacer. Necesitamos discutir con Él para valorar Su voluntad. Solo cuando captemos el sentido profundo de la voluntad divina — observándola desde diversas perspectivas — comprenderemos la magnitud de quién es Dios.
Dios no es un tirano que nos obliga a cumplir Sus mandatos, sino un Dios que desea que seamos Sus socios en la Creación y en la Torá, especialmente en la Torá Oral. [4]
La insuficiencia de los milagros
Así pues, volvemos a Meribá y al momento en que Moshé golpea la roca.
Dios debería estar complacido con Moshé por esto. Debería alegrarse de que Moshé se negara a obedecer Su orden de hablarle a la roca.
¿Por qué?
Porque al golpear la roca, Moshé le dice a Dios que se está excediendo. Una vez más, está montando un espectáculo para demostrar Sus capacidades.
Pero ya lo había intentado en el pasado, y no salió muy bien. Primero estuvo la partición del Mar de los Juncos. Luego, la revelación en el Sinaí, acompañada de truenos y relámpagos.
¿Pero qué tan exitosos fueron estos eventos milagrosos? ¿Realmente tuvieron el impacto que Dios esperaba? Estos sucesos fueron demasiado deslumbrantes; el resultado fue que no lograron el efecto deseado. Simplemente dejaron atónitos a los israelitas y los llevaron a pedir que Dios hablara únicamente con Moshé. Temían morir si no era así.
¡Y poco después de la partición del Mar de los Juncos, los israelitas se quejaron por la falta de agua; y tras la revelación en el Sinaí, ¡construyeron el becerro de oro!
Aquello que se debía haber logrado — fe y confianza absolutas en Dios — no sucedió. Dios había exagerado, y el resultado fue desastroso. La pirotecnia no funciona, ni siquiera cuando es divina.
El argumento de Moshé
Así que Moshé le dice a Dios: ¡¡¡Bájale el tono!!!
No exageremos de nuevo. Que el milagro de las aguas en Meribá sea más humilde. Cuando yo golpee la piedra y brote agua, ciertamente será un milagro, pero dentro de los límites de las leyes de la naturaleza. No una creación ex nihilo.
Moshé podría argumentar: ¿Acaso no es esto lo que realmente quieres: que los israelitas Te vean dentro de las leyes de la naturaleza y, por tanto, ¿Te vean en todas partes?
Es cierto que me molesté con los hijos de Israel por pedir agua una vez más, pero eso no significa que tuvieras razón al decirme que le hablara a la piedra.
Si me hubieras preguntado primero, habría intentado persuadirte para que no exageraras, antes de golpear la piedra. Esperé a que lo hicieras, pero nunca ocurrió. Me pasaste por alto. Al hacerlo, socavaste nuestra relación, que siempre se basó en el diálogo, la argumentación y la persuasión. Y así, en Meribá, no pude santificar Tu nombre, y por tanto, vulneré Tu honor. Debería haberte rogado que me escucharas primero. Pero, en cambio, golpeé la roca —también por ira hacia Ti — y solo entonces comprendí que debí haber esperado a que Tú trataras el asunto.
Ciertamente, fue un error menor. Pero para un hombre que hablaba con Dios “cara a cara,” fue una transgresión terrible.
¿Una bendición disfrazada?
Pero, a pesar de todo esto, el desenlace fue también una bendición.
Habría sido un error que Moshé entrara en la tierra de Israel. Si Dios le hubiera permitido hacerlo, habría significado que la misión de Moshé había concluido. Habría sido un triunfo, la cima del éxito. Pero inevitablemente le habría seguido un periodo de vacío, una sensación de pérdida.
Moshé debía morir mientras aún quedaban cosas por hacer y asuntos pendientes por resolver. Tenía que mirar hacia adelante, hacia lo que aún faltaba por lograr, y no hacia atrás, al pasado. Haberlo logrado todo finalmente podría haber provocado que perdiera su extraordinaria humildad [5] y, con ello, todo lo que él representaba.
Moshé debía morir en un estado de anhelo, no de satisfacción por sus enormes logros. Paradójicamente, con esa aspiración inconclusa, partió de este mundo en un estado de plenitud que no habría podido alcanzar de otro modo. Y así, tal vez hayamos estado equivocados todo este tiempo. La negativa de Dios a permitir que Moshé entrara en la Tierra Prometida no fue un castigo, aunque el propio Moshé lo viera así en aquel momento. En realidad, al permitirle morir cuando aún quedaban cosas por hacer, Dios otorgó a su siervo la bendición suprema.
Notas
[1] Devarim Rabá 11:10. Véase también Avot de-Rabí Natán, Anexo B de la Versión A, cap. 4.
[2] Véase, por ejemplo, Yirmiyahu 12:1–6; Habacuc 1:2–4, 12–13; 2:1–4; Iyov 13:3, 15–18; 38:1 y ss.
[3] Bava Metziá 59b.
[4] Véase Shabat 10a, 119b; Talmud de Jerusalén, Sanedrín 4:2; Bava Metziá 59b; Guitín 60b.
[5] Véase Bamidbar 12:3.
Traducción: drigs, CEJSPR



Deja un comentario