La memoria es el problema
Por Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo
“El Eterno le dijo a Moisés: “Haré llover pan del cielo para ustedes, y el pueblo saldrá y recogerá cada día la porción que le corresponde; así los pondré a prueba para ver si obedecen mis instrucciones o no.” (Éxodo 16:4)
“Tengan cuidado de no olvidar al Señor su Dios… Quizás piensen: «Mi propio poder y la fuerza de mi propia mano me han dado esta riqueza. Recuerden que es el Eterno su Dios quien les da el poder para obtener riquezas, en cumplimiento del pacto que hizo bajo juramento con sus antepasados, como aún se cumple.” (Deuteronomio 8:11, 17-18)
El engaño de la memoria
El problema reside en la memoria.
¡Si no tuviéramos memoria, todo sería maravilloso!
La memoria posibilita el olvido.
La memoria es lo que nos permite acostumbrarnos a nuestra vida: a la rutina, a las leyes de la naturaleza, a nuestra salud, al aire que respiramos, a la comida que comemos, a nuestros padres e hijos, al amanecer y al atardecer, a las personas que conocemos, a nuestro propio reflejo en el espejo, incluso a nuestra fe en Dios.
Por lo tanto, dejamos de ver lo que realmente sucede: que, en última instancia, todo proviene de Dios.
Imaginemos que no recordáramos nada de un momento a otro. Seríamos como un recién nacido, viviendo en total asombro. Todo sería nuevo. Cada momento sería un impacto del que apenas podríamos recuperarnos.
Pero la experiencia sería asombrosa. Todo permanecería infinitamente novedoso. No habría monotonía, y por lo tanto, quizás, solo una vida auténtica.
Un bebé, sin embargo, apenas está empezando a desarrollar la memoria, y por lo tanto, no puede comprender lo que sucede. Solo podemos comprender algo al experimentarlo en el contexto del pasado. Pero para cuando el niño puede comprenderlo, ya se ha acostumbrado. La capacidad de recordar se ha desarrollado y la monotonía se ha instalado.
El niño comienza a «normalizar» la vida. Pronto confunde la memoria con la explicación.
Se dice a sí mismo que la repetición es, por definición, una explicación: cuanto más a menudo sucede algo, mejor lo entendemos. A esto lo llamamos una ley de la naturaleza.
Pero no existe una relación necesaria entre ambas. El hecho de que algo haya sucedido antes no lo explica. Solo nos dice que ha sucedido repetidamente. La frecuencia no es una explicación.
La memoria se vuelve engañosa cuando le pedimos que nos diga más de lo que puede. No explica un evento. Simplemente nos dice que lo que está sucediendo ahora ha sucedido antes.
El amanecer no es menos maravilloso en la millonésima mañana que en la primera. La repetición no lo hace menos milagroso. Esto solo lo hace familiar. Por lo tanto, un hombre que ha sobrevivido hasta hoy no puede concluir que es inmortal.
Sería más honesto decir que la frecuencia es la renovación repetida de un milagro.
La ciencia necesariamente trabaja con regularidades observadas y con la expectativa de que, bajo las mismas condiciones, estas continuarán. Este es uno de los principios fundamentales de lo que llamamos leyes de la naturaleza. [1] Sin embargo, estas leyes no se explican por sí mismas.
La memoria se vuelve engañosa cuando le pedimos que nos diga más de lo que puede. No explica un evento; simplemente nos dice que lo que sucede ahora ya sucedió antes.
La ciencia puede decirnos, con un poder asombroso, qué sucede, cómo sucede y cómo un fenómeno se conecta con otro. Pero no puede responder a la pregunta fundamental: ¿Por qué sucede y por qué existe este mundo?
La prueba del maná
La prueba del maná descrita en nuestra parashá es extraordinaria.
Durante cuarenta años, mientras los israelitas vagaban por el desierto, comieron un “alimento celestial” todos los días. Sin embargo, la forma en que se les daba contradecía toda expectativa común de distribución y almacenamiento.
El alimento se llamaba maná, de la pregunta de los israelitas: “¿Qué es esto?” Cayó del cielo, pero solo la cantidad suficiente para cada persona para un día. Al sexto día, se recogió el doble; en Shabat, no cayó nada. Esto destrozó la ilusión de que el ayer podía almacenarse y garantizar el mañana.
Según el Talmud, el maná también caía a diferentes distancias según la condición espiritual de quien lo recibía: los justos lo encontraban a la entrada de sus casas, la gente común salía a recogerlo y los malvados tenían que vagar más lejos. [2]
No había seguridad en el almacenamiento. Los israelitas tenían que confiar en que el maná volvería a caer al día siguiente. No podían depender de las sobras, pues — excepto la porción guardada para Shabat — lo que quedaba de la noche a la mañana se llenaba de gusanos y olía fatal.
Esta inseguridad debió de ser un desafío enorme. La pregunta «¿Y si mañana no hay maná, ni comida?» debió de atormentarlos, al menos al principio.
Los convirtió en niños recién nacidos. Cada día era independiente. No había una reserva que conectara un día con el siguiente. La seguridad terminó con el paso del día.
Para algunos israelitas, esto era demasiado. Necesitados de seguridad y temiendo su ausencia, salieron el sábado por la mañana a buscar maná. Pero no lo encontraron. (Éxodo 16:27)
La memoria se había vuelto inútil.
La abundancia de ayer no se podía consumir hoy. Los israelitas tuvieron que preguntarse: ¿Existe una ley inviolable de la naturaleza en la que siempre podamos confiar? ¿O sería esta confianza simplemente una ilusión en los ojos del observador? ¿Es la naturaleza mera rutina o un milagro que se repite constantemente?
Actores y espectadores
La creencia en la regularidad absoluta de la experiencia es, en parte, una condición mental, a diferencia del conocimiento que adquirimos de forma independiente.
La física del siglo XX, especialmente la mecánica cuántica, trastocó la concepción clásica de un universo totalmente predecible. No abolió la realidad objetiva, como a veces se afirma; las interpretaciones difieren notablemente. Sin embargo, sí obligó a los físicos a preguntarse si el observador siempre puede ser tratado como un espectador completamente imparcial.
El físico teórico estadounidense John Archibald Wheeler (1911-2008) habló de un «universo participativo», un mundo en el que la observación no es simplemente una consideración secundaria irrelevante en nuestra descripción de la realidad. “No existe una realidad verificable fuera de nosotros, independiente de nuestra percepción. El perceptor y lo percibido son uno e indivisible.” [3]
Niels Bohr lo expresó con mayor cautela: “En el drama de la existencia, nosotros mismos somos actores y espectadores.” [4]
Ni Wheeler ni Bohr demostraron así que la conciencia humana crea la realidad, aunque sí se preguntaban qué era realmente cierto. Su argumento es más inquietante: nunca comprendemos el mundo desde fuera. Siempre somos participantes.
La memoria nos tienta a imaginar que las cosas simplemente son como son, totalmente independientes del observador y absolutamente fiables. Pero todo nuestro conocimiento empírico se obtiene desde dentro del mundo, nunca desde un lugar más allá de él. Esto tiene consecuencias de gran alcance para nuestra comprensión de la normalidad y las leyes de la naturaleza. La cuestión no es si la realidad es irreal, sino si nuestra idea de normalidad es tan verificable como suponemos.
Oro con alma
Pero hay más.
¿Qué es el oro? Según la física y la química, el oro es un elemento. En estado sólido, sus átomos son todos iguales y están dispuestos en una estructura cristalina regular, como pelotas de ping-pong apiladas lo más juntas posible.
Un análisis científico de un objeto como una de las máscaras funerarias de oro de las tumbas reales de Micenas puede describir la composición, la densidad y la estructura del oro. Pero para la multitud que pasa frente a las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, la máscara es algo completamente diferente.
Es oro con alma.
Todos ven el mismo objeto, pero cada uno lo ve con una comprensión única de lo que ve.
El gran autor colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), ganador del Premio Nobel de Literatura, observó en una ocasión que “el racionalismo de los lectores europeos les impide ver que la realidad no se limita al precio de los tomates o los huevos.” [5]
En otra ocasión, afirmó: “Los europeos son, en última instancia, cartesianos. Rechazan todo lo que no se ajusta al pensamiento racional.” [6] En efecto, con esta visión cartesiana, nos autodenominamos ilustrados, palabra que en este contexto resulta deliciosamente irónica. Quizás la verdad sea que vivimos en una oscuridad invisible.
Esperamos normalidad basándonos en la memoria. Pero la memoria le da a la familiaridad la apariencia de necesidad. Esa es la ilusión del maná.
Una tierra de maná
Israel es una tierra sostenida por el maná. La normalidad nunca ha sido su condición natural, ni tampoco la del pueblo judío.
No es una vasta llanura fértil regada por un río confiable como Egipto. En cambio, es una tierra de colinas y valles, dependiente de la lluvia del cielo (Deuteronomio 11:10-12), una lluvia que, como bien saben todos en Israel, nunca es del todo predecible.
La vida en este país rara vez se siente estable, permanente o segura. Quienes viven aquí son vulnerables. Viven con la inseguridad como compañera constante.
Israel depende del maná. Una y otra vez, es atacado y obligado a luchar por su existencia. Entre guerras, se producen atentados terroristas y la condena internacional es constante. Nunca hay un momento de calma.
Nadie sabe de dónde vendrá la próxima porción de maná, si llegará o en qué cantidad. No existe un patrón histórico en el que Israel pueda confiar con seguridad.
En este sentido, Israel se encuentra en el centro del mundo. Su inseguridad recuerda a las demás naciones que su propia seguridad, riqueza, abundancia y bienestar también son tan vulnerables como una sola porción de maná.
No hay memoria en la que Israel pueda confiar con seguridad. Tampoco el mundo.
Solo un recuerdo permanece constante: “Recuerda que es el Eterno tu Dios quien te da el poder para obtener riquezas” (Deuteronomio 8:18). Lo demás es maná.
Notas
[1] Véase David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, sección 4, parte 2, sobre el problema de extender la experiencia pasada al futuro.
[2] Talmud babilónico, Yoma 75a.
[3] John Archibald Wheeler, «Información, física, cuántica: la búsqueda de vínculos», en Complejidad, entropía y física de la información, ed. Wojciech H. Zurek, Estudios del Instituto Santa Fe sobre las ciencias de la complejidad, vol. 8 (Redwood City, CA: Addison-Wesley, 1990), 3-28, esp. 5.
[4] Niels Bohr, «Discusión con Einstein sobre problemas epistemológicos en física atómica», en Albert Einstein: filósofo-científico, ed. Paul Arthur Schilpp (Evanston, IL: Biblioteca de filósofos vivos, 1949), 236.
[5] “Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez, La fragancia de la guayaba: Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza”. (Barcelona: Bruguera, 1982). Original en español.
[6] Nauwgezet en Wanhopig, entrevista con Márquez, holandés, VPRO, 1989
Traducción: drigs, CEJSPR




Deja un comentario