Algo para Pensar — Parashá Vaetjanán  (domingo, 19 julio  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


Esta semana estudiamos Parashá Vaetjanán . Esta es la 45.ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción de la Torá: Deuteronomio 3:23-7:11


Vaetjanán (“Supliqué”) comienza con Moisés describiendo su súplica a Dios para que le permitiera entrar a la Tierra de Israel. Moisés advierte a los israelitas que no caigan en la idolatría y relata la entrega de los Diez Mandamientos. La porción también contiene el Shemá, una declaración de fe y un texto central en la oración judía.


«Oye, Israel: El Eterno nuestro Dios, El Eterno uno es. Y amarás a El Eterno tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas.» (Deuteronomio 6:4-5).

El libro de Deuteronomio posee un carácter singular dentro de la Torá. A diferencia de los primeros cuatro libros, donde las leyes se presentan de manera directa y la narrativa mantiene un tono más objetivo, este quinto libro se distingue por su profunda carga emocional. Su lenguaje apela al corazón y al alma, invitándonos a vivir la Torá no solo como un código legal, sino como una experiencia íntima y transformadora.

No es casual que las palabras lev (corazón) y nefesh (alma) aparezcan aquí con más frecuencia que en todos los demás libros juntos. Deuteronomio nos llama a elevar nuestras emociones mientras nos entregamos sin reservas a sentir la Torá como algo que vibra dentro de nosotros. 

Y entre todas las palabras que lo caracterizan, quizá ninguna sea tan central como ahavá (amor). No basta con obedecer a Dios o seguir Sus caminos: también debemos amarlo, experimentar Su presencia con nuestras emociones más profundas.

Por eso leemos: “Escucha, Israel: el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es uno. Amarás al Eterno tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut. 6:4–5). Más adelante, el texto vuelve a insistir en este mandato: amar a Dios (11:1), y se nos recuerda que Él mismo nos pide ese amor (10:12).

Pero este énfasis no debe confundirse con un sentimentalismo vacío. La Halajá enseña que amar a Dios es una mitzvá, un mandamiento, un principio fundamental de la vida judía. ¡Se nos ordena amar a Dios! 

Sin embargo, esta idea plantea una dificultad evidente: ¿cómo puede ordenarse un sentimiento? Maimónides y otros pensadores judíos se enfrentaron a esta pregunta. 

Uno puede ser obligado a actuar, a dar, a caminar, a cumplir; pero no se puede forzar a alguien a amar u odiar. El amor surge o no surge. (Muchos son los padres que lo han aprendido con dolor.) 

¿Cómo, entonces, entender que la Torá ordene amar?

Una respuesta iluminante proviene del Sefat Emet, del Rebe de Gerrer. Él sugiere que la pregunta misma contiene la clave. Si la Torá ordena amar, y si el amor no puede imponerse donde no existe, entonces la única conclusión posible es que ese amor es preexistente dentro de cada judío. 

En lo profundo del corazón de cada uno hay una nekudá, una chispa de amor por Dios y por la Torá. A veces esa chispa está cubierta, oxidada, oculta bajo deseos materiales o distracciones; pero nunca deja de ser.

El mandamiento de amar a Dios no crea el amor: nos invita a descubrirlo, a despertarlo, a nutrirlo. La nekudá ya está ahí, esperando ser revelada. Todos la poseen, lo sepan o no. Sólo necesitamos retirar las capas que la ocultan para que vuelva a brillar.

“Oye, Israel: El Eterno nuestro Dios, El Eterno uno es. Y amarás a El Eterno tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” (Deut. 6:4–5)

Que estas palabras despierten en ti esa chispa eterna, esa nekudá que ya arde en lo profundo de tu ser. ¡Qué tu corazón, tu alma y tus fuerzas se unan para revelar el amor que siempre ha estado ahí, esperando ser reconocido!

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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