Algo para Pensar — Parashá Nitzavim-Vayelej (martes, 1 sept.  2026) 

Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

“…y te convirtieres a El Eterno tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma…” (Deut. 30:2)


La pregunta fundamental sigue en pie: ¿qué fuerza define mejor nuestra esencia? ¿Qué domina en lo más profundo del corazón humano: la inclinación al bien o la inclinación al mal?


Según la tradición, en el núcleo mismo de nuestro ser predomina el yetzer hará. La inclinación al mal se presenta como más fuerte, más efectiva, más realista y más influyente que la inclinación al bien. Los seres humanos parecen estar naturalmente predispuestos hacia la agresión y la violencia. 


Desde los comienzos de la historia, Dios declaró que “la inclinación del corazón es mala desde su más tierna juventud” (Génesis 8:21). Surge entonces la pregunta decisiva para la supervivencia humana: ¿qué podemos hacer frente a esta realidad?


El gran maestro jasídico, Rabino Schneur Zalman de Liadi, enseña que el judaísmo ofrece dos caminos para enfrentar nuestra condición interior.


El primero es itkafya, la supresión o represión. 


Este enfoque busca dominar el yetzer hará, contener la pasión, frenar la agresión y fortalecer simultáneamente el yetzer tov. Como enseñan los rabinos: “Una persona siempre debe buscar incitar su buena inclinación para dominar su mala inclinación” (Berajot 5a). La meta es impedir que el yetzer hará se fortalezca y promover la victoria del yetzer tov.


En circunstancias normales, la gente común puede recurrir a esta técnica, afirmando su naturaleza pacífica y bondadosa, volviéndose menos violenta y controlando su yetzer hará


Sin embargo, pocas personas viven en condiciones verdaderamente “normales,” y en nuestra época esas condiciones son aún más escasas. Además, el yetzer hará es ruidoso, insistente y difícil de someter, mientras que el yetzer tov es tranquilo, apacible y difícil de “incitar”, precisamente porque carece de la agresividad que pretende dominar.


Por ello, para el baal teshuvá — quien busca retornar a Dios y reconstruir su integridad moral, quien conoce desde dentro la violencia, el odio y la competitividad del yetzer hará — la itkafya no resulta suficiente ni pertinente.

Para este individuo, el judaísmo propone un segundo camino: it’hapkha, la transformación del corazón. Este método no consiste en evitar la propia oscuridad, sino en sublimar el yetzer hará: usarlo, canalizarlo, transformarlo y poner su energía al servicio del bien.

A la pregunta “¿qué hacemos con la violencia, la agresión, el odio y el yetzer hará?”, el judaísmo responde reformulando la cuestión: “¿qué podemos hacemos con esta fuerza?”


La humanidad no puede sobrevivir sin ciertas manifestaciones del yetzer hará: competitividad, impulso de superación, deseo de logro. Incluso el odio, en su forma más básica, cumple una función dentro de la naturaleza humana. 


Durante la invasión rusa, los checoslovacos escribieron en un muro: “¡Odia con inteligencia!”. La frase resume el desafío: no reprimir el yetzer hará, sino dirigirlo.


El método de it’hapkha, a diferencia deitkafya, no ve al yetzer tov y al yetzer hará como fuerzas simétricamente opuestas. Considera al yetzer hará como un depósito de energía inmensa pero sin dirección, mientras que el yetzer tov posee la claridad para señalar el objetivo, aunque carezca de la fuerza para alcanzarlo por sí solo. La tarea espiritual consiste en unir ambos: que la visión del bien guíe la potencia del mal transformado.


Es como si represáramos las aguas de un río caudaloso y violento para que produzca energía eléctrica a una ciudad que vive en tinieblas.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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