Algo para Pensar — Parashá Nitzavim-Vayelej (miércoles, 2 sept.  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

El versículo “Y percibió el Eterno olor grato… porque la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud” (Génesis 8:21) ha desconcertado a generaciones.

El Midrash (Génesis Rabá 9:7) ofrece una lectura sorprendente: cuando la Torá declara que la creación es “buena,” y luego, tras la creación del ser humano, afirma que es “muy buena,” ese “muy bueno” se refiere o alude al yetzer hará, la inclinación al mal.


Lejos de ser un defecto, el yetzer hará es presentado como una fuerza indispensable. Sin él — dice el Midrash — nadie construiría una casa, plantaría un viñedo ni formaría una familia. Sin pasión, ambición, deseo y empuje, no habría comercio, creatividad, cultura ni continuidad humana. El impulso que puede destruir, cuando es guiado por el yetzer tov, se convierte en energía creadora.


Por eso la Torá ordena al ba’al teshuvá: “y volverás a tu corazón” (vahashevota el levavekha). No se trata de observar pasivamente las fuerzas internas ni de convertirse en turista de las propias pasiones. Tampoco de entregarse a ellas sin resistencia. Se trata de regresar al núcleo mismo del ser, tomar en las manos ese poderoso yetzer hará y dirigirlo hacia todo lo bueno.


La advertencia “no vaguen tras su corazón” (velo taturu) subraya el peligro de dejarse arrastrar por la agresividad o el deseo sin responsabilidad. La tarea es canalizar, sublimar y transformar la energía interior, del mismo modo que un cirujano transforma un corazón enfermo mediante un trasplante. Requiere fuerza moral, sabiduría y valentía.


El judaísmo, entonces, no es refugio para los débiles. La Torá convoca a la grandeza, exige disciplina y heroísmo, y llama a convertir la tormenta interior en una fuente de construcción y vida.


Cada uno de nosotros lleva dentro una energía inmensa, capaz de construir o destruir. La pregunta no es si la poseemos, sino qué haremos con ella. La Torá nos invita hoy a mirar nuestro corazón sin miedo, a reconocer su fuego y a convertirlo en luz. 


Que cada impulso, cada deseo, cada ambición se transforme en una oportunidad para edificar, para reparar, para acercarnos a Dios y al prójimo. No apagues tu fuerza: santifícala. No temas tu impulso: redímelo. 


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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