
Algo para Pensar — Parashá Devarim (jueves, 16 julio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“También contra mí se encendió la ira de El Eterno por causa de ustedes, y me dijo: Tú tampoco entrarás allí” (Devarim 1:37).
La gran tragedia en la vida de Moshé es que debe abandonar este mundo sin ver cumplido su anhelo más profundo: entrar junto al pueblo en la Tierra Prometida.
El último libro del Pentateuco culmina con él de pie sobre el Monte Nevo, contemplando desde lo alto el esplendor del paisaje: desde la línea del Mediterráneo hasta las fértiles llanuras de Transjordania.
Todo está ante sus ojos, tan cercano que casi podría tocarlo, pero para él será siempre inaccesible. “Te he permitido verlo con tus propios ojos, pero no cruzarás” (Devarim 34:4).
¿Por qué Dios le niega a su siervo más fiel, al ser humano más grande según la tradición bíblica, aquello que más deseaba? ¿Será acaso una enseñanza universal, un recordatorio de que todos debemos estar preparados para partir sin ver realizados muchos de nuestros sueños?
Sin duda, esta es una lección que la vida nos exige aprender. Pero la Torá no presenta a Moshé como una metáfora, sino como una persona real.
En el libro de Bamidbar se afirma que su castigo se debe a haber golpeado la roca en vez de hablarle, fallando así en “santificar a Dios ante los ojos de Israel”; por ello no conduciría al pueblo a la tierra prometida (Números 20:1–13).
Sin embargo, en la porción de esta semana, Devarim, aparece otra explicación. Moshé ofrece su propia lectura del acontecimiento. Después de recordar el pecado de los exploradores y el decreto que condenó a la generación del desierto a morir antes de entrar en la tierra, añade: “Dios también se enojó conmigo por causa de ustedes, y me dijo: ‘No entrarás allá’” (Devarim 1:37).
Esta afirmación parece contradecir la idea de que su exclusión se debió únicamente a su impaciencia o falta de fe.
Según este versículo, Dios estaría castigando a Moshé “por causa del pueblo”, más que por un defecto personal.
La expresión “por tu culpa” no necesariamente implica reproche; puede ser simplemente la constatación de una realidad. ¿Acaso aquella multitud de antiguos esclavos — temerosos y desafiantes — que Moshé había conducido hacia la libertad seguía sin estar lista para luchar por la tierra de Israel?
Parece ser que todavía añoraban la ilusoria seguridad de Egipto. Es difícil determinar si esto se debía a una mentalidad de esclavitud que no podía desarraigarse en solo cuarenta años, o si reflejaba una limitación en el liderazgo de Moshé. Probablemente ambas cosas se entremezclaron.
Pero el hecho permanece: el líder debe compartir el destino de su pueblo. Si Israel no podía entrar en la tierra, Moshé tampoco. Ese es el riesgo inherente al liderazgo.
La relación entre líder y comunidad es profunda y recíproca; cada uno moldea al otro. La fuerza del líder nace del alma colectiva de quienes lo siguen. Y al final, el destino del líder está entrelazado con el destino de su pueblo.
Por eso, si Israel quedaba fuera, Moshé también debía quedar fuera. El camino del líder nunca puede, ni debe separarse del camino de su nación.
Este texto nos invita a mirar el liderazgo — y la vida misma — con humildad. Moshé nos enseña que incluso los más grandes no controlan todos los resultados, y que a veces el destino personal se entrelaza con el de quienes son nuestros compañeros de viaje.
Hoy, la pregunta es: ¿qué responsabilidades compartimos con aquellos a quienes guiamos, amamos o servimos? Debemos reconocer y aprender cuán importante es caminar con integridad, aceptando que nuestras decisiones impactan a otros, y que su destino también modela el nuestro.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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