
Algo para Pensar — Parashá Matot Masei (viernes, 10 julio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“Entonces Moisés habló al pueblo: ‘Armaos algunos de vosotros para la guerra, y marchad contra Madián para ejecutar la venganza de El Eterno sobre Madián. Mil hombres de cada tribu, de todas las tribus de Israel, enviaréis a la batalla’” (Números 31:3–4).
¿Cómo se enfrenta hoy a “Madián”? ¿Cómo se restaura la unidad divina en un mundo que parece dividido en miles de fragmentos?
La respuesta, sorprendentemente, no consiste en negar la pluralidad, sino en profundizar aún más en ella.
Así es la paradoja de la existencia: cuanto más descomponemos algo en sus partes — cuanto más analizamos — más posibilidades descubrimos para encontrar unidad.
Consideremos dos sustancias físicas. A simple vista, tus sentidos las perciben como completamente distintas. Pero si las observas con un microscopio, verás que ambas están formadas por componentes semejantes; incluso pueden compartir ciertos elementos.
Y cuanto más desciendes — a nivel molecular, atómico o subatómico — mayor es la similitud que emerge, y más formas encuentras de integrar esas sustancias diversas en un propósito común.
Lo mismo ocurre con las naciones. En la superficie, sus metas parecen incompatibles, lo que genera tensiones y conflictos. Pero si analizamos esas metas al detalle, descubrimos inevitablemente zonas de coincidencia y complementariedad.
Tal vez este punto de encuentro represente solo un pequeño porcentaje de la voluntad colectiva de cada pueblo, pero aun así constituye una base real de armonía.
Si profundizamos más — explorando la complejidad interna de cada individuo dentro de cada nación, y los múltiples matices de sus deseos — surgirán nuevas áreas de convergencia y dependencia mutua.
Las diferencias no desaparecen, pero dejan de ser combustible para el conflicto y se convierten en pilares de convivencia. De este modo, aparece un nuevo elemento en la ecuación del universo: la armonía.
Descendemos desde la unidad absoluta hacia la pluralidad y luego hacia la diversidad, pero la diversidad no está destinada a desembocar en caos.
Puede, en cambio, descomponerse en los elementos que permiten la armonía — una armonía que refleja la unidad original de la que todo provino.
Un mundo armonioso no solo refleja la serenidad de su origen. Va más allá: revela un aspecto más profundo de la realidad divina, uno que no estaba expresado antes de la creación.
La vida no consiste simplemente en cerrar el círculo y regresar a la unidad primordial. La multiplicidad del mundo es una inversión divina, y como todo inversionista, Dios espera un retorno.
Ese “beneficio” es la armonía: una forma de unidad más rica y más verdadera que la uniformidad inicial. Si hubiera que condensar la fe judía en una sola frase, sería el Shema, las palabras que un judío pronuncia cada mañana y cada noche, y que suelen ser las últimas que salen de sus labios:
“Escucha Israel, Dios es nuestro Dios, Dios es uno.”
(Aquí surge una pregunta clásica de nuestros sabios: ¿Por qué el versículo utiliza la palabra ejad —“uno” – אֶחָֽד — y no yajid para expresar la unidad divina?)
Mientras esperas por la próxima reflexión piensa que la enseñanza es clara: la unidad no se logra borrando diferencias, sino mirando más profundo.
Cuando descendemos a las capas más íntimas de la realidad — de las personas, de las comunidades, de nosotros mismos — descubrimos que lo que parecía separación es, en verdad, un entramado de conexiones.
Hoy, cuando el mundo parece desgarrarse por opiniones, identidades y tensiones, la Torá nos invita a un acto de valentía espiritual:
buscar la armonía dentro de la diversidad, y no a pesar de ella.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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