Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (jueves, 27 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam! 


“…y los egipcios nos maltrataron (וַיְעַנּ֑וּנוּ) y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre.” (Deut. 26:6)

La parashá de esta semana abre con el mandato de llevar las primicias al Templo de Jerusalén una vez que el pueblo de Israel haya entrado en la Tierra Prometida. Ese gesto agrícola se acompaña de una declaración ritual que recuerda nuestros orígenes humildes y vulnerables, y que expresa gratitud al Dios que nos liberó y nos condujo a una vida de propósito. Estas palabras forman parte central de la Hagadá de Pésaj, donde cada frase es analizada y explicada durante el Séder.


Sin embargo, una expresión dentro de ese recitado llama la atención: “Los egipcios nos hicieron mal (וַיָּרֵעוּ, vayare’u) y nos afligieron.” A simple vista, la frase parece redundante. Si nos afligieron, ¿no es evidente que nos hicieron mal? ¿Qué pretende destacar la Torá con esta formulación?


El hebreo ofrece una clave. El sustantivo ra o rei’a puede significar “maldad”, pero también puede significar “amistad” o “compañerismo”. Bajo esta luz, el versículo adquiere un matiz distinto: los egipcios primero se mostraron amistosos, extendiendo una mano de bienvenida. Esa aparente benevolencia abrió la puerta a la asimilación, un abrazo que terminó siendo tan peligroso como el de Labán a Jacob.

El libro del Éxodo describe este proceso con verbos que, aunque parecen positivos, esconden una advertencia: “Los hijos de Israel fructificaron, proliferaron, se multiplicaron y llegaron a ser muy poderosos; la tierra se llenó de ellos” (Éxodo 1:7).

Pero términos como “pulular” evocan imágenes de réptiles que se arrastran sin control, y “llenar la tierra” sugiere una presencia excesiva, una visibilidad que se extiende incluso a espacios de impureza moral: lugares de ocio desmedido, ambientes de disipación, rincones donde la identidad espiritual se diluye.


Israel comenzaba a volverse más egipcio que los propios egipcios. Y un pueblo cuya misión es vivir con disciplina, santidad y conciencia de su diferencia no puede sobrevivir espiritualmente en un proceso de imitación o asimilación cultural que borra sus contornos.


Dios, sin embargo, había hecho un pacto con Abraham: Israel no desaparecería. Por eso, la historia del pueblo judío — guiada por la providencia divina — sigue un patrón constante: si Israel vive como un pueblo apartado, fiel a sus valores y a su misión, prospera en su singularidad. 

Pero si, Dios no lo permita, se entrega a la asimilación y al olvido de sí mismo, entonces surge un tirano que lo margina, lo persigue y lo obliga a recordar quién es. La opresión se convierte en un recordatorio doloroso, pero necesario, de la identidad que no puede perderse.


Así, inmediatamente después de la descripción de la “egiptización” de Israel, la Torá relata: “Se levantó un nuevo rey sobre Egipto, que no conocía a José” (Éxodo 1:8). Ese nuevo faraón persiguió y demonizó a los israelitas. 


Primero vino la aparente amistad (vayare’u), que condujo a la asimilación; luego, como respuesta divina, llegó la aflicción (vaye’anunu), que obligó al pueblo a mantenerse distinto, separado, fiel a su esencia.“…y los egipcios nos maltrataron (וַיְעַנּ֑וּנוּ) y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre.” (Deut. 26:6)

Que estas palabras nos recuerden que la identidad no se preserva por inercia, sino por elección consciente. Cuando olvidamos quiénes somos, la historia — y a veces el sufrimiento — nos lo recuerda. Pero cuando elegimos vivir con claridad, con propósito y con fidelidad a nuestra misión, la libertad deja de ser algo frágil para  convertirse en una forma de vida.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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