
Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (lunes, 24 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
«Y al octavo día despidió al pueblo; y ellos, bendiciendo al rey, se fueron a sus moradas alegres y gozosos de corazón (שְׂמֵחִים֙ וְט֣וֹבֵי לֵ֔ב), por todos los beneficios que El Eterno había hecho a David su siervo y a su pueblo Israel» (1 Reyes 8:66).
El libro de Reyes describe un momento único en la historia de Israel: la inauguración del Bet HaMikdash. Tras catorce días de celebración, el texto concluye: “Y ellos se fueron a sus moradas alegres y gozosos de corazón, por todos los beneficios que El Eterno había hecho a David Su siervo y a Su pueblo Israel” (1 Reyes 8:66).
Esta frase, aparentemente sencilla, encierra una profunda enseñanza sobre la naturaleza de la verdadera alegría. La alegría que perdura va más allá del banquete. El rabino Abraham Pam señala que la felicidad del pueblo no podía deberse únicamente a la comida, al vino o a la abundancia material disfrutada durante la celebración.
Muchos israelitas vivían a varios días de viaje de Jerusalén; para cuando regresaron a sus hogares, el sabor del banquete ya se había desvanecido. Sin embargo, el Tanaj afirma que seguían alegres y con el corazón lleno de gozo.
La fuente de esa alegría era otra: la elevación espiritual que habían experimentado. El Yalkut Shimoni explica que el pueblo se regocijó “porque disfrutaron de la gloria de la Shejiná”.
La presencia divina, percibida de manera intensa y palpable durante la inauguración del Templo, dejó una huella interior que ninguna distancia ni cansancio podía borrar.El contraste entre el placer material y la alegría espiritual aparece una y otra vez en la tradición.
El rey Salomón, quien conoció todos los lujos imaginables, declara en Kohelet: “He visto todas las obras que se hacen bajo el sol, y he aquí, todo es vanidad e inutilidad” (1:14). Su experiencia confirma una verdad universal: los placeres materiales no generan felicidad duradera.
Los sabios lo expresan con claridad:
• “Quien tiene cien, desea doscientos.”
• “Nadie muere con la mitad de lo que desea.”
La riqueza, por definición, nunca satisface; siempre abre un nuevo deseo, una nueva carencia. Esa brecha constante entre lo que se tiene y lo que se quiere conduce a frustración, ansiedad y vacío.
Por eso, aunque ganarse la vida dignamente es importante, la tradición insiste en que la felicidad no proviene de la acumulación, sino de la vida espiritual.
La alegría está inquebrantablemente vinculada al crecimiento interior. El rabino Samson Raphael Hirsch ofrece una intuición luminosa: la palabra sameaj (feliz) está relacionada con tsameaj (crecer).
La alegría auténtica surge cuando la persona crece, cuando avanza, cuando se expande interiormente.
• Cuando hay estancamiento, surge la frustración.
• Cuando hay movimiento espiritual, aparece la vitalidad.
• Cuando la vida se llena de aprendizaje, propósito y conexión, el corazón se ensancha.
Los niños son un ejemplo viviente: su entusiasmo natural proviene de su crecimiento constante. Cada día descubren algo nuevo, cada experiencia los transforma. Su alegría no es ingenuidad: es expansión.
¿Cuál es la clave de la felicidad?
El relato de la inauguración del Templo revela un principio esencial: la alegría duradera nace de la espiritualidad, de la experiencia de la presencia divina, del crecimiento interior que da sentido y dirección a la vida.
La felicidad no es un estado pasivo ni un regalo externo. Es el fruto de una vida que se eleva, que aprende, que se acerca a lo sagrado. Allí donde hay crecimiento espiritual, hay alegría; donde hay conexión con lo trascendente, hay plenitud.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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