Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (domingo, 23 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shavua Tov Lekulam!


Esta semana estudiamos Parashá Ki Tavó. Esta es la quincuagésima porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción de la Torá: Deuteronomio 26:1-29:8


Ki Tavó (“Cuando vengas”) comienza describiendo la ceremonia de la ofrenda de los primeros frutos (bikurim) y la declaración que se hace al completar el diezmo. Concluye con una descripción detallada de las bendiciones que acompañan a la obediencia a las leyes de Dios y las maldiciones que conlleva su profanación.


«Por cuanto no serviste a El Eterno tu Dios con alegría (בְּשִׂמְחָ֖ה) y con gozo (וּבְט֣וּב) de corazón, por la abundancia de todas las cosas, servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare El Eterno contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte» (Deuteronomio 28:47-48).

Con estas palabras, la Torá introduce una idea sorprendente y profundamente exigente: la falta de alegría en el servicio a Dios es, por sí misma, una transgresión capaz de desencadenar consecuencias devastadoras.

Estamos ante la paradoja de una generación observante pero infeliz. La sección de las kelalot en Ki Tavó describe noventa y ocho maldiciones que caerán sobre Israel si abandona la Torá. 

Sin embargo, el texto no habla únicamente de abandono o rebeldía. Señala algo más sutil: una generación que cumple, pero sin entusiasmo; que obedece, pero sin corazón.

La Torá no se conforma con la observancia mecánica. Exige que el cumplimiento esté acompañado de simjá, de una alegría interior que transforme la acción en un acto de amor. No basta con hacer lo correcto; hay que hacerlo con un espíritu pleno y agradecido.

Pero esto no es nada nuevo o desconocido, siendo que se trata de una exigencia reiterada en toda la tradición.  Esta idea no es aislada. El rey David ya había proclamado: “Servid a El Eterno con alegría” (Tehilim 100:2). La instrucción no es simplemente “servir”, sino servir con alegría, como si la emoción fuera parte integral de la mitzvá.

La tradición rabínica refuerza este principio. La Guemará enseña:
• “Cuando llega Adar, aumentamos la alegría.”
• “Cuando llega Av, disminuimos la alegría.”

Ambas enseñanzas parten de una premisa común: el judío vive en un estado permanente de alegría, modulada según el tiempo, pero nunca extinguida.

El rabino Shimon Schwab comparó esta alegría con la llama piloto de una estufa: siempre encendida, siempre disponible, intensificándose o suavizándose según la ocasión. La simjá no es un lujo emocional, sino un estado espiritual básico.

Entonces, si la Torá exige alegría, es porque es alcanzable. Toda persona busca la felicidad, pero pocos la encuentran de manera duradera. Sin embargo, si la Torá nos ordena vivir con alegría, es porque presupone que la alegría es una capacidad humana real y no un ideal inalcanzable.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo se alcanza esa alegría que la Torá considera indispensable? ¿Qué entiende la tradición por simjá, y por qué es tan central para la vida espiritual?

La respuesta comienza con una intuición fundamental: la alegría no es un resultado externo, sino una postura interior. No depende de la abundancia material — el versículo mismo lo dice: Israel tenía “abundancia de todas las cosas”—, sino de la manera en que uno interpreta y vive esa abundancia. 

La simjá nace de reconocer que la vida misma es un regalo, y que cada mitzvá es una oportunidad de conexión y no una carga que nos aflige. 

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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