
Algo para Pensar — Parashá Ki Tetzei (viernes, 21 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
«Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides (וְשָֽׁכַחְתָּ֧) alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga El Eterno tu Dios en toda obra de tus manos (Deuteronomio 24:19)
El arte espiritual de recordar y olvidar
La Torá nos sorprende al vincular dos facultades profundamente humanas — la memoria y el olvido — con el corazón mismo de la vida espiritual. No se trata sólo de procesos neurológicos o psicológicos, sino de fuerzas que moldean nuestra identidad, comportamiento ético, y sobre todo nuestra relación con Dios.
Recordar como acto de concienciaMuchos mandamientos bíblicos giran en torno al recuerdo. Recordar el Shabat, recordar la salida de Egipto, recordar la fragilidad humana a través del episodio de Miriam, recordar nuestras propias caídas en el desierto.
En todos estos casos, la memoria no es un archivo pasivo: es una disciplina del alma. Recordar significa mantener vivo aquello que nos humaniza, que nos responsabiliza y que nos despierta gratitud.
La memoria, en la Torá, es una forma de vigilancia interior. Es el antídoto contra la ingratitud, la soberbia y la ilusión de autosuficiencia.El olvido como mandato y como bendiciónPero la Torá también habla del olvido.
El mandamiento de shikhejá (Deuteronomio 24:19) nos ordena no regresar a recoger la gavilla olvidada en el campo. Ese olvido involuntario se convierte en una oportunidad de justicia: lo que la mano dejó atrás, el corazón debe entregar a quienes más lo necesitan.
Aún más sorprendente es el llamado a olvidar rencores y heridas. “No te vengarás,no guardarás rencor” (Levítico 19:18). Aquí el olvido no es falla, es liberación. El Talmud incluso enseña que es una bendición que los muertos sean olvidados con el tiempo, pues una memoria perpetua del dolor haría imposible la vida. El olvido, cuando sana, es un regalo divino.
Cuando el olvido se vuelve pecado
Sin embargo, la tradición también advierte que olvidar puede ser una falta grave. Olvidar lo aprendido, enseñan los sabios, es como perder la vida misma. Y en la cúspide de estos mandamientos aparece la orden de no olvidar a Amalec, símbolo del mal que ataca sin razón ni compasión.
Aquí surge la pregunta: si olvidar es algo natural, ¿cómo puede ser un pecado?
El Rebe de Gerrer, Rabí Itzjak Meir Alter, ofrece una respuesta profunda. El olvido que la Torá condena no es el lapsus involuntario, sino el vaciamiento interior que ocurre cuando el ego ocupa demasiado espacio.
Cuando el corazón se eleva en orgullo, desplaza lo esencial. La arrogancia expulsa la memoria espiritual. Por eso la Torá advierte: “Se enorgullecerá tu corazón y olvidarás al Señor tu Dios” (Deuteronomio 8:14). El olvido nace cuando el ego se vuelve demasiado grande.
La aritmética del alma
La tradición encuentra incluso un eco numérico en esta idea. Amalec tiene un valor gemátrico de 240, el mismo que tiene la palabr ram, “elevado”, la que describe un corazón engreído. Cuando el orgullo se infla, la memoria se desvanece. Cuando el yo se exalta, lo sagrado se borra.
Demasiado ego produce poca memoria. Una mente llena de sí misma no tiene espacio para lo que es importanteRecordar para no perderseRecordar, entonces, no es solo un acto mental: es un acto moral.
Y olvidar, cuando nace de la soberbia, es una forma de desconexión espiritual. La Torá nos invita a cultivar una memoria humilde, una memoria que deja espacio para «el otro,» para Dios y para la verdad.
Recordar lo esencial y olvidar lo que nos encadena: esa es la disciplina que sostiene una vida de forma íntegra.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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