Algo para Pensar — Parashá Ki Tetzei(miércoles, 19 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado” (Deut. 24:16).

Estas claras y contundentes palabras, parecen entrar en tensión con otro pasaje fundamental de la Torá. En la revelación de los Trece Atributos de Misericordia, Dios se describe así:

“…que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.”

A simple vista, la contradicción es evidente: ¿sufren los hijos por los pecados de sus padres, o cada persona es responsable únicamente de sus propios actos?

Dos esferas distintas: justicia humana y justicia divina

La tradición rabínica ofrece una primera respuesta:
• El pasaje de los Trece Atributos habla del juicio divino, donde Dios, que conoce los corazones y las influencias profundas, puede considerar el impacto de una generación sobre otra.
• En cambio, Deuteronomio 24:16 se refiere a la justicia humana, limitada a hechos visibles y comprobables.

Los tribunales terrenales no pueden, ni deben juzgar intenciones heredadas ni influencias familiares. Solo debemos responsabilizar a quien cometió el acto. El Tanaj mismo ilustra este principio.

Un ejemplo histórico: el reinado de Amasías

El libro de Reyes nos dice que, tras consolidar su poder, el rey Amasías ejecutó a los asesinos de su padre, pero no extendió el castigo a sus descendientes:


“Pero no mató a los hijos de los que le dieron muerte, conforme a lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés…: No matarán a los padres por los hijos, ni a los hijos por los padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado”
(2 Reyes 14:4-6).

Aquí la Torá se aplica de manera estricta: la responsabilidad penal no se hereda.

El desafío profético: Jeremías y Ezequiel

Sin embargo, notamos que el asunto se vuelve más complejo cuando los profetas del exilio, Jeremías y Ezequiel, retoman el tema. Ambos rechazan explícitamente la idea de que los hijos carguen con la culpa de sus padres.

Jeremías proclama:

“En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera… cada cual morirá por su propia maldad” (Jeremías 31:29-30).

Ezequiel, de forma casi paralela, declara:

“¿Qué pensáis vosotros… que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera?… He aquí que todas las almas son mías… el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:1-4).

Aquí no se nos habla de tribunales humanos. Se habla del juicio de Dios. Y, sorprendentemente, los profetas afirman que cada individuo será juzgado por sus propios actos, sin arrastrar la culpa de generaciones anteriores.

Un mensaje para un pueblo quebrado
Estas palabras no son una teoría abstracta. Surgen en el momento más oscuro de la historia judía:
• la destrucción del Primer Templo,
• la conquista babilónica,
• el exilio y una terrible sensación de abandono.

El pueblo, está sentado junto a los ríos de Babilonia, sintiendo que pagaba por los errores de sus antepasados. Su desesperanza se expresa en la visión de Ezequiel:
“Nuestros huesos se han secado, nuestra esperanza se ha perdido” (Ezequiel 37:11).

Jeremías y Ezequiel responden a esa desesperación con un mensaje revolucionario:

El futuro no está determinado por el pasado. La culpa heredada no es una condena eterna. Cada generación puede comenzar de nuevo. Si el pueblo retorna a Dios, Dios retornará a ellos. La responsabilidad es personal, y también lo es la posibilidad de redención.

¿Y qué ocurre entonces con la “tercera y cuarta generación”?

Si los profetas afirman que cada uno muere por su propio pecado, ¿cómo debemos entender la afirmación de que Dios “visita la iniquidad de los padres sobre los hijos”?

La tensión continúa. Por eso, la tradición rabínica sigue explorando este tema en otras fuentes, especialmente en el Talmud, donde se matiza y profundiza la relación entre culpa, influencia, responsabilidad y justicia divina. 

Mañana continuamos…

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Deja un comentario

Trending