
Algo para Pensar — Parashá Ki Tetzei(lunes, 17 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
“Cuando salgas a la batalla… y veas entre los cautivos a una mujer hermosa y la desees… Cuando un hombre tenga dos mujeres, la una amada y la otra aborrecida… Si un hombre tiene un hijo terco y rebelde…” (Deut. 21:10–18)
La Torá establece un principio sorprendente y profundamente contracultural: cuando un hombre tiene dos esposas, una amada y la otra despreciada, y el primogénito nace de la esposa menos querida, el padre no puede alterar la justicia de la primogenitura en virtud de su preferencia emocional.
El hijo de la mujer “aborrecida” debe recibir el doble, porque él es “el principio de su vigor” (Deut. 21:15–17). La ley protege al vulnerable, incluso dentro del hogar, aún frente al corazón del padre.
Pero esta norma plantea una pregunta inquietante: ¿acaso no vivió Jacob exactamente esta situación? Él amó a Raquel y no amó a Leah; la propia Escritura afirma que Leah se sentía “odiada” (Génesis 29:31). Jacob otorgó la doble porción no a Rubén, primogénito de Leah, sino a José, hijo de Raquel. ¿Cómo podemos entender esta contradicción entre la ley y la historia?
El amor que deslumbra vs. la tragedia que se oculta
La relación entre Jacob y Raquel suele celebrarse como una de las grandes historias de amor de la humanidad. Su primer encuentro es casi cinematográfico. Jacob, el estudioso en tiendas, despliega una fuerza extraordinaria para mover la pesada piedra del pozo ante la joven pastora. Los siete años de trabajo que Labán exige como dote pasan para él “como pocos días”, porque su corazón está cautivado.
Pero ese amor luminoso tiene un lado sombrío: Leah, la hermana mayor, entregada a Jacob mediante engaño. Ella entra en un matrimonio que no eligió, con un esposo que no la esperaba, bajo circunstancias que la condenan a una vida de continua comparación.
El Midrash y la narrativa bíblica nos permiten asomarnos y atisbar su dolor. “Dios vio que Leah era odiada (senu’a) y abrió su matriz” (Génesis 29:31). La misma palabra senu’a que se utilizaen Deuteronomio para describir a la esposa cuyo hijo primogénito debe ser protegido por la ley.
La Torá conecta ambas historias con un hilo invisible: la justicia divina se inclina hacia quien sufre en silencio.
Leah: la dignidad de quien ama sin ser amado
Leah concibe y da a luz a Rubén, y su nombre — “miren, un hijo” — es un grito contenido: “Dios ha visto mi aflicción (be’onyi), porque ahora mi esposo me amará” (Génesis 29:32). Cada nacimiento es un intento de sanar una herida que no termina de cerrar.
Aun así, Leah se convierte en una figura de enorme fortaleza moral. Cumple su rol de matriarca con entrega absoluta: trae al mundo a seis patriarcas, sostiene el hogar, aconseja a Jacob, y carga con su dolor sin convertirlo en resentimiento. Dios, que escucha los sollozos que nadie más oye, la bendice con fecundidad, mientras el vientre de Raquel permanece cerrado.
Rubén: el hijo que ve, comprende y «traga» en silencio
Rubén pisa sobre las huellas de su madre. Él también observa y traga. Cuando encuentra mandrágoras, plantas asociadas al deseo sexual y fertilidad, se las lleva a Leah como un gesto de amor filial (Génesis 30:14).
Más tarde, cuando José — el hijo predilecto, el rival involuntario — es arrojado a una fosa, Rubén es el único que intenta salvarlo. Pero así como Jacob relegó a Leah, Rubén será relegado por sus propios hermanos. La historia se repite: el hijo de la esposa “odiada” carga con el destino de los olvidados.
Una ley que mira hacia atrás y hacia adelante
La ley de Deuteronomio parece escrita para proteger precisamente a personas como Leah y Rubén. Es como si la Torá, al legislar generaciones después, dijera: “Que no vuelva a ocurrir lo que ocurrió en la casa de Jacob”. La norma no borra el pasado, pero lo ilumina, lo interpreta y lo transforma en enseñanza.
La lectura concluye insinuando un tercer episodio: un matrimonio mal elegido que engendra un hijo herido, cuya rebeldía nace del resentimiento. Esta historia, como la de Leah y Rubén, nos recuerda que las decisiones íntimas tienen consecuencias generacionales, y que la Torá, al legislar, busca sanar lo que la historia dejó fracturado.
En la próxima reflexión exploraremos este tercer episodio y su conexión con los anteriores.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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