Los líderes judíos deben tratar a los miembros de la comunidad como a sus hermanos y hermanas

Por Rabino Pini Dunner

La semana pasada, el senador estatal de California, Scott Wiener, presentó una propuesta muy propia de San Francisco. Quiere que el túnel que atraviesa la isla Yerba Buena, que conecta las dos mitades del puente de la bahía, pase a llamarse Túnel Emperador Norton.

En realidad, la historia ha ofrecido varias maneras de convertirse en emperador. Se podía heredar el cargo. Se podían conquistar algunos países y establecer un imperio. Se podía dar un golpe de estado, eliminar a los rivales y coronarse, al estilo de Napoleón.

Pero Joshua Abraham Norton optó por un camino mucho más poco convencional. Escribió una carta al periódico. El 17 de septiembre de 1859, Norton informó al San Francisco Daily Evening Bulletin que, a petición de lo que describió como una gran mayoría de ciudadanos estadounidenses, a partir de entonces sería conocido como “Emperador de estos Estados Unidos.”

El periódico publicó su proclamación, probablemente porque a los editores les pareció divertida. Pero la broma les salió cara, y el emperador Norton I comenzó formalmente su reinado.

Joshua Norton nació en 1818 en Deptford, entonces un pueblo de Kent, Inglaterra, y ahora parte del sureste de Londres. Sus padres, John y Sarah, eran judíos ingleses de clase media. Cuando Joshua tenía dos años, la familia se mudó a Sudáfrica. Finalmente, a finales de 1849, Norton llegó a San Francisco, justo cuando la Fiebre del Oro transformaba la ciudad, y rápidamente se convirtió en un próspero hombre de negocios.

Pero las cosas empezaron a torcerse en 1852. Una hambruna en China había disparado el precio del arroz, y Norton se enteró de que un cargamento de arroz había llegado al puerto de San Francisco. Vio una oportunidad para acaparar el mercado y acordó comprar toda la carga por 25.000 dólares, aproximadamente 1,1 millones de dólares actuales.

Desafortunadamente, llegaron varios barcos más cargados de arroz, el precio se desplomó y la fortuna de Norton se esfumó con él. Pasó años intentando eludir el contrato, pero finalmente fracasó, y en 1856 fue declarado en bancarrota.

Tras no lograr reflotar su negocio ni obtener apoyo con su propuesta de candidatura al Congreso, finalmente se le ocurrió una idea mucho mejor: se convirtió en emperador.

Su nuevo estatus imperial sin duda aumentó su notoriedad, pero no revitalizó su fortuna. A mediados de la década de 1860, Norton vivía en la más absoluta pobreza en una diminuta habitación en la pensión Eureka de Commercial Street.

Pero no permitió que la lamentable insuficiencia de su cartera inmobiliaria interfiriera con la dignidad de su cargo. Paseaba por San Francisco con impresionantes, aunque algo desgastados, uniformes militares, con medallas doradas de gran tamaño, una espada y, en ocasiones formales, un sombrero de castor adornado con una pluma de avestruz.

San Francisco le siguió el juego. Los restaurantes le daban de comer. Los teatros le reservaban butacas. Los directorios locales lo catalogaban como “Emperador.” Norton incluso llegó a emitir su propio dinero, que algunos establecimientos locales aceptaban.

Curiosamente, los billetes de Norton que aún se conservan pueden venderse hoy por decenas de miles de dólares, aunque esto no le reporta mucho beneficio a Norton en la actualidad.

Pero no todo giraba en torno a comidas gratis y entradas para el teatro. Norton emitió proclamas contra la corrupción y la discriminación racial, defendió a los inmigrantes chinos durante un período de feroz agitación antichina y se preocupó por asuntos tan poco imperiales como el mal estado de las carreteras, los impuestos excesivos y el transporte público deficiente.

En 1867, cuando un policía demasiado celoso lo arrestó por vagancia y locura, los periódicos de San Francisco estallaron en indignación. El jefe de policía ordenó la liberación de Norton y ofreció una disculpa oficial. Norton, siempre amable, respondió concediendo al agente un indulto imperial.

En cuanto al puente, en 1872 Norton propuso la construcción de un puente que uniera San Francisco y Oakland a través de la isla Yerba Buena, entonces conocida como Goat Island. Más de sesenta años después, mucho después de su fallecimiento, se inauguró el puente de la Bahía sobre esa misma ruta.

Resulta tentador considerar a Norton como una simple curiosidad entrañable. Pero su historia revela algo profundo sobre el liderazgo: un título implica mucho más que autoridad. Norton carecía de poder legal. Su corona era imaginaria, su dinero, de fabricación casera, y sus proclamaciones, inaplicables.

Sin embargo, San Francisco le concedió algo que no se puede obtener por decreto: afecto, reconocimiento y una peculiar autoridad moral. La ciudad toleró el ridículo título porque le agradaba el hombre que lo ostentaba.

Y es precisamente esta brecha — entre la autoridad que confiere un título y el afecto que no puede exigir — la que constituye el núcleo del análisis de la monarquía judía en la Parashá Shoftim. La Torá permite al pueblo judío nombrar un rey, pero casi de inmediato comienza a limitarlo.

No debe acumular demasiados caballos, demasiadas esposas ni exceso de plata y oro. Y una vez en el trono, debe escribir un Sefer Torá y estudiarlo durante toda su vida (Deut. 17:20): “Para que su corazón no se enorgullezca de sus hermanos.”

El punto clave es que el pueblo judío no son “sus súbditos”, sino “sus hermanos”. La Torá se niega a permitir que la jerarquía política se convierta en jerarquía humana. Él puede ser el rey, pero quienes están bajo su mando siguen siendo sus hermanos.

El Talmud revela que los reyes judíos tenían dos rollos de la Torá: uno permanecía en el tesoro real, mientras que el otro lo acompañaba a dondequiera que fuera (Sanedrín 21b). Precisamente porque todos debían someterse a él, el rey llevaba consigo un recordatorio constante de que él también respondía ante una autoridad superior.

Maimónides lo deja aún más claro. Tras describir el extraordinario honor que se le debía a un rey, le instruye a comportarse con humildad y compasión. El rey debe cuidar de “los pequeños y los grandes”, hablar con gentileza, proteger la dignidad de los humildes y sobrellevar las cargas y quejas de su pueblo “como una nodriza lleva a un niño” (Hiljot Melajim 2:6).

Esta es la gran paradoja del liderazgo judío. El cargo puede ser prestigioso, pero quien lo ostenta jamás debe imaginarse superior a los demás. Un título puede fácilmente llevar a pensar que la deferencia es prueba de superioridad.

La gente se pone de pie al entrar, ríe de tus chistes y escucha atentamente cada una de tus palabras. Con el tiempo, esa atención empieza a percibirse como una prueba de que realmente eres más importante que los demás. La respuesta de la Torá es el Sefer Torá junto al trono, que le recuerda al rey: tú no escribiste las reglas, y no estás exento de ellas.

El título del emperador Norton pudo haber sido falso, pero nunca se le reprochó su supuesta superioridad, porque en realidad nunca la pretendió. En cambio, se ganó un afecto genuino. La razón era sencilla: la pomposidad de Norton era una actuación, y bajo esa apariencia seguía siendo accesible, interesado en la gente común y defensor de las causas que beneficiaban al pueblo.

El rey de la Torá se enfrenta a la situación opuesta: su poder es real, y precisamente por eso se le ordena no olvidar jamás esa misma verdad. Quienes lo rodean no son meros accesorios en el espectáculo de su grandeza. Son sus hermanos, y debe cuidarlos como si fueran de su familia.

Cuando Norton se desplomó y murió en una calle lluviosa de San Francisco en enero de 1880, apenas tenía unos pocos dólares en el bolsillo. Sus amigos tuvieron que recaudar fondos para su funeral, al que asistieron miles de sanfranciscanos que acudieron a darle el último adiós.

Casi 150 años después, su nombre podría figurar en el túnel que una vez imaginó. No porque fuera realmente un emperador — no lo era —, sino porque, si bien el título era ficticio, el cariño que se le profesaba era muy real. El rey de la Torá se enfrenta al peligro opuesto: su título es real, y esa realidad podría tentarlo a olvidar a los demás.

Por eso mismo necesitaba recordar, en todo momento, que todos a su alrededor seguían siendo sus hermanos.

Traducción: drigs, CEJSPR

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