La grandeza de Moshé Rabenu y su nacimiento no casher
Por Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo
“Nunca más surgió en Israel un profeta como Moisés —a quien Dios distinguió, cara a cara, para las diversas señales y prodigios que Dios le envió a realizar en la tierra de Egipto, contra el Faraón, todos sus cortesanos y todo su país, y por todo el gran poder y la fuerza imponente que Moisés desplegó ante todo Israel.” (Devarim 34:10-12)
Por muy extraordinario que fuera Moisés, la tradición judía hace todo lo posible por mantenerlo como un ser humano. El temor a que pudiéramos divinizarlo es real y, siempre que es posible, la Torá evita tal sugerencia.
Quizá por eso, al final de la vida de Moisés, la Torá recuerda cómo comenzó. El nacimiento y la crianza de Moisés en el palacio del Faraón, aunque muy inusuales, no fueron milagrosos. Tanto su nacimiento como su infancia fueron normales. Su curiosidad por el pueblo esclavizado por el Faraón lo llevó a rescatar a un israelita en apuros, lo que resultó en su posterior huida a Madián y su matrimonio con Séfora. El único acontecimiento inusual es el encuentro con Dios en la zarza ardiente, pero el resto de su vida se mantuvo dentro de los límites de la normalidad. ¡Eso es, hasta el capítulo siete del libro de Éxodo!
Una lección de genealogía
Pero justo antes del capítulo siete, encontramos un ejemplo clásico de hasta qué punto la Torá se esfuerza por asegurar que Moisés nunca sea deificado. Mientras relata cómo Moisés intentó persuadir al Faraón para que dejara partir a los israelitas, la Torá interrumpe — de manera repentina y algo abrupta — la narración del Éxodo para detallarnos extensamente la genealogía de Moisés y Aarón. [1] Se nos habla de sus padres, sus tíos y otros vínculos familiares.
Y luego, como si no tuviéramos idea de quiénes son Moisés y Aarón, el capítulo concluye diciendo: “Fueron ellos quienes hablaron con el Faraón, rey de Egipto, para liberar a los israelitas de los egipcios; estos son los mismos Moisés y Aarón” [2].
¿Qué sentido tiene esta interrupción? ¿Por qué necesitamos conocer su genealogía en medio del relato? ¿Por qué repetir que fueron Moisés y Aarón quienes sacaron a los israelitas de Egipto? ¿Acaso no lo sabemos ya?
La necesidad de normalidad
Con una genialidad magistral, el rabino Samson Raphael Hirsch [3] nos dice que, en estos versículos al final del capítulo 6, la Torá pone fin — de una vez por todas — a cualquier posibilidad de divinización de Moshé y Aarón, especialmente de Moshé.
Hasta este momento en el libro de Shemot (Éxodo), no ha ocurrido nada particularmente milagroso. Pero pronto llegará el relato completo del Éxodo: las plagas milagrosas, la partición del Mar de los Juncos y el ascenso de Moshé a la cima del Monte Sinaí para recibir los Aseret HaDibrot (traducidos incorrectamente como los Diez Mandamientos).
Así pues, justo antes de este giro en los acontecimientos, la Torá enfatiza que ambos hombres extraordinarios eran simples seres humanos de carne y hueso. No nacieron de ángeles ni de otros seres celestiales; provenían de familias humanas.
Hasta este punto, nadie podía dudar de ello. Al fin y al cabo, los encuentros de Moshé y Aarón con el Faraón habían fracasado por completo e incluso habían empeorado la situación. Sin embargo, ante la milagrosa salida de Egipto y todos los milagros manifiestos, la gente podría haber llegado a creer que Moshé y Aarón se habían convertido en seres divinos, ya no equiparables a los hombres comunes.
Por el contrario, la Torá deja claro que eran seres humanos, con padres, tíos, tías y familia. Los hombres que obraron estos milagros eran los mismos Moshé y Aarón de siempre. Fue a estas personas — y no a seres divinos — a quienes Dios habló.
Esto no disminuye en absoluto la grandeza de Moshé y Aarón. No cualquiera puede recibir la palabra de Dios y convertirse en profeta; ni mucho menos. Solo aquellos que han trabajado en sí mismos durante años y se han transformado a través de numerosas luchas y tribulaciones —tal como hicieron Moshé y Aarón — pueden, tal vez, alcanzar cierta grandeza espiritual. Pero aun así, nunca llegan a convertirse en deidades.
En una observación incisiva, el rabino Hirsch añade:
“Sabemos bien cómo, en tiempos posteriores, un judío cuya genealogía no estaba disponible —y precisamente por esa falta de registro, sumada al hecho de haber traído al mundo unas pocas chispas de luz tomadas prestadas del hombre Moshé — llegó a ser considerado por las naciones como engendrado por Dios.” [4]
Un ser humano de quien se presume que nació de una virgen y que, por tanto, es “hijo de Dios,” constituye la prueba definitiva de que debe tratarse de un falso Mesías y profeta.
La «caja de alimañas» de Moshé
Existe, sin embargo, otra razón por la que Dios eligió a estos dos hombres: ¡nacieron de un matrimonio prohibido! Su padre, Amram, se casó con Jocabed, quien era su tía. [5] Tal relación está estrictamente prohibida por la Torá.
Es cierto que esta prohibición aún no estaba vigente, ya que la Torá todavía no había sido entregada. Pero una vez que se entregó la Torá, esto pasó a considerarse una de las relaciones sexuales prohibidas. [6]
¡Resulta sumamente singular que el judío más grande de la historia naciera de una relación que más tarde fue estrictamente prohibida por la misma Torá que él llegaría a escribir!
La Guemará afirma: “No se nombra a un líder sobre el público a menos que tenga una cesta de gusanos colgando a sus espaldas, para que, si su corazón se llena de soberbia, le digan: «¡Mira detrás de ti!». [7]
La imperfección que forja a un líder
El comentarista Rabí Jizkiyahu ben Manoaj, [8] conocido como el Jizkuni, señala que esto va más allá de garantizar que un líder no caiga en una soberbia excesiva. Una persona sin ninguna mancha en su linaje no puede ejercer eficazmente como líder. Para ser ejemplar, uno debe cargar con una pesada carga similar a la del pueblo al que guía. Del mismo modo que el público en general posee diversas imperfecciones, el líder también debe estar marcado por ellas.
Así, Moshé se convirtió en el judío más grande de la historia: no porque fuera perfecto, ni porque fuera una deidad, ni porque fuera un hijo de Dios digno de adoración, ni porque hubiera nacido de un matrimonio perfecto, sino precisamente porque no era nada de eso.
Así, el mensaje que transmite la Torá con sus últimas palabras es una firme condena hacia cualquiera que intente deificar a los rabinos mientras viven, y aún más después de su muerte. Ni siquiera tras su fallecimiento se permitió que Moshé se convirtiera en objeto de culto, pues se nos dice que “nadie conoce su lugar de sepultura hasta el día de hoy” (Devarim 34:6).
Notas
[1] Shemot 6:14.
[2] Shemot 6:27.
[3] Fráncfort, 1808-1888.
[4] Rabino Hirsch sobre Shemot 6:14.
[5] Shemot 6:20.
[6] Vayikrá 18:12-13.
[7] Yoma 22a.
[8] El Jizkuni vivió en Francia durante el siglo XIII y es conocido por su subcomentario a Rashi.
Traducción: drigs, CEJSPR
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