¿Ofrece Sucot una lección para combatir el antisemitismo hoy en día?

Por Rabino Pini Dunner

Escribió decenas de libros y panfletos, abogó por los niños pobres, ayudó a fundar instituciones benéficas e incluso emprendió una enérgica campaña pública contra el té; lo que, en la Inglaterra del siglo XVIII, debió de ser la causa más perdida de todas.

Sin embargo, su rasgo más memorable era su obsesión por los paraguas. Hacia mediados del siglo XVIII, comenzó a caminar por Londres llevando un paraguas, y siguió haciéndolo a pesar de años de burlas. Hoy día, esto no se consideraría un acto de desobediencia civil. En el Londres de la época georgiana, al parecer, sí lo era.

Los paraguas existían, por supuesto, pero ningún inglés respetable llevaba uno. Se los asociaba con las mujeres y los extranjeros — especialmente con los franceses —, lo que los hacía particularmente detestables. Un caballero inglés sorprendido por la lluvia llamaba a un coche de alquiler, se mojaba estoicamente o, presumiblemente, se resguardaba bajo algún sitio mientras se quejaba del tiempo.

Pero Hanway había visto usar paraguas en el extranjero y llegó a la conclusión, bastante razonable, de que dejar que la lluvia calara la ropa simplemente para demostrar lo varonil que uno es, era una tontería. Así que llevaba paraguas.

Londres se reía de él. La gente se burlaba. Mientras tanto, los porteadores de sillas de manos y los cocheros de alquiler se mostraban hostiles, pues el “techo portátil” de Hanway amenazaba su medio de vida: si la gente podía caminar bajo la lluvia sin contratar transporte, ¿quién los necesitaba a ellos?

Un relato cuenta que Hanway soportó décadas de “miradas, risas, burlas, abucheos y acoso,” e incluso altercados con hombres que se oponían rotundamente a su innovación. Pero persistió y, para cuando murió, los paraguas se habían convertido en algo totalmente normal.

En realidad, se podría decir que Hanway ganó. Gracias a su tenaz perseverancia, el inglés adquirió uno de sus accesorios más duraderos y reconocibles: un techo privado y portátil.

Curiosamente, la festividad de Sucot nos pide hacer casi exactamente lo contrario. Es justo decir que el paraguas representa un instinto humano básico. Algo desagradable desciende desde lo alto, así que interponemos algo entre nosotros y el cielo.

Sin embargo, la sucá está diseñada deliberadamente para no hacer eso. Llamamos «morada» a la sucá, pero, según los estándares arquitectónicos habituales, no cumple muy bien esa función. Sus paredes pueden ser endebles. El techo debe estar hecho de material orgánico que haya crecido en la tierra y haya sido separado de ella.

Debe proporcionar más sombra que luz solar, pero no la suficiente como para protegernos totalmente de la intemperie. Lo ideal es que sigamos siendo conscientes del cielo que tenemos encima. Y si la lluvia se vuelve lo suficientemente desagradable, la ley judía no nos exige demostrar una determinación heroica quedándonos allí mientras nos empapamos; simplemente entramos en casa.

Ningún arquitecto competente describiría eso como una casa. Y ahí reside precisamente la clave. La Torá dice: Besukot teshevu shiv’at yamim (“Habitaréis en sukot durante siete días”). Los sabios explican que esto significa que debemos abandonar nuestra vivienda permanente para vivir en una temporal.

La lección obvia es que la seguridad material es frágil, y por supuesto que eso es cierto. Pero creo que hay algo más sutil en juego. El precepto no consiste en renunciar a un refugio, sino en vivir durante una semana bajo un refugio incompleto.

Sucot no glorifica la exposición a la intemperie. El judaísmo no idealiza el pasar frío o mojarse, ni la pobreza, el hambre o la falta de hogar. Construimos paredes. Colocamos el sechaj (el techo vegetal). Introducimos mesas y sillas, buena comida, vajilla adecuada, adornos e invitados. De hecho, la halajá (ley judía) nos indica que tratemos la sucá como a nuestro hogar. Pero luego exige un defecto arquitectónico crucial: el techo nunca debe permitirnos olvidar que existe el cielo.

Durante el resto del año, gran parte de nuestra vida se dedica a eliminar la exposición a la intemperie. Construimos casas más sólidas, contratamos seguros, ahorramos dinero, cerramos puertas con llave, planificamos la jubilación, consultamos el pronóstico del tiempo, instalamos alarmas, diversificamos inversiones, programamos revisiones médicas y —si hacemos caso a Jonas Hanway— llevamos paraguas. Todo ello tiene perfecto sentido.

Pero el problema surge cuando la protección se convierte en aislamiento. Llega un momento en que tenemos tanto éxito protegiéndonos de la incertidumbre que empezamos a imaginar que esta ha desaparecido.

Un buen saldo bancario empieza a percibirse como una garantía. Una carrera exitosa parece permanente. La buena salud se convierte en algo que damos por sentado. Asumimos que una relación sólida no requiere más mantenimiento. Y a los hijos a los que les va bien los archivamos mentalmente en la categoría de «problema resuelto».

Y, sin llegar a decirlo conscientemente, construimos un techo tan sólido que ya no podemos ver más allá de él.

Entonces llega Sucot. Pocos días después de Yom Kipur — tras haber pasado un día entero enfrentándonos a los límites últimos del control humano —, el judaísmo no nos envía de vuelta a casa para felicitarnos por haber completado el ciclo espiritual. Nos envía al exterior. Y, curiosamente, denomina a esta festividad «la época de nuestra alegría».

La festividad más alegre del calendario judío se celebra bajo el techo menos seguro. ¿Por qué? Quizás porque la felicidad genuina y la seguridad absoluta no son lo mismo. De hecho, la búsqueda de una seguridad absoluta podría hacer imposible la felicidad.

Si solo logro relajarme una vez que se haya eliminado todo problema posible, nunca me relajaré. Siempre hay otro riesgo. Otro movimiento del mercado. Otra prueba médica. Otro hijo por el que preocuparse. Otra crisis geopolítica. Otra teja del tejado que podría gotear.

La búsqueda de seguridad dice: “Seré feliz cuando nada pueda salir mal.” Pero Sucot dice: “Las cosas pueden salir mal y, aun así, puedo ser feliz.”

La Guemará recoge un famoso desacuerdo sobre qué eran realmente las sucot (cabañas) en el desierto. El rabino Akiva las interpreta literalmente: el pueblo judío vivía en cabañas. El rabino Eliezer afirma que se trataba de las milagrosas Nubes de Gloria con las que Dios los protegía.

A primera vista, ambas opiniones parecen estar en polos opuestos. Una cabaña improvisada es lo más distinto que cabe imaginar de una protección divina sobrenatural. Pero tal vez ambas describan la misma verdad desde perspectivas opuestas. La idea de la cabaña sugiere que la protección nunca es total; la idea de las Nubes de Gloria sugiere que la protección nunca fue enteramente tuya.

Sucot nos pide que vivamos con ambas ideas a la vez. Construye la cabaña. Haz que sea kosher. Hazla hermosa. Saca la buena comida. Invita a la gente. Haz todo lo que se espera que hagan los seres humanos. Pero deja suficiente cielo a la vista para recordar que, en última instancia, tú no controlas el clima.

La sucá no nos pide que nos sintamos inseguros. Nos enseña la diferencia entre estar protegidos y pretender que somos invulnerables.

Quizá no sea tan diferente de lo que hizo Hanway, al fin y al cabo. Quedarse bajo la lluvia innecesariamente no te hace noble. Si puedes mantenerte seco, mantente seco. El judaísmo está de acuerdo: si llueve con fuerza durante Sucot, entra en casa. Pero durante siete días, antes de que llueva, siéntate bajo un techo que de ninguna manera podría convencerte de que controlas los cielos.

Jonas Hanway pasó 30 años convenciendo a Londres de que no había virtud alguna en empaparse simplemente porque todos los demás lo hacían. Tenía razón. Pero una vez al año, el judaísmo nos pide que bajemos el paraguas, miremos a través del schach y recordemos algo igualmente importante: un techo puede protegernos de la lluvia, pero nunca es lo que sostiene el cielo.

Traducción: drigs, CEJSPR

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