
Algo para Pensar — Parashá Ki Tetzei (jueves, 20 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
La Torá establece un principio contundente: “Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado” (Deut. 24:16).
Esta afirmación parece chocar frontalmente con otros pasajes bíblicos que hablan de que Dios “castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación”. La tensión es evidente, y ya los profetas Jeremías y Ezequiel la señalaron abiertamente (cf. Algo para Pensar, miércoles, 19 agosto)
El Talmud reconoce esta dificultad y ofrece una enseñanza sorprendente. En Makot 24b se plantéa que Moisés pronunció cuatro decretos severos sobre Israel, y cuatro profetas posteriores los modificaron. Entre ellos, el decreto de que los hijos sufrirían por los pecados de sus padres.
Ezequiel, dicen los Sabios, anuló esa idea al proclamar: “El alma que peca, esa morirá”. La responsabilidad moral, en su sentido más estricto, recae sobre quien comete el acto.
La postura rabínica es clara: los hijos no son castigados por los pecados de sus padres. Los Sabios, en general, rechazaron la noción de que un hijo pueda ser castigado — incluso por el Cielo — por las faltas de sus padres. Por ello, reinterpretaron sistemáticamente todos los pasajes que parecían sugerir lo contrario. Su principio guía era claro:
• Cuando la Torá habla de castigar a los hijos por los pecados de los padres, se refiere únicamente a los hijos que continúan en las conductas de sus padres (Berajot 7a; Sanedrín 27b).
Incluso los episodios bíblicos en los que niños mueren junto a sus padres fueron explicados bajo esta lógica: esos hijos, dicen los Sabios, tenían la capacidad de protestar o impedir el pecado, pero no lo hicieron (Sanedrín 27b; Yalkut Shimoni I: 290). Rambam formula este principio de manera tajante: quien puede detener un pecado y no lo hace, es considerado responsable (Hiljot Deot 6:7).
Algunos estudiosos modernos han sugerido que la noción de responsabilidad individual surgió tardíamente en el judaísmo. Sin embargo, la propia Biblia lo desmiente cuando Dios amenaza con destruir al pueblo tras la rebelión de Coré,
Moisés protesta: “¿Pecará un solo hombre y te enojarás con toda la congregación?” (Núm. 16:22). Y cuando David ve morir al pueblo tras su pecado del censo, clama: “Yo he pecado… ¿qué han hecho estas ovejas?” (2 Sam. 24:17).
La idea de que cada persona responde por sus propios actos es tan antigua en Israel como en otras culturas del Cercano Oriente.
Si judicialmente cada individuo responde por su propio pecado, la Torá también enseña que somos responsables unos de otros. No en el sentido legal, sino en el sentido moral y espiritual. Los Sabios lo expresan así: “Todos los israelitas son garantes unos de otros” (Shevuot 39a).
Rambam, en el Séfer HaMitzvot, advierte que nadie puede decir: “Yo no he pecado; si otro peca, es asunto suyo y de Dios”. Tal indiferencia contradice la esencia misma de la Torá. La vida en comunidad implica una responsabilidad compartida por el bienestar moral del conjunto.
En ningún ámbito esta responsabilidad es más profunda que en la relación entre padres e hijos. La elección de Abraham, dice la Torá, se debió a que enseñaría a sus hijos y a su casa después de él a seguir el camino del Señor (Gén. 18:19). La educación moral es un deber central del judaísmo, repetido en el Shemá y en la Hagadá.
Rambam llega a afirmar que uno de los pecados más graves — tan grave que Dios no concede la oportunidad de arrepentimiento — es ver a un hijo desviarse y no detenerlo. La razón es clara: mientras el hijo está bajo la autoridad del padre, este tiene la capacidad de influir en su conducta. No intervenir equivale, en cierto sentido, a ser particípe en el pecado.
Así se revela el verdadero sentido de los Trece Atributos de Misericordia. No somos legalmente responsables de los pecados de nuestros padres ni de nuestros hijos. Pero nuestras acciones, decisiones y omisiones sí moldean el mundo moral y espiritual que heredarán la tercera y cuarta generación.
No se trata de castigo hereditario, sino de influencia moral. La Torá nos recuerda que la vida humana está entrelazada: lo que hacemos hoy deja huellas profundas en quienes vendrán después aunque no hayan estado presentes el día de las acciones realizadas por sus ancestros.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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