
Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (martes, 25 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de El Eterno es invocado sobre ti, y te temerán» (Deuteronomio 28:10)
Entre las bendiciones descritas en la lectura semanal, hay un versículo que resplandece con una fuerza singular: “Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de El Eterno es invocado sobre ti, y te temerán” (Deut. 28:10).
La frase es poderosa, pero también enigmática. ¿Qué significa que el “nombre de El Eterno” esté “invocado sobre nosotros”?
El Talmud (Berajot 6a) recoge una enseñanza del rabino Eliezer el Grande que, a simple vista, parece sorprendentemente simple: “elu tefillin shebarosh”, es decir, que este versículo alude a los tefilín que se colocan sobre la cabeza.
Pero ¿cómo puede un objeto ritual, por sagrado que sea, infundir respeto entre las naciones o disuadir a quienes desean dañarnos? ¿Es posible que la mera presencia de los tefilín tenga ese poder?
Para comprender la profundidad de la enseñanza, es necesario observar el pasaje talmúdico completo. Allí se plantea una pregunta fascinante: si en los tefilín del ser humano está inscrita la proclamación de la unicidad divina —“Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno”—, ¿qué está escrito en los “tefilín” de Dios?
La respuesta que ofrecen los Sabios es igualmente sorprendente: en ellos figura la declaración “¿Quién como tu pueblo Israel, una nación única en la tierra?” (1 Crónicas 17:21).
Los rabinos explican este intercambio con una idea profundamente relacional: “Así como ustedes me han hecho único en el mundo, Yo los haré únicos en el mundo.” La afirmación humana de la unicidad divina encuentra su reflejo en la afirmación divina de la singularidad de Israel.
Con esta clave, el versículo adquiere un nuevo sentido. “El nombre del Señor” que se ve sobre Israel NO se refiere a los tefilín del hombre, sino — metafóricamente — a los tefilín de Dios, es decir, a la manera en que Dios mismo proclama la identidad única del pueblo judío.
Lo que inspira respeto en las naciones no es un objeto físico, sino la capacidad de Israel de vivir como una unidad distinta, de mantenerse firme incluso cuando está solo, de sostener su misión aunque el mundo entero parezca marchar en otra dirección.
El mensaje del rabino Eliezer el Grande, entonces, no es mágico y tampoco superficial. Es un llamado a la valentía moral. Un pueblo que confía en su propósito, que no se diluye en la presión de las mayorías, que actúa con integridad incluso cuando es minoría, proyecta una fuerza que el mundo reconoce. La verdadera protección proviene de la convicción interna, no del número de aliados externos.
Ser “una nación sobre la tierra” implica asumir la responsabilidad de caminar con firmeza, aun cuando ese camino sea solitario. Implica actuar según lo que es correcto, no según lo que es popular. Implica sostener la verdad aunque parezca extraña, defender la justicia aunque resulte incómoda, y mantener la fe aunque otros la consideren razón suficiente para matarnos.
La bendición de Deuteronomio no promete inmunidad automática, sino algo más profundo: cuando Israel vive con la certeza de su misión y la dignidad de su identidad, el mundo lo percibe. Y esa percepción — ese reconocimiento de una integridad que no se quiebra— es lo que despierta respeto.
Que cada uno de nosotros aprendamos a caminar con la dignidad de quien porta un nombre sagrado. Qué El Eterno nos ayude a no ceder nuestra verdad por comodidad ni nuestra misión por aprobación de quienes nos rodean. La fidelidad a lo correcto — aun en soledad — es la luz que sostiene a nuestro pueblo y alumbra el mundo.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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