Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (miércoles, 26 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas. Y dirá todo el pueblo: Amén” (Deuteronomio 27:26).

La escena descrita en la parashá es una de las más sobrecogedoras de toda la Torá: dos montañas enfrentadas, seis tribus sobre cada una, los levitas y el arca en el valle, y un pueblo entero respondiendo al unísono “Amén” a cada declaración.

Doce bendiciones hacia un lado, doce maldiciones hacia el otro. Sin embargo, la Torá sólo registra la lista de maldiciones, y culmina con una frase enigmática: “Maldito sea quien no yakim las palabras de esta Torá para ponerlas por obra.”

La palabra yakim desconcertó a traductores y comentaristas. ¿Significa “cumplir”, “confirmar”, “ejecutar”? El Talmud de Jerusalén, sin embargo, la toma en su sentido más literal: erigir, levantar, restaurar. Y pregunta con audacia: “Si alguien debe ‘erigir’ la Torá, ¿acaso la Torá ha caído?”

La pregunta no es retórica. El Talmud recuerda la súplica que añadimos en Sucot: “Que el Misericordioso restaure para nosotros la Sucá caída de David.” Si algo debe ser restaurado, es porque ha sido descuidado, relegado, olvidado. La Torá, entonces, puede “caer” no físicamente, sino en su prestigio, en su centralidad, en la conciencia de quienes deberían sostenerla.

El Talmud ofrece dos respuestas, ambas profundamente reveladoras.


• Rabí Shimon afirma que el versículo se refiere al jazán, el encargado de levantar físicamente el Sefer Torá durante la hagba. Según Najmánides, quien realiza esta acción de manera descuidada — quien no “levanta” la Torá con dignidad — cae bajo la advertencia del versículo. La restauración, en este nivel, es literal: elevar el rollo ante la comunidad, mostrarlo con honor, sostenerlo con firmeza.


• Rabí Shimon propone una lectura más amplia: “Es la corte terrenal.” Es decir, la responsabilidad recae sobre quienes tienen autoridad espiritual y moral: reyes, jueces, rabinos, maestros, padres. Ellos deben “levantar” la Torá cuando su voz se debilita, cuando su presencia se diluye, cuando su enseñanza deja de ser escuchada. Levantar la Torá significa devolverle estatura, prestigio y centralidad.

El ejemplo paradigmático es el rey Josías. Cuando el sacerdote Hilcías encontró un rollo de la Torá perdido durante generaciones de idolatría, Josías escuchó las advertencias del texto, rasgó sus vestiduras y declaró: “Es mi deber restaurarla.” Su reinado se convirtió en un proyecto de reconstrucción espiritual: devolver la Torá a su lugar.

La parashá no solo exige estudiar, enseñar y cumplir. Exige algo más profundo: una actitud. La Torá puede caer cuando se la estudia sin pasión, cuando se la cumple sin intención, cuando se la enseña sin vida. Puede caer cuando se la reduce a rutina, cuando se la deja en manos de otros, cuando se la observa sin alegría.

Por eso, la misma sección de advertencias atribuye todas las calamidades a un solo pecado: “Porque no serviste al Señor tu Dios con alegría” (Deuteronomio 28:47). La Torá no solo debe sostenerse; debe levantarse con entusiasmo, con generosidad, con un sentido de privilegio.

Levantar la Torá hoy significa:
• Estudiarla con profundidad y constancia.
• Enseñarla con claridad y amor.
• Practicarla con integridad.
• Apoyar a quienes la estudian y enseñan.
• Restaurar su dignidad cuando se la trivializa o se la olvida.
• Servir a Dios con alegría, porque la alegría es la fuerza que convierte el deber en vida.

La Torá no cae sola. Cae cuando la dejamos caer. Y se levanta cuando cada uno de nosotros decide, como Josías, decir: “Es mi deber restaurarla.”

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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