Algo para Pensar — Parashá Pinjás (viernes, 3 julio  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


«Vinieron las hijas de Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de las familias de Manasés hijo de José, los nombres de las cuales eran Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa; y se presentaron delante de Moisés y delante del sacerdote Eleazar, y delante de los príncipes y de toda la congregación, a la puerta del tabernáculo de reunión, y dijeron: «(Números 27:1-2)

El Éxodo y la conquista de la Tierra de Israel, son los dos grandes ejes que enmarcan los cuarenta años de formación del pueblo, representan también los dos grandes movimientos de la existencia humana.

Mitzrayim, “Egipto”, significa estrechez, límite, confinamiento. Salir de Egipto es, entonces, la liberación del alma de todo aquello que la reduce, la oprime o la aleja de su verdad más profunda.

La conquista de Canaán, por otro lado, simboliza el trabajo de transformar el mundo material en un espacio donde la Presencia divina pueda habitar: un hogar para Dios construido desde la vida cotidiana.

La generación del Éxodo logró la primera tarea: se desprendió de la mentalidad esclava y de la cultura pagana, purificó su interior y alcanzó la grandeza espiritual necesaria para recibir la Torá directamente del Creador. 

Pero falló en la segunda: rehusó entrar en la tierra y asumir el desafío de santificar lo material. Prefirieron permanecer en la serenidad espiritual del desierto antes que enfrentar la resistencia del mundo real. Por ello, su misión quedó inconclusa y fue entregada a sus hijos.

En el plano personal, cada uno de nosotros vive estas dos etapas:
• liberar el potencial espiritual del alma,
• y luego transformar la vida concreta — trabajo, relaciones, decisiones, entorno — en un espacio de santidad.

Pero no todos somos iguales. El Talmud enseña: “Así como sus rostros son distintos, también lo son sus caracteres”. Hay quienes poseen un espíritu combativo y quienes son naturalmente pacíficos; quienes disfrutan el desafío y quienes rehúyen la confrontación.

Aquí aparece la profundidad del episodio de las hijas de Tzelofejad. 

La Torá enseña que incluso quien no posee un “hijo varón” — es decir, quien no tiene un temperamento agresivo o conquistador — podría pensar que no tiene parte en la tarea de “poseer la tierra”, de transformar el mundo. Podría creer que su misión se limita al trabajo interior, dejando la acción externa a los “guerreros”.

Pero Dios responde: la conquista de la tierra no es exclusiva de un tipo de alma. Cada persona tiene una porción del mundo que solo ella puede elevar.

Si la naturaleza de alguien es más receptiva, compasiva o no confrontativa, precisamente esa cualidad es su herramienta para transformar la realidad. Hay una manera “femenina” —no violenta, no agresiva, profundamente empática— de convertir la tierra en Tierra Santa.

La ausencia de un “heredero varón” no es una carencia, sino una señal: esa alma está llamada a conquistar mediante la sensibilidad, la escucha, la ternura y la capacidad de transformar sin imponer.

No todas las victorias se logran venciendo; muchas se alcanzan abrazando, comprendiendo y suavizando lo que parecía hostil.

La historia de las hijas de Tzelofejad nos invita a preguntarnos:

¿Cuál es la porción de mundo que me corresponde transformar, y con qué cualidades únicas me ha equipado Dios para hacerlo? No esperes a sentirte “lo suficientemente fuerte”, “lo suficientemente preparado” o “lo suficientemente combativo”.

Tu misión no requiere que seas otro; requiere que seas tú, plenamente.
Que esta semana tengas el valor de presentarte — como ellas — ante la vida, ante Dios y ante tu propia comunidad, diciendo: “Esta es mi parte, y estoy lista, estoy listo, para reclamarla y elevarla”.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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