Algo para Pensar — Parashá Jucat-Balak (domingo, 21 junio  2026) Tiempo de lectura: 4 minutos)

¡Shavua Tov Lekulam!


Esta semana estudiamos Parashá Jukat-Balak. Estas son la 39.ª y 40.ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción de la Torá: Números 19:1–25:9


Jukat (“Ley de”) comienza describiendo el proceso de quemar la vaca roja y usar sus cenizas para la purificación. También relata las historias de la muerte de Miriam y Aarón, el momento en que Moisés golpeó una roca para que brotara agua, una plaga de serpientes venenosas y las batallas contra los reyes emoritas Sijón y Og. 


Balak cuenta la historia del rey moabita Balac, quien contrató a Balaam para maldecir a los israelitas. El burro de Balaam habla por el camino, y Balaam termina bendiciendo a los israelitas. La porción concluye con una historia sobre hombres israelitas que pecaron con mujeres moabitas y el apuñalamiento de un israelita y un madianita.

REFLEXION

«Esta es la ordenanza de la ley que el Eterno ha prescrito: Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca alazana, perfecta, sin defecto, sobre la cual no se haya puesto yugo…» (Números 19:2).


Entre los misterios más profundos de la Torá se encuentra la ley de la pará adumá, la novilla roja. Este ritual establece que una persona que ha adquirido impureza ritual por contacto con un cadáver puede ser purificada mediante la aspersión realizada por un kohen. 


La mezcla purificadora se prepara con las cenizas de una novilla completamente roja, quemada junto con madera de cedro, ramas de hisopo y lana escarlata, todo ello combinado con agua (Números 19:1‑6).

No solo resulta difícil comprender el simbolismo de estos elementos — que podrían parecer, a simple vista, prácticas extrañas o incluso supersticiosas —; lo más desconcertante es que, mientras la persona impura queda purificada al recibir la mezcla, los kohanim que participan en su preparación y manipulación se vuelven impuros.

¿Cómo puede un mismo elemento transmitir pureza, y al mismo tiempo, generar impureza?

No sorprende que los sabios del Talmud relacionaran este enigma con las palabras del rey Salomón, el más sabio de los hombres: «Intenté ser sabio, pero esto está lejos de mi comprensión» (Eclesiastés 7:23).


Surge además otra pregunta: ¿por qué la Torá presenta este ritual precisamente aquí, hacia el final de la travesía por el desierto?

El rabino Abraham ibn Ezra explica que estas leyes también fueron entregadas en el Sinaí, pero se incluyen en este punto porque su ejecución corresponde a los kohanim, y el contexto de Koraj‑Jukat trata sobre los dones que Israel deberá entregarles al entrar en la tierra.


Sin embargo, las leyes relativas a los kohanim parecen pertenecer más naturalmente a Éxodo y  Levítico que a esta sección del libro de Números, marcada por episodios de queja, rebelión e intriga. 


¿Por qué, entonces, la Torá inserta el ritual de la novilla roja entre el pecado de los exploradores, la rebelión de Koraj, y más adelante, la transgresión de Moisés?


El rabino Joseph B. Soloveitchik ofrece una respuesta magistral a una parte esencial del enigma. Sostiene que el ritual puede entenderse racionalmente si se lo compara con alguien atrapado en arenas movedizas: necesita ser rescatado, pero quien lo ayuda inevitablemente se ensucia en el proceso. 

Así también, quienes preparan la mezcla purificadora se contaminan porque su contacto con quienes han adquirido impureza les transmite parte de esa condición. ¿Es justo — pregunta el Rav — que quienes buscan purificar a otros se vuelvan impuros? Sí, responde, cuando comprendemos que el liderazgo religioso tiene la responsabilidad de elevar espiritualmente a la sociedad. 


Si los kohanim hubieran guiado al pueblo hacia mayores alturas éticas y espirituales, este no habría caído en estados de impureza. Por ello, es justo que ese mismo liderazgo asuma las consecuencias cuando el pueblo que está bajo su cuidado se aleja de la Torá.


Los líderes deben abandonar la torre de marfil del Beit Midrash y acercarse al pueblo dondequiera este se encuentre, incluso si eso implica alejarse temporalmente de la pureza ideal. Así lo expresa Dios cuando le dice a Moisés —quien se hallaba inmerso en los niveles más elevados de la revelación —: 


«Desciende, porque tu nación ha actuado perversamente con el Becerro de Oro; solo te concedí grandeza por el bien de la nación. Si la nación peca, ¿qué necesidad tengo de ti?» (Berajot 32a).


El mensaje es claro: deja el ámbito exaltado del estudio y acércate a tu pueblo para elevarlo. Todo judío — y con mayor razón un líder — es responsable de los demás y debe asumir parte del peso de sus transgresiones.


El mensaje eterno de los kohanim que purifican con las cenizas de la novilla roja es contundente para los líderes de todas las generaciones: el liderazgo exige asumir riesgos y cargar con responsabilidades.
Incluso Moisés sufrió el destino de su generación porque no logró impedir que el pueblo cayera en el pecado de los exploradores.

La nación misma — simbolizada también por la novilla roja — debe, en ocasiones, ser llevada fuera del campamento para ser “sacrificada”, aunque luego sea restaurada por el ish tahor**, el hombre puro, cuando no cumple su misión de enseñar al mundo la «rectitud compasiva y la justicia moral.» 


Tal es el alto precio — y el destino inevitable — del liderazgo auténtico.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


Notas

** El ish tahor representa al líder que se acerca al que está caído, al que ha perdido su rumbo espiritual, para ayudarlo a levantarse. Al hacerlo, él mismo asume parte de la carga, incluso cuando esto implique contaminarse.

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