
Algo para Pensar — Parashá Re’eh(miércoles, 5 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Hijos sois de El Eterno vuestro Dios; no os sajaréis, ni os raparéis a causa de muerto» (Deut. 14:1)
Una de las características presente en las antiguas culturas paganas era la automutilación en orgías sangrientas por parte de quienes lloraban a sus familiares cercanos durante una ceremonia fúnebre.
En directa contradicción, la Torá nos ordena no recurrir a ninguna forma de autoinflicción de heridas, ni siquiera para expresar nuestro dolor por la pérdida de un progenitor. La Torá nos recuerda que nunca estamos verdaderamente desamparados, que siempre podemos recurrir a nuestro Padre Celestial.
Por lo tanto, nunca hay excusa para un duelo excesivo; la Presencia suprema del Todopoderoso, nuestro Padre eterno, consuela los corazones rotos y sana las heridas generadas por relaciones terrenales quebrantadas por causa de la muerte.
Sin embargo, hay una extraña ley sobre el duelo que requiere comprensión. El período de duelo por un padre es de un año entero, mientras que el de un hijo, una esposa o un hermano se limita a treinta días. ¿Por qué?
Después de todo, me parece que el dolor que se siente por la pérdida de un hijo — que un padre entierre a un hijo es contrario a las leyes de la naturaleza — es mucho peor que el de perder a un padre, que el que se experimenta cuando un hijo entierra a un padre.
Esto es particularmente cierto cuando un padre ha vivido una vida plena o para quien la muerte es un bendito alivio del dolor que le aflige. Un niño generalmente está en la flor de la juventud, y la muerte corta de raíz la promesa de la vida.
Un líder palestino sugirió una posible razón para el rigor halájico en el caso de un padre, expresando una idea profunda de forma bastante fácil de captar. Abu Ali, el Mukhtar de Wadi Nis (la aldea árabe más cercana a Efrat), acudió a dar el pésame cuando una persona estaba en shivá por su madre, z»l.
Al llegar, con diez de sus hijos y allegados, los presentes discutían precisamente sobre el duelo por un hijo. Se acercó de forma cortés y amable, y se dirigió a los reunidos en hebreo-árabe:
«Si uno pierde a su cónyuge, es trágico — pero siempre puede casarse con otra persona. Tengo cuatro esposas. Si pierde a un hermano, es triste, pero tengo nueve hermanos. Si pierde a un hijo, el dolor es incurable — pero uno puede tener otros hijos; tengo trece. Pero una madre es irremplazable; solo nos dan un par de padres, que jamás podrán ser reemplazados.»
“Hijos sois de El Eterno vuestro Dios; no os sajaréis, ni os raparéis a causa de muerto” (Deut. 14:1).
Que estas palabras nos recuerden que incluso en la noche más oscura seguimos siendo hijos, no huérfanos.
Que nuestro duelo no permanezca como si fuera una herida abierta, sino un puente que nos de acceso a la compasión divina.
Que la memoria de quienes amamos nos inspire, no nos hunda. Que aprendamos a llorar sin rompernos mientras recordamos a nuestros seres amados sin destruirnos.
¡Qué continuemos viviendo sin olvidar que siempre estamos sostenidos por el Padre Eterno que nunca muere!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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