
Algo para Pensar — Parashá Koraj (jueves, 18 junio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«…y que te hizo acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo? ¿Procuráis también el sacerdocio?» (Números 16:10)
Entonces, ¿por qué Koraj fue deshonrado y castigado?
La razón, según parece, es que Koraj no entendió cuál es el propósito de un estado judío ni cuál es la verdadera función de la Torá.Dios no busca una nación “santa” que viva apartada del mundo, protegida en un aislamiento espiritual. Eligió a Abraham para que fuera una bendición para todas las familias de la tierra (Génesis 12:3), y nos entregó Su Ley para que pudiéramos transmitirla a la humanidad como una luz para las naciones.
La misión esencial de un kohen es enseñar, y el “reino de sacerdotes” existe para instruir al mundo (Éxodo 19:6). Pero esa enseñanza solo es auténtica si demostramos que somos capaces de enfrentar y resolver nuestros propios desafíos nacionales, éticos y sociales — los dilemas de paz y guerra, de economía, de justicia — guiados por la sabiduría de la Torá.
Dios no nos eligió para refugiarnos en un abrigo de piel que solo nos calienta a nosotros. Nos eligió para encender un fuego que irradie paz y seguridad a toda la humanidad. Y esto solo puede lograrse desde una tierra donde cada aspecto de la vida — agricultura, industria, sociedad y política — pueda impregnarse de la justicia y la compasión que enseña la Torá.
No podemos permitirnos permanecer en el desierto. Debemos ascender a Israel, convertirnos en una nación-estado y entrar en la historia.
La Torá no fue dada para mantenerse en un aislamiento espiritual, sino para santificar el mundo real: la tierra, el ejército, la economía. Su propósito es perfeccionar la realidad, no escapar de ella.
Este fue también el error de Datán y Aviram. Quizá ellos también eran hebreos “religiosos” que pensaban que la mejor forma de influir era vivir en Tebas, El Cairo, Nueva York o Puerto Rico y enseñar desde allí; de ahí su deseo de regresar a Egipto.
Pero no se puede transformar verdaderamente a una nación sin participar en su gobierno y establecer las bases de su estructura social. De lo contrario, uno termina siendo moldeado por esa nación que “tolera” tu presencia y te permite entrar.
Esta es la gran lección que surge de la figura de José, el Gran Visir de Egipto. Alcanzó una grandeza extraordinaria y logró incluso hablarle al faraón sobre Elohim, el Creador del cielo y la tierra (Génesis 41:38).
Sin embargo, al administrar la economía egipcia, terminó esclavizando a toda la población, convirtiendo al faraón en un gobernante absoluto que poseía a todos sus súbditos (Génesis 47:13–27).
En su servicio a otra nación, José se vio obligado a comprometer el mensaje fundamental de la creación: que cada ser humano, hecho a imagen de Dios, debe ser libre e inviolable.
El mensaje auténtico y singular del pueblo judío solo puede transmitirse desde su propia tierra, como un estado soberano que actúa en la historia y cuya voz expresa las palabras eternas del Dios universal de moralidad y paz.
La historia de Koraj nos confronta con una verdad ineludible: no fuimos creados para escondernos en la comodidad espiritual ni para refugiarnos en desiertos que nos protegen de la responsabilidad.
La Torá no es un tesoro para guardarlo lejos del mundo, sino una luz destinada a iluminarlo.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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