
Algo para Pensar — Parashá Koraj (martes, 16 junio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, y Datán y Abiram hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, de los hijos de Rubén, tomaron gente, y se levantaron contra Moisés…» (Números 16:1–2)
Para comprender con mayor claridad cuál era la motivación de Koraj, es necesario volver a un episodio ocurrido durante la travesía por el desierto, poco antes de su rebelión: el relato de los espías, narrado en los capítulos 13 y 14 del libro de Números.
A petición del propio pueblo, Moshé envió a doce hombres — uno por cada tribu — para inspeccionar la tierra de Canaán y preparar su futura conquista. Sin embargo, la mayoría regresó con un informe profundamente desalentador.
Describieron la Tierra Prometida como una «tierra que consume a sus habitantes» y aseguraron que sería imposible tomarla, lo que llevó al pueblo a perder la confianza en la promesa divina y a desear volver a Egipto.
Como consecuencia, Dios decretó que Israel vagaría cuarenta años por el desierto, hasta que aquella generación desapareciera. Serían sus hijos quienes finalmente entrarían, conquistarían y poblarían la tierra destinada por Dios como herencia eterna.
Tal como analizamos en la reflexión de la parashá anterior, los espías — hombres piadosos y rectos, líderes de sus tribus en el momento de su envío — no actuaron movidos por simple temor o falta de fe. Su resistencia tenía un trasfondo espiritual, incluso noble.
En el desierto, el pueblo vivía sostenido por el maná y protegido por las «nubes de gloria.» En ese entorno, podían dedicarse por completo al estudio de la sabiduría divina y a una conexión contemplativa con Dios, libres de las exigencias materiales y de las preocupaciones cotidianas.
Pero al entrar en la tierra de Israel, quedarían sujetos a las responsabilidades políticas, económicas y sociales propias de una vida terrenal. Los espías no querían abandonar ese estado de elevación espiritual [y comodidades] para enfrentarse a la realidad material.
«Es una tierra que devora a sus habitantes,» declararon al volver.
Temían que una existencia centrada en lo material absorbiera a quienes la vivieran, volviéndolos mundanos y alejándolos del nivel espiritual que solo creían posible en el aislamiento del desierto.
Su error consistió en restringir la relación con Dios únicamente al plano espiritual. Al hacerlo, rechazaron el propósito mismo del Éxodo y de la entrega de la Torá en el Sinaí: la misión de transformar la tierra de Canaán en la «Tierra Santa,» es decir, de revelar el potencial de santidad que es posible dentro del mundo físico.
Como enseña el Tania:
«Esto es lo que es el ser humano; este es el propósito de la creación de la humanidad y de la creación de todos los mundos, tanto los elevados como los inferiores: que Dios tenga esta morada en los reinos inferiores.» (Capítulo 33)
La historia de los espías y la rebelión de Koraj no es un relato distante; es un espejo que nos exige ser valientes para admitir nuestras motivaciones ocultas.
Nos recuerda que no fuimos creados para escondernos en la comodidad del «desierto» ni para justificar nuestras fallas señalando a otros. Fuimos llamados a transformar el mundo real, con toda su complejidad, en un espacio donde la presencia divina pueda habitar.
Hoy, igual que entonces, es fácil refugiarse en excusas, en espiritualidades que no tocan la tierra, en la tentación de culpar a líderes, circunstancias o heridas pasadas.
Pero la Torá nos convoca a algo más grande: a asumir nuestra misión con responsabilidad plena, a entrar en la “tierra” — en la vida concreta — y elevarla.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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