
Algo para Pensar — Parashá Eikev (jueves, 30 julio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom, Lekulam!
“Cuídate de no olvidarte de El Eterno tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy… y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deut. 8:11,17).
A principios de la década de 1990 se realizó uno de los estudios médicos más fascinantes de la era moderna: el Estudio de las Monjas.
Cerca de setecientas religiosas de las Hermanas de Notre Dame en Estados Unidos permitieron que un equipo de investigadores examinara su proceso de envejecimiento y la incidencia de la enfermedad de Alzheimer. Al comenzar el estudio, las participantes tenían entre setenta y cinco y ciento dos años.
Lo que hizo único este proyecto fue un detalle histórico. En 1930, cuando estas mujeres eran jóvenes de poco más de veinte años, la Madre Superiora les pidió que escribieran un breve relato autobiográfico explicando su vida y su vocación. Décadas después, los investigadores analizaron estos textos con un sistema diseñado para identificar emociones positivas y negativas.
A lo largo de sesenta años, los científicos evaluaron anualmente la salud de las monjas, buscando conexiones entre su estado emocional en la juventud y su bienestar en la vejez. Dado que todas habían llevado estilos de vida casi idénticos — misma dieta, misma rutina, mismas condiciones — el grupo era el ideal para estudiar el impacto de las actitudes internas sobre la salud física.
Los resultados, publicados en 2001, fueron sorprendentes.
Cuantas más emociones positivas — gratitud, esperanza, amor, satisfacción, felicidad — expresaban las monjas en sus escritos de juventud, mayor era la probabilidad de que estuvieran vivas y saludables seis décadas después. La diferencia en esperanza de vida llegó a ser de hasta siete años. Este hallazgo abrió un nuevo campo de investigación sobre la gratitud y su impacto en la salud.
Sin embargo, lo que la ciencia descubrió recientemente, Moisés ya lo sabía hace más de tres mil años. La gratitud — hakarat hatov — es el corazón de su mensaje al pueblo de Israel cuando se preparaban para entrar en la Tierra Prometida.
En el desierto, la gratitud no había sido su fortaleza. Se quejaron de la falta de comida y agua, del maná, de la ausencia de carne y verduras, del peligro de los egipcios y del temor a los habitantes de la tierra. Les faltó agradecimiento en los tiempos difíciles.
Pero Moisés advirtió que un peligro aún mayor vendría en los tiempos de abundancia. Cuando disfrutaran de casas, viñedos, cosechas y prosperidad, podrían caer en la ilusión más peligrosa: creer que todo lo habían logrado por su propio poder. Por eso les dijo:
“Cuídate de no olvidarte de El Eterno tu Dios… y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”.
Moisés sabía que la ingratitud no solo destruye la relación con Dios, sino también la salud espiritual de una nación. Si olvidaban quién los sacó de Egipto, quién los sostuvo en el desierto y quién les dio la tierra, perderían su identidad y su propósito.
Por eso ordenó que la historia del pueblo quedara grabada en su alma y se celebrara cada año en las festividades. Israel debía recordar siempre que su existencia no era obra de “la fuerza de su mano”, sino del Dios que los llamó y los acompaña.
Esta visión era y continua siendo revolucionaria: una nación entera sostenida por una memoria de agradecimiento.
La gratitud no es solo un sentimiento; es una disciplina espiritual que preserva la vida, fortalece la fe y mantiene el corazón humilde. Así como las monjas que expresaban gratitud regularmente vivieron más y mejor, también nosotros encontramos salud espiritual cuando reconocemos la mano de Dios en cada paso.
Hoy, el llamado es claro: No olvides a El Eterno cuando te vaya bien. No atribuyas tus logros únicamente a tu esfuerzo. Reconoce la gracia que te ha sostenido.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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