
Algo para Pensar — Parashá Eikev (viernes, 31 julio 2026) Tiempo de lectura: 4 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“Cuídate de no olvidarte de El Eterno tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy… y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deut. 8:11,17).
Con estas palabras, la Torá nos advierte sobre uno de los peligros espirituales más sutiles: el espejismo de la autosuficiencia.
El ser humano, cuando prospera, corre el riesgo de atribuirse a sí mismo el mérito exclusivo de sus logros. La advertencia bíblica no es solo teológica; hoy sabemos que tiene profundas resonancias psicológicas y existenciales.
Desde la publicación de la célebre investigación sobre las monjas y la ola de investigaciones que le siguió, la ciencia moderna ha confirmado lo que la tradición espiritual ha enseñado durante milenios: cultivar la gratitud transforma la vida.
Los estudios muestran que la gratitud:
• Mejora la salud física y fortalece el sistema inmunológico.
• Aumenta la probabilidad de mantener hábitos saludables, como hacer ejercicio y acudir a chequeos médicos.
• Reduce emociones tóxicas como el resentimiento, la frustración y el arrepentimiento.
• Disminuye la incidencia de depresión y la tendencia a reaccionar con venganza ante experiencias negativas.
• Mejora la calidad del sueño.
• Fortalece la autoestima, reduciendo la envidia y la comparación constante.
• Mejora las relaciones interpersonales, ya que un simple “gracias” profundiza vínculos y aumenta la cooperación.
• Incrementa la resiliencia emocional.
Un estudio con veteranos de Vietnam reveló que quienes cultivaban la gratitud mostraban menor incidencia de trastorno de estrés postraumático. Recordar las bendiciones — incluso en tiempos difíciles — ayuda a atravesar pérdidas, crisis laborales y momentos de duelo.
La vida de oración judía es, en esencia, un entrenamiento constante en gratitud. Birkot HaShajar, las bendiciones matutinas, son una letanía de agradecimiento por lo más básico, y a la vez, lo más extraordinario: el cuerpo, la tierra, la vista, la libertad de movimiento, la conciencia.
Las primeras palabras que pronunciamos al despertar — Mode Aní, “Te agradezco”— establecen el tono espiritual del día: antes de hacer cualquier cosa, reconocemos que la vida misma es un regalo.
La Amidá, oración central del servicio diario, contiene un detalle fascinante. Durante su repetición pública, la congregación permanece en silencio, respondiendo solo con “Amén,” excepto en una bendición: Modim, “Te damos gracias”. En ese momento, la comunidad recita un texto propio, Modim DeRabbanan.
¿Por qué esta excepción?
El rabino Eliyahu Spira, en Eliyahu Rabba, explica que la gratitud no puede delegarse. Nadie puede agradecer en nuestro nombre. El agradecimiento debe brotar de la propia persona.
La esencia de la gratitud consiste en reconocer que no somos los únicos responsables de lo bueno en nuestras vidas. El filósofo André Comte-Sponville afirma que el egoísta es ingrato porque no quiere reconocer su deuda con los demás. La Rochefoucauld lo expresó con crudeza: “El orgullo se niega a deber, el amor propio a pagar.”
La gratitud, por tanto, está íntimamente ligada a la humildad. Reconoce que lo que somos y lo que tenemos proviene, en gran medida, de otros: de quienes nos formaron, de quienes nos ayudaron, y, en última instancia, de Dios.
Comte-Sponville añade que quienes no pueden agradecer “viven en vano”, siempre insatisfechos, siempre esperando que la vida comience mañana. La gratitud, en cambio, nos ancla al presente y nos permite experimentar plenitud.
Aunque no es necesario ser religioso para sentir gratitud, la fe en un Dios creador y providente ofrece un marco especialmente fértil para ella. Es difícil agradecer a un universo indiferente. La creencia en un Dios personal — que escucha, que guía, que acompaña — da dirección y profundidad a nuestra gratitud.
La Torá nos advierte: “Cuídate de no olvidarte…” El olvido espiritual no ocurre de golpe; se va infiltrando lentamente cuando dejamos de reconocer la Fuente de nuestras bendiciones. La gratitud es el antídoto que mantiene vivo nuestro vínculo con Dios y con los demás.
Hoy, pregúntate:
¿Qué bendición he recibido por la que aún no he dado gracias?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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