
Algo para Pensar — Parashá Eikev (martes, 28 julio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a El Eterno vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma….Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis y sirváis a dioses ajenos, y os inclinéis a ellos…» (Deut. 11:13,16)
El pasaje del Shemá que abre esta reflexión — “Si obedeciereis cuidadosamente… Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe…”— plantea una visión sorprendentemente directa de la relación entre las acciones humanas y la respuesta divina.
Cualquier estudiante de la Torá sabe que esta no habla de un universo indiferente ni de un Dios distante, sino de un tejido vivo donde cada acto humano provoca una resonancia espiritual. La vida, según este modelo, no es un escenario neutral: es un espacio de infinitas y constantes interacciones entre la voluntad humana y la presencia divina.
Sin embargo, esta afirmación abre la puerta a una de las preguntas más antiguas y profundas de la teología judía: si Dios lo sabe todo, si Su conocimiento abarca pasado, presente y futuro, ¿cómo puede el ser humano ser verdaderamente libre?
La aparente contradicción ha inquietado a filósofos, rabinos y místicos durante siglos.
Lo primero que debemos hacer es tomar consciencia de una clave fundamental: Dios trasciende el tiempo. El tiempo no es Su marco; es Su creación. Por eso, decir que “Dios sabe ayer lo que harás mañana” no es un juego de palabras, sino una afirmación ontológica.
El conocimiento divino no es previsión ni predicción; es presencia eterna. Desde esta perspectiva, el problema lógico se disuelve: Dios no “espera” a que el hombre actúe para saberlo, pero Su conocimiento no obliga ni determina la acción humana. La libertad sigue intacta.
Rambam, con su claridad racional, llevó esta idea al extremo necesario: si no hay libertad, no hay Torá. Si el hombre fuese una marioneta, los mandamientos serían absurdos, la justicia sería imposible y la vida moral carecería de sentido. Para Rambam, la libertad humana es un axioma espiritual: sin ella, la existencia se derrumba.
Pero la tradición cabalística ofrece una imagen distinta, más simbólica y más relacional. Los cabalistas sí aceptan la metáfora de los hilos, pero la invierten: no es Dios quien mueve los hilos del hombre; es el hombre quien mueve los hilos del cielo.
Dios construyó el escenario, diseñó el sistema, conectó las cuerdas… pero dejó en manos del ser humano la capacidad de activar o bloquear la bendición divina.
El universo, según esta visión, es un teatro de marionetas cósmico donde el hombre no es un muñeco, sino un titiritero. Cada mitzvá, cada pensamiento, cada decisión moral, tira de un hilo que vibra en los mundos superiores.
Esta idea no es ajena a la Torá. El segundo párrafo del Shemá lo dice sin metáforas: si obedeces, habrá lluvia; si te apartas, el cielo se cerrará. La relación es directa, aunque no siempre es visible.
¿Por qué no vemos esta causalidad de manera inmediata? ¿Por qué no se manifiesta con la claridad de una ecuación matemática?
Porque la vida espiritual no es mecánica. La Torá no promete un sistema automático, sino una relación. Y las relaciones — como el amor, la confianza, la fidelidad — no se miden en instantes, sino en procesos. La respuesta divina no es un botón que se presiona, sino un vínculo que se cultiva.
Este asunto nos invita a mirar más allá de la superficie: a reconocer que la libertad humana no es una amenaza para la omnipotencia divina, sino su expresión más sublime.
Un Dios que puede crear seres libres es más grande que un Dios que controla cada movimiento. Un Dios que permite al hombre influir en el cosmos es un Dios que confía, que invita a establecer una relación.
Entonces, la verdadera pregunta no es si somos libres, sino qué haremos con esa libertad. ¿La usaremos para acercarnos a la Fuente de la vida, o para alejarnos de ella? ¿Tiraremos de los hilos que abren bendición, o de los que cierran los cielos?
La libertad no es un privilegio; es una responsabilidad cósmica.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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