
Algo para Pensar — Parashá Shlaj (martes, 9 junio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Envía tú hombres que reconozcan la tierra de Canaán, la cual yo doy a los hijos de Israel; de cada tribu de sus padres enviaréis un varón, cada uno príncipe entre ellos» (Números 13:2)
“¿Vale la pena ser bueno/a?” aparece con frecuencia, tanto en conversaciones como en nuestros propios pensamientos, generalmente como expresión de frustración. Aunque en la mayoría de los casos, es solo un desahogo momentáneo.
Sin embargo, cuando se repite con insistencia, puede transformarse en una visión de vida, pasando de ser un estado emocional pasajero a convertirse en un juicio moral firme. Por eso vale la pena examinarla con seriedad.
Para hacerlo, conviene dividir la pregunta en dos partes, formulando una contrapregunta: ¿“Pagar” a quién?
“¿Vale la pena ser bueno?” puede referirse al que actúa con bondad — el benefactor — o al que recibe esa bondad — el beneficiario.
1. ¿Me conviene ser bueno?
Si la pregunta se refiere a si la bondad “me paga”, la respuesta, en la mayoría de los casos, es no. Quien espera beneficios tangibles por su conducta ética está mal orientado. Una vida virtuosa no garantiza una vida cómoda o feliz.
John F. Kennedy, pese a haber nacido en una familia privilegiada y haber alcanzado un lugar destacado en la historia, afirmó: “La vida es injusta” (21 de marzo de 1962). Mucho antes, los rabinos ya habían enseñado que la recompensa por la virtud no siempre se manifiesta en este mundo (Kidushin 39b).
En mi propia experiencia, después de estar dedicando años a ayudar a otros y a fomentar la amabilidad, aprendí que la gratitud es algo que no debe esperarse si uno quiere evitar decepciones constantes. Hoy no espero agradecimiento de nadie.
Cuando encuentro a alguien verdaderamente agradecido, me llena de alegría, pero la ingratitud ya no me sorprende: es más común que la gratitud. Si alguien fuera bueno solo por recibir reconocimiento o recompensa, tendría que dejar de serlo.
En realidad, la pregunta ni siquiera debería formularse, porque, sea cual sea la respuesta, nuestra reacción debería ser: “¿Y qué?” ¿Quién dijo que la bondad tiene que ser rentable?
Quien decide ser moral sólo porque “conviene” terminará frustrado, o peor aún, actuando con maldad cuando la bondad deje de serle útil.
El judaísmo enseña: “No seáis como los sirvientes que sirven a su amo solo para recibir un salario” (Avot 1:3). No debemos ser buenos porque “paga”. Tampoco adoptamos la máxima secular “la honestidad es la mejor política”. Un judío/a debe ser honesto incluso cuando no sea políticamente conveniente.
La moralidad es un asunto de principios, no de estrategia. Sí creemos en una recompensa espiritual última, pero esa no debe ser la motivación principal para actuar con rectitud.
2. ¿Vale la pena ser bueno con quien recibe mi bondad?
A simple vista, parecería obvio: si hago un bien, el otro se beneficia. Pero no es tan simple. Hay que considerar factores como el exceso, el momento adecuado o la indulgencia que, aunque bien intencionada, puede causar daño a largo plazo.
No existe una respuesta universal. Se requiere sabiduría, madurez y reflexión para discernir si nuestra generosidad será finalmente constructiva o perjudicial.
El caso de Moisés y los espías
El episodio de Moisés enviando exploradores a Canaán es un ejemplo de una situación en la que no convenía ser “bueno”. Según la interpretación rabínica citada por Rashi, la relación entre Dios, Israel y Moisés era compleja, y la posición de Moisés, delicada.
Rashi explica:
«Dios le dijo a Moisés: «Envía una delegación de espías si lo deseas. Pero hazlo bajo tu propia responsabilidad. Por mi parte, no te lo ordeno.» Pues los propios israelitas exigieron tal delegación, y cuando Moisés consultó a la Presencia Divina, Él respondió: «¡Pero ya les he dicho que es una buena tierra! Por lo tanto, si lo deseas, puedes dejarle tener sus espías, pero no sin gran riesgo.»
Es decir, el envío de los espías fue una concesión, igual que lo fueron el permiso para nombrar un rey, la autorización para que los hijos de Noé comieran carne o la ley de la cautiva hermosa.
Aunque agradecemos la comprensión divina, no siempre está claro que tales concesiones sean para nuestro beneficio. En este caso, Moisés cedió demasiado. Se dejó presionar por el pueblo cuando no debió hacerlo. Fue “demasiado bueno,” y no valió la pena.
Con esto, queda preparado el escenario para nuestra próxima reflexión. ¡Hasta pronto!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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