Algo para Pensar — Parashá Beja’alotejá(viernes, 5 junio  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

“Reúne para mí a setenta hombres de los ancianos de Israel, aquellos que tú reconoces como líderes del pueblo. Tráelos a la entrada del Tabernáculo y que permanezcan allí contigo. Yo descenderé, hablaré contigo, y tomaré parte del espíritu que está en ti para ponerlo sobre ellos. Así compartirán contigo la carga del pueblo, y no tendrás que llevarla tú solo” (Números 11:16–17).


En el nivel más elemental, este pasaje ilustra la diferencia entre un don físico y un don espiritual. Cuando alguien entrega bienes materiales — dinero, energía, recursos —, inevitablemente termina con menos de lo que tenía. 


La generosidad física implica una disminución tangible.


En cambio, en el ámbito espiritual no ocurre lo mismo. Si enseñas a otra persona, tu propio conocimiento no se reduce; de hecho, suele ampliarse. Sin embargo, si profundizamos un poco más, descubrimos que incluso la generosidad espiritual puede tener un costo. 


Cuando el maestro posee mayor capacidad intelectual que el alumno, el tiempo y el esfuerzo dedicados a enseñarle pueden limitar su propio crecimiento. Para transmitir sus ideas, el maestro debe “cocinarlas”, simplificarlas y adaptarlas a la mente del discípulo, lo que puede restar profundidad y abstracción a su propio pensamiento.


Del mismo modo, relacionarse con personas de menor nivel moral o espiritual puede afectar, aunque sea sutilmente, el estado espiritual de quien da. Los receptores se elevan gracias a esa “caridad espiritual”, pero quien la ofrece puede experimentar cierta disminución en virtud del contacto establecido.


Un ejemplo claro aparece en la transición del liderazgo de Moisés a Josué. 


A diferencia del nombramiento de los setenta ancianos — donde Dios ordena a Moisés “emanar” parte de su espíritu hacia ellos —, en el caso de Josué se le instruye: “Toma a Josué, hijo de Nun, y pon tu mano sobre él… y da de tu gloria sobre él” (Números 27:18–20). No solo debía imponerle las manos, sino también transferirle parte de su propia gloria.


El Midrash lo explica así: “Pon tu mano sobre él, como quien enciende una vela con otra; da de tu gloria, como quien vierte de un recipiente a otro” (Midrash Rabá). 


Es decir, existen dos tipos de dones espirituales: uno que no disminuye al dador — como lo es encender una vela con otra — y otro que sí implica una transferencia real — como el que resulta de verter líquido de una vasija a otra —. En el caso de los ancianos, Moisés no perdió nada; en el caso de Josué, hubo tanto emanación como entrega.


Hay momentos en los que debemos aceptar cierto sacrificio personal para elevar al “otro.” Pero también existen ocasiones en las que alcanzamos un nivel de generosidad que trasciende cualquier noción de pérdida o ganancia: momentos en los que nos entregamos al prójimo desde un lugar tan profundo y auténtico que, sin importar cuánto demos, no sentimos disminución alguna. 


Es una experiencia que sólo se comprende viviéndola.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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