Algo para Pensar — Parashá Nasó (viernes, 29 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shabbat Shalom Lekulam!

Así declara el Eterno: “Que el sabio no presuma de su sabiduría, ni el valiente de su fuerza, ni el rico de sus bienes. Si alguien quiere gloriarse, que lo haga en esto: en comprenderme y conocerme, en saber que Yo soy el Eterno, que actúo con misericordia, con justicia y con rectitud en la tierra; porque eso es lo que Yo deseo” (Jeremías

9:23-24)).

La auténtica sabiduría, enseña la tradición, consiste en imitar a Dios. Y la esencia de la presencia divina en el mundo es la búsqueda constante del amor, la justicia y la rectitud. 


Por eso, cualquier persona que orienta su mente, su corazón y su voluntad hacia estas cualidades — y las convierte en acción — puede ser llamada verdaderamente sabia.


Desde esta perspectiva, el judaísmo valora la jojmá del científico que mejora la vida humana como un acto de jesed; aprecia la inteligencia del filántropo, la sensatez del jurista, la visión del empresario y de cualquier ciudadano cuyo propósito sea expandir la misericordia, la justicia y la integridad. 


Sin embargo, por encima de todos ellos se encuentra el jajam, el estudioso de la Torá, aquel que se expone directamente a la voluntad divina y la convierte en guía de su existencia.


¿Hemos logrado los judíos vivir plenamente este ideal? La respuesta, como en tantas áreas de la historia, es compleja. Pero en términos generales, la balanza se inclina hacia lo positivo.


Durante siglos, especialmente en la Europa previa a la Emancipación y en los shtetl de Europa Oriental — y en parte también en Europa Central — la sociedad judía se acercó mucho a este modelo. 


El mayor anhelo de los padres no era que sus hijos se convirtieran en médicos, abogados, ingenieros o comerciantes adinerados, sino en talmidei jajamim, estudiantes dedicados de la Torá. A los niños se les arrullaba con la canción: “Toyreh is the best sehoyreh” —“La Torá es la mejor recompensa.”


En la actualidad, Israel continúa valorando profundamente el conocimiento, incluso en medio de desafíos militares, sociales y tecnológicos.

De hecho, la tradición de liderazgo intelectual sigue presente: desde los primeros presidentes — como Jaim Weizmann, químico de renombre mundial, o Ephraim Katzir, destacado biofísico — hasta figuras posteriores han combinado la vida pública con la erudición judía. 


Hoy, Israel es también uno de los países con mayor inversión en investigación científica y desarrollo tecnológico per cápita, y su población mantiene uno de los índices más altos de educación superior en el mundo. A manera de conclusión echemos un vistazo a las estadísticas.


Los informes del Israel Democracy Institute muestran que en enero de 2024 hubo un aumento del 8.5% en el número de estudiantes de yeshivá respecto a 2023, y que en la última década el número total de estudiantes de yeshivá y kollel ha crecido 83%. 


Aunque el informe no da una cifra exacta en este fragmento, los datos oficiales del IDI indican que el número total de estudiantes de yeshivá y kollel se encuentra en el rango de cientos de miles, con un crecimiento sostenido año tras año.


Por otro lado, los datos de educación superior en Israel, en el año académico 2023/2024 hay aproximadamente 211,600 estudiantes de primer grado (licenciatura) en instituciones de educación superior, sin contar maestrías y doctorados. Esto incluye universidades, colleges académicos y la Open University.


A lo largo de la historia judía — desde los shtetl hasta el Estado moderno de Israel— esta visión ha inspirado una cultura que honra tanto la sabiduría espiritual del talmid jajam como la sabiduría práctica del científico, el jurista o el filántropo que mejora el mundo.

Hoy, el notable crecimiento de estudiantes de yeshivá y el altísimo nivel educativo de Israel muestran que ese ideal sigue vivo y en expansión.

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Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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