La maldición de la inquietud

En Parashiot Matot-Masei por el rabino Nathan Lopes Cardozo

“Y Dios habló a Moisés: «Cuando crucen el Jordán y entren en la tierra de Canaán, designarán para ustedes seis ciudades de refugio. Allí, un asesino involuntario podrá huir para no morir… para que quien mate a alguien sin intención tenga un lugar donde refugiarse” (Números 35:9-15).

Una ciudad llena de asesinos involuntarios. ¿Se imaginan lo que se decían unos a otros cuando querían entablar una conversación? “¿Qué te trae por aquí? ¿Cómo pudiste matar a alguien?”

“¿Y tú?”

Y se entablaba una larga conversación, con más y más asesinos involuntarios sumándose. Todos ellos debían vivir con un trauma intenso, reviviendo el terrible accidente en sus sueños, sudando día y noche, incapaces de funcionar con normalidad.

Basta con pensar en el primer asesinato, cuando Caín mató a Hevel:

Y Él (Dios) le dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” Por lo tanto, serás más maldito que la tierra que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tus manos. Si labras la tierra, ya no te dará su fruto.

Te convertirás en un “na ve-nad” un errante sin cesar sobre la tierra.

Entonces Caín le dijo al Señor: “Mi castigo es demasiado grande para soportarlo, pues hoy me has desterrado de la tierra y debo evitar tu presencia y convertirme en un errante sin descanso sobre la tierra; cualquiera que me encuentre puede matarme.” (Génesis 4:10-14)

Caín no tenía idea de que fuera físicamente posible matar a otra persona, ya que él fue el primero en hacerlo. Tampoco tenía intención de matar.

Pero en el momento en que una persona mata a su prójimo — con o sin intención — todo su mundo se convierte en una Ciudad de Refugio. Se convierte en un errante sin cesar. El mundo se convierte en una prisión.

Y a medida que el asesinato se hizo más y más frecuente, nos volvimos indiferentes a la santidad de la vida humana. La humanidad ya no tiene un hogar. Siempre estamos en constante movimiento, incluso cuando tenemos un lugar donde vivir.

Esto genera una profunda soledad. La gente busca nuevas experiencias, carreras, nuevas relaciones… Pero una vez que se alcanza una meta inmediata, rápidamente nos impacientamos y pasamos a la siguiente.

No hay paz interior, ni tranquilidad del alma.

Así, nos vemos atrapados en un mundo de incertidumbre y agitación.

Toda la inquietud que experimentamos en nuestras vidas, nuestra necesidad de viajar (incluidos los viajes espaciales), la búsqueda constante de nosotros mismos sin encontrar lo que anhelamos, es el resultado de dar por sentada la vida humana. En muchos casos, esto también justifica el consumo de drogas para calmarnos, la consulta con psiquiatras y la terapia.

Incluso nuestra obsesión con la tecnología, nuestra necesidad de controlar y adquirir, y nuestro deseo de poder, todo ello está influenciado por el hecho de habernos convertido en errantes incansables, no solo literalmente, sino también psicológicamente.

Al no ofrecer a nuestros semejantes un lugar donde habitar, lo perdemos nosotros mismos.

Pero, sobre todo, lo que nos convierte en un manojo de nervios es nuestro deseo de evitar —quizás por miedo— la presencia de Dios y de escapar de las consecuencias de una vida plena. Tal es el estado mental del hombre moderno: creyendo que está bien, permanece ciego incluso a su propia pobreza y a su inquietud.

Pero nada de esto es inevitable. Al volcarnos hacia nuestro interior para encontrarnos con Dios, afrontar nuestros miedos y luego mirar hacia afuera para apreciar nuestra propia vida y la de los demás, podemos encontrar nuevamente la paz. Dejamos de ser «asesinos involuntarios» del sentido de la vida. El mundo deja de ser una simple Ciudad de Refugio y se convierte de nuevo en un hogar.

Traducción: drigs, CEJSPR

Deja un comentario

Trending