Algo para Pensar — Parashá Matot Masei (jueves, 9 julio  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

«Entonces Moisés habló al pueblo: ‘Armaos algunos de vosotros para la guerra, y marchad contra Madián para ejecutar la venganza de El Eterno sobre Madián. Mil hombres de cada tribu, de todas las tribus de Israel, enviaréis a la batalla’” (Números 31:3–4).


La tribu de Leví, a diferencia del resto de Israel, no recibió tierras ni herencia material. Su misión era otra: constituir el frente espiritual del pueblo, dedicarse al servicio divino y a la enseñanza de la Torá. 


Por ello, estaban apartados de las ocupaciones mundanas: no participaban en campañas militares, no trabajaban la tierra y no dependían de su fuerza física para sostenerse. Su porción era Dios mismo, tal como está escrito: “Yo soy tu porción y tu heredad”.


Sin embargo, existe una excepción notable: Esta no fue una guerra territorial ni una defensa estratégica, sino una confrontación moral y espiritual: un acto para “vengar la venganza de Dios contra Madián” por la corrupción que habían provocado en Israel.


El sabio por excelencia declara que Dios “puso también el mundo en sus corazones”. Cada ser humano es, en sí mismo, un pequeño universo compuesto de múltiples rasgos, impulsos y tendencias: un conjunto de “naciones internas” que compiten por el dominio del cuerpo y del alma. 


El amor se enfrenta al orgullo, la ira a la empatía, la voluntad a la pereza, la mente al corazón. En ese escenario interior, la lucha contra “Madián” es única: no se parece a ninguna otra batalla espiritual.


El nombre Midian significa “discordia, lucha.” Por eso, la guerra contra Madián no apunta a un área específica del ser humano, sino al fenómeno mismo de la división y la ruptura. 


En su esencia más profunda, la persona está llamada a ser un ser unificado, una comunidad interior armoniosa orientada hacia un propósito común. 


Es el “Madián” interno — la fuerza que fragmenta, separa y desarticulav— lo que genera conflicto, tanto dentro de nosotros como, inevitablemente, en nuestras relaciones con los demás.


Madián simboliza la dispersión del alma, la desconexión entre sus distintas “facciones” y su raíz unificadora. La contienda interior que surge cuando cada aspecto del ser pierde de vista el propósito que le dio origen y comienza a actuar con un ego y una agenda propios.


Lo mismo ocurre en el plano interpersonal. Nuestros sabios describen el “odio sin causa” como el mal más destructivo. La tradición jasídica enseña que, en realidad, todo odio es “sin causa”, pues las supuestas razones que justifican la enemistad entre individuos o naciones no son más que máscaras que ocultan el ego divisivo de Madián: ese ego que niega la unidad esencial de la humanidad y percibe al otro como una amenaza a la propia existencia.


Por lo general, la tribu de Leví se mantiene apartada de las luchas terrenales. De manera similar, cada persona posee un “levita interior”: un espacio sagrado, un núcleo espiritual que buscamos preservar intacto, lejos de las turbulencias del yo externo. Aunque la vida implica desafíos, procuramos resguardar ese santuario íntimo que no debe contaminarse con los conflictos cotidianos.


Pero en la guerra contra Madián no hay neutralidad posible. Cada tribu, cada dimensión del alma, debe participar. Solo cuando el “levita interior” — la parte más pura y esencial del ser — se involucra, es posible enfrentar y desmantelar la discordia.


En un plano más amplio, la lucha contra Madián refleja la tensión fundamental de la existencia misma, una tensión inscrita por el Creador en la estructura del universo. 


A menudo pensamos esta lucha como la clásica batalla entre el bien y el mal, pero en su raíz más profunda, el “bien” y “mal” son expresiones de unidad y división. Dios es la unidad absoluta; todo lo que proviene de Él lleva el sello de esa unidad.

El mal surge cuando esa unidad se oscurece bajo el velo de la separación.La creación, según la Cábala, es un proceso que va de lo absolutamente uno a lo múltiple. Todo comienza con el deseo divino de crear, un deseo único, pero que contiene en potencia infinitas posibilidades. 


De ese impulso singular emerge un mundo plural, complejo y diverso, que refleja la riqueza ilimitada del Creador. Esta pluralidad no es negativa en sí misma; sin embargo, en ella se encuentran las semillas del conflicto. 


Mientras la multiplicidad permanezca conectada a su origen unitario, no habrá división real. Pero cuando cada elemento de la creación se percibe como un “yo” separado del todo, surge el ego “midianita”, la raíz de la intolerancia y la contienda.La guerra contra Madián no es un episodio del pasado: es una tarea diaria.

Cada uno de nosotros está llamado a identificar dónde la discordia — interna o externa— ha echado raíces, y a combatirla no con violencia, sino con claridad, humildad y unidad. 


El desafío es permitir que nuestro “levita interior” tome el mando, recordándonos que fuimos creados para la armonía, no para la fragmentación.


Que cada pensamiento, cada palabra y cada acto se conviertan en un paso hacia la reunificación de nuestro mundo interior y del mundo que compartimos. Porque cuando vencemos al «Madián» dentro de nosotros, contribuimos a la paz de toda la creación.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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