Algo para Pensar — Parashá Nasó (lunes, 25 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shavua Tov Lekulam!


«Y había un hombre de Zora, de la tribu de Dan, el cual se llamaba Manoa; y su mujer era estéril, y nunca había tenido hijos» (Jueces 13:2)

La haftará asociada a Parashat Nasó se encuentra en Jueces 13: 2–25, donde se narra el origen de Sansón. Él es la única figura bíblica descrita explícitamente como un gibor, héroe u hombre de fuerza extraordinaria, célebre por su poder físico.


Esto no llamaría la atención si Sansón fuera simplemente un prodigio de fuerza bruta: alguien capaz de despedazar un león con las manos, sembrar terror entre sus enemigos, abatirlos con la quijada de un asno o derribar un edificio entero al quebrar sus columnas.


Pero Sansón es más que eso. También forma parte de los shoftim, los jueces de Israel. Conoció la hashra’at haShejiná, la inspiración divina, y desde antes de nacer fue consagrado como nazareo, alguien que se abstiene del vino y de cortarse el cabello por motivos de santidad.


¿No sugiere esto que su figura encierra algo más profundo? ¿No apunta a una comprensión distinta de lo que significa gibor y de lo que es realmente la , la fuerza o el heroísmo?

La pregunta central es: ¿cómo define la tradición judía este tipo de poder? En el caso de Sansón, es evidente que no se trata solo de vigor físico. Entonces, ¿de qué se trata?


Para explorar esta cuestión, recurrimos a la riqueza conceptual de la Cábala. Según la mística judía, la creación no fue un acto único, sino un proceso en dos etapas. 


Primero ocurrió la hitpashtut, la expansión o emanación divina: un torrente de energía creativa liberado cuando Dios decidió crear. Pero esta expansión, por sí sola, no basta. Un Dios infinito, al crear, tiende a producir una realidad también infinita, sin límites, incapaz de constituir un mundo concreto y habitable.


Por eso es necesario un segundo movimiento: el tzimtzum, la contracción o autolimitación divina. Dios detiene su impulso creativo, restringe su propia expansión, por así decirlo, para que pueda existir un mundo finito.


Los cabalistas asociaron la primera fase — la efusión ilimitada — con el atributo de jesed, la bondad amorosa, que por naturaleza busca crecer, multiplicarse y desbordarse. Aunque se denomine jesed, esta idea de expansión puede aplicarse a cualquier impulso, deseo o pasión.


La segunda fase — la contención — corresponde a la cualidad de gevurá, la fuerza. En este sentido, gevurá es la capacidad de imponerse límites, de ejercer autocontrol. Se requiere una fuerza moral considerable para saber cuándo detenerse.


Así, la verdadera definición de poder o heroísmo es autodominio, la capacidad de contraerse.


Igual que en Dios, en el ser humano la gevurá no consiste en acumular más poder, sino en saber restringirse.


La fuerza, entonces, no es el deseo de dominar, sino la sabiduría de discernir cuándo actuar y cuándo no; no es la ambición de crecer sin medida, sino la comprensión de que lo grande puede volverse excesivo; no es imponerse sobre otros, sino gobernarse a uno mismo. La gevurá es la habilidad de poner freno a los impulsos expansivos del ser humano.


Esto se aplica a todos los ámbitos de la vida. El crecimiento es positivo, pero no cuando es desmedido. Las células que se multiplican sin control producen cáncer. Una economía que crece demasiado rápido y sin regulación interna puede colapsar. Un niño cuyo crecimiento es desordenado está enfermo. Un maestro que intenta transmitir todo su conocimiento sin adaptarlo al nivel de sus alumnos fracasa en su tarea.


Cuando finalmente comprendemos que la verdadera fuerza nace cuando elegimos contenernos; que yace en ese límite consciente, accedemos al espacio donde puede surgir la armonía entre lo humano, lo sagrado y lo libre.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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