Algo para Pensar— Parasha Vayikra(viernes, 4 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos 


¡Shabbat shalom Lekulam!


“…y lavará con agua los intestinos y las patas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para El Eterno.” (Levítico 1:9)


Iniciemos donde nos quedamos ayer…
Cuando Najmánides divide los elementos del sacrificio en pensamiento, palabra y acción, no solo nos está dando una estructura por categorías del evento, sino que también alude a la poderosa conexión — e incluso identidad — entre el pecador y el sacrificio que está realizando.


La “mano” que se apoya en el animal a punto de ser sacrificado, la “boca” que confiesa, el fuego que quema aquellos órganos que corresponden a nuestros pensamientos, obligan al penitente a tomar consciencia que el sacrificio no es por el bien de nadie más que de él mismo. 


Somos NOSOTROS los que debemos ser movidos por los sacrificios, y NODIOS. Dios será conmovido solamente por nuestro movimiento, por la comprensión de nuestras malas acciones y la manifestación de nuestro arrepentimiento. 


Y para quienes creen erróneamente en la idea del «dulce sabor» — que postula que Dios necesita el aroma de nuestros sacrificios — Najmánides nos recuerda lo que declara el Talmud: «¡Si alguien pensara que Dios necesita comida, Él es dueño del mundo y de toda su plenitud!» (Menahot 110a).


Es evidente entonces, que los sacrificios son por nuestro bien, y por el bien del cambio que debe producirse. Se trata de comprender que el objetivo más importante y más difícil que una persona puede tener es:

 
la auto-conciencia y la auto-comprensión que conducen a un cambio existencial de la personalidad, dando como resultado un individuo diferente y mejorado.


Dado que el verdadero arrepentimiento es tan difícil de lograr, requiere de un evento traumático, y es éste:  


…que a la persona se le concedió la vida a cambio del compromiso de cumplir el mandato de la Torá y que, si no ha cumplido con su responsabilidad, es él quien merece ser sacrificado en el altar; quien aspira a ser perdonado no puede permanecer complaciente y apático cuando ve el fuego lamer la carne del animal, cuando ve la sangre del animal rociada sobre el altar, cuando él mismo hace su confesión sobre un animal que está a punto de morir. 


El horror, la conmoción y el espanto que se siente cuando el animal arde en llamas deberían proporcionarle la fuerza, la convicción y la resolución para cambiar sus costumbres. Así como pecó con pensamiento, palabra y acción, ahora debe darse cuenta que «pensar» en el cambio y «hablar» del cambio no es suficiente. Debe actuar. Él debe cambiar. Debe transformarse. Debe emerger del sacrificio como un nuevo individuo, agradecido por una nueva oportunidad de vida.


Pero, ¡toda esta argumentación sigue «sonando» como lo hace una interpretación cristiana! ¡No hay diferencia!


¡No vayas tan de prisa! Porque, ¡sí la hay! Y es que para el cristiano el sacrificio vicario de Jesús cumple la función de satisfacer a Dios Padre,** mientras que para el judío el sacrificio del animal era para ayudarse a si mismo.

¡El Eterno NO NECESITA sacrificios!  


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


Notas

**La interpretación de la muerte de Jesús como un acto para satisfacer los deseos de Dios Padre descansa sobre varias corrientes teológicas dentro del cristianismo. Una de las más influyentes es la teoría de la satisfacción de  Anselmo de Canterbury (siglo XI), la cual sostiene que el pecado de la humanidad ofende el honor de Dios, y que solamente un sacrificio perfecto — el de Cristo — podía restaurar ese honor y reconciliar a la humanidad con Dios.  La incomodidad experimentada entre los teólogos cristianos los ha llevado a criticar la argumentación de Anselmo por esta presentar a Dios Padre como un ser que exige la muerte de su Hijo para quedar satisfecho, lo que algunos teólogos consideran incompatible con la imagen de un Dios amoroso y misericordioso. Ante este predicamento y con las opciones que brinda el dualismo, éstos han respondido presentando otras interpretaciones, entre estas, la teoría del amor sacrificial, donde enfatizan que la muerte de Jesús no es una exigencia de Dios sino una expresión suprema del amor divino para salvar a la humanidad. 

El asunto es, que no importa si Jesús muere para satisfacer los deseos del Padre o si muere como una expresión del amor divino. Ambas interpretaciones pasan por alto que los sacrificios NO estaban enfocados en Dios, si no en el pecador que se acercaba buscando perdón.   

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