¿Estamos realmente viviendo vidas mejores, o simplemente mejor monitoreadas?
Por Pini Dunner
“No todo lo que se puede contar cuenta, y no todo lo que cuenta se puede contar.”
Esta frase se atribuye a menudo a Albert Einstein, pero, en realidad, no fue él quien la pronunció. La frase fue incluida por el sociólogo William Bruce Cameron como un comentario incidental en su libro de 1963, Informal Sociology: A Casual Introduction to Sociological Thinking (Sociología informal: una introducción casual al pensamiento sociológico), en el que intentaba dar sentido al comportamiento humano.
El planteamiento de Cameron era sencillo: las cosas más importantes de la vida — el sentido, las relaciones, el propósito — no se prestan fácilmente a la medición.
Sin embargo, a pesar de saberlo, hemos construido toda una cultura en torno a fingir que ocurre lo contrario. Lo contamos todo: pasos, calorías, horas de sueño, tiempo de pantalla, frecuencia cardíaca… e incluso los «minutos de “mindfulness.”
Nuestros teléfonos inteligentes nos recuerdan — sutilmente, o tal vez no tanto — cómo nos va, en qué aspectos nos quedamos cortos y cuán cerca estamos de alcanzar cualquier objetivo arbitrario que nos hayamos fijado. Diez mil pasos. Siete horas de sueño. Menos de dos horas de tiempo de pantalla. Todo está ahí: pulcramente empaquetado, codificado por colores y esperando en silencio a ser juzgado.
Y no se trata solo de la salud; la productividad también se ha convertido en un juego de números. ¿Cuántos correos electrónicos has gestionado? ¿Cuántas tareas has marcado como completadas? ¿Cuánto duró tu sesión de “trabajo profundo”? Existe una sutil satisfacción al ver cómo aumentan las cifras, al saber que hoy parece tan “exitoso” sobre el papel como ayer —o tal vez incluso un poco más—.
El problema es que, en algún momento del camino, dejamos de vivir nuestras vidas para empezar a monitorizarlas. Un paseo ya no es simplemente un paseo; son 6.742 pasos, con otros 3.258 aún por recorrer. Una buena noche de sueño ya no depende de cuán lleno de energía te sientas, sino de si tu aplicación te otorga una puntuación respetable a la mañana siguiente.
Incluso la relajación ha sido cuantificada, reducida a algo que puede ser rastreado, optimizado y mejorado. Nos hemos convencido a nosotros mismos de que, si podemos medir algo, podemos dominarlo. Y si los números son favorables, entonces debemos de estar haciendo las cosas bien.
Pero todo esto conlleva un costo silencioso. Porque, cuando todo se reduce a un número, el sentido tiende a escurrirse entre las grietas. Puedes alcanzar todos los objetivos, y aun así, sentir que falta algo. Puedes completar la lista de verificación y seguir preguntándote qué es, exactamente, lo que has logrado. Los datos dicen que estás prosperando. Pero, ¿es eso cierto?
Lo cual plantea una pregunta incómoda: ¿estamos realmente viviendo vidas mejores, o simplemente vidas mejor monitoreadas?
Hace algunos años, me vi confrontado con esa pregunta en un entorno mucho más intenso. Cuando mi difunto padre se encontraba en la UCI, y yo permanecía sentado junto a su cama día y noche, me vi arrastrado hacia ese mismo mundo de números; solo que, en esta ocasión, todo parecía revestido de urgencia, casi de carácter existencial. Cada monitor se convirtió en una fuente de significado.
La saturación de oxígeno, la frecuencia cardíaca, la presión arterial… los observaba con obsesión, como si descifrar sus fluctuaciones me otorgara, de algún modo, cierto control sobre lo que estaba sucediendo. Cuando una cifra descendía, sentía que el estómago se me encogía con ella. Luego, cuando volvía a subir, experimentaba un destello de alivio. Era lo único a lo que podía aferrarme.
Hasta que uno de los médicos de la UCI, con esa serenidad que solo otorga la experiencia, interrumpió con delicadeza mi silencioso pánico. ”Los números cuentan una historia — me dijo —, pero no cuentan la historia completa.” Y entonces señaló, no hacia la pantalla, sino hacia mi padre. “Tienes que mirar al paciente. Tienes que comprender la situación en su conjunto. El tratamiento clínico es mucho más que simples números.”
Fue una corrección sutil, pero profundamente significativa. En aquel instante, comprendí con qué facilidad los números pueden seducirnos y hacernos creer que entendemos algo en su totalidad, cuando, en realidad, solo estamos observando una estrecha parte de la realidad. Los datos son importantes — por supuesto que lo son —; pero sin contexto, sin humanidad, sin una visión de conjunto, pueden inducir a error con la misma facilidad con la que informan.
A primera vista, la mitzvá de Sefirat HaOmer — el recuento diario de los días que transcurren entre Pésaj y Shavuot — parece encajar a la perfección con el tipo de prácticas que nuestra cultura, obsesionada con las métricas, acogería con entusiasmo. Se trata de una cuenta regresiva: 49 días, perfectamente delimitados, en la que cada jornada nos acerca un poco más a la “meta” de Shavuot. Resulta una práctica que parece hecha a medida para un mundo que adora las barras de progreso y los contadores de rachas.
Sin embargo, cuando uno se detiene a reflexionar sobre el contexto en el que aparece — en la Parashat Emor, enmarcada precisamente entre las festividades —, de repente deja de tener sentido. Porque las festividades no son cuentas regresivas. Su valor no reside en el hecho de conducirnos hacia otro lugar.
Pésaj no tiene sentido simplemente porque te conduzca a Shavuot, y Sucot no es un mero peldaño hacia algo que trascienda su propia esencia. Cada festividad se sostiene por sí misma, constituyendo un momento de santidad autónomo y completo. Lo cual significa que la Sefirat HaOmer no puede ser, sencillamente, una cuenta regresiva. Debe ser algo totalmente distinto.
Lo que emerge, en su lugar, es algo mucho más radical. La Sefirat HaOmer no trata de llegar a un destino, sino de lo que acontece durante el trayecto. Cada día se cuenta no porque te acerque al número 49, sino porque el día en sí mismo posee un valor intrínseco. El conteo no es acumulativo; cada día se sostiene por sí solo. No estás construyendo un total final, sino otorgando peso, dignidad y propósito a cada día individual.
Y es precisamente ahí donde se hace evidente el contraste con la vida moderna. Hoy día, contamos los pasos para que estos se sumen. Si te saltas un día, la secuencia se rompe. Si no alcanzas la meta, la cifra pierde su sentido. Todo gira en torno al agregado, al total, al marcador final.
Pero imagina por un instante que cada paso tuviera valor por sí mismo; no como parte de un cómputo continuo, sino como un acto significativo en su propia esencia. Imagina que el objetivo no fueran 10.000 pasos, sino 10.000 momentos de plena consciencia. Eso es la Sefirat HaOmer: no es una carrera desenfrenada hacia Shavuot, sino una disciplina de observación que nos enseña que cada día, por sí solo, merece ser contado.
La lección más profunda reside en que la Torá no rechaza el acto de contar, sino que lo redime. Toma algo que, en nuestro mundo, suele asociarse al control, al rendimiento y a la acumulación, y lo transforma en algo reflexivo, intencional y profundamente humano. Las cifras siguen importando, pero solo cuando apuntan más allá de sí mismas.
Tal como me recordó aquel médico de la UCI: los datos narran una historia, pero no cuentan la historia completa. Es imprescindible mirar a la persona. Es necesario contemplar el panorama general. La Sefirat HaOmer nos invita a hacer exactamente eso con nuestras propias vidas: dejar de obsesionarnos con los totales y comenzar a prestar atención a los momentos. Porque, a fin de cuentas, la verdadera pregunta no es cuánto has contado. La cuestión es si lo que has contado realmente cuenta.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR


Deja un comentario