Algo para Pensar — Parasha Emor (viernes, 1 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Y no profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado en medio de los hijos de Israel. Yo El Eterno que os santifico” (Levítico 22:32).

La historia de Israel ha estado marcada por momentos en los que la fidelidad a El Eterno exigió no solo convicción interna, sino también valentía pública. Durante el período del Segundo Templo, esta tensión alcanzó una intensidad única. 

El retorno a la tierra y la reconstrucción del Templo parecían anunciar una era de restauración espiritual; sin embargo, pronto emergieron nuevas fuerzas que intentaron quebrar la continuidad judía: primero los seléucidas bajo Antíoco IV, luego el poderío romano. Ambos buscaron, de distintas maneras, arrancar de Israel su Torá, su práctica y sobre todo su identidad.

Fue en este contexto que el concepto de hillul Hashem adquirió una dimensión adicional. Por primera vez, el martirio — la entrega de la vida por fidelidad a Dios — se convirtió en una realidad concreta para el pueblo judío. 

La pregunta ya no era sólo cómo vivir de acuerdo con la Torá, sino cómo morir sin convertirnos en unos traidores.

Los sabios, al interpretar el versículo “Guardarán Mis decretos y leyes, las cuales el hombre guardará y vivirá por ellas” (Levítico 18:5), enseñaron: “y no morirán por ellas” (Yoma 85b). La vida humana, creada betzelem Elohim, posee un valor supremo. 

Por ello, la halajá establece que la mayoría de los mandamientos se suspenden para preservar la vida. Sin embargo, los Jajamim identificaron tres áreas — asesinato, relaciones sexuales prohibidas e idolatría — en las que la integridad espiritual del individuo y del pueblo exige aceptar la muerte antes que transgredir.

A esto añadieron una enseñanza decisiva: en “tiempos de persecución”, cuando el enemigo busca no solo obligar a una acción puntual sino quebrar la identidad judía, incluso el gesto más mínimo — como “cambiarse los cordones de los zapatos”— puede convertirse en una línea que no debe cruzarse (Sanedrín 74a-b). 

No se trata del objeto en sí, sino del mensaje: cualquier acto que pueda interpretarse como sumisión al opresor o abandono de la fe constituye una amenaza al espíritu colectivo. En ese marco, el término kidush Hashem comenzó a asociarse con la disposición al sacrificio.

Pero la tradición no se detuvo allí. Rambam, con su claridad característica, añadió una quinta dimensión que trasciende los momentos de persecución y se adentra en la vida cotidiana:

“Hay otras acciones que también se incluyen en la profanación del nombre de Dios. Cuando una persona de gran prestigio en la Torá, reconocida por su piedad, realiza acciones que, aunque no son transgresiones, hacen que la gente hable mal de él, esto también es una profanación del nombre de Dios… Todo esto depende de la estatura del sabio.”(Mishneh Torá, Hiljot Yesodei HaTorá 5:11)

Aquí, hillul Hashem deja de ser un acto extremo y se convierte en una responsabilidad diaria. Quien porta la Torá — sea rabino, maestro, líder comunitario o simplemente un judío visible en su entorno — representa, quiera o no, el Nombre de Dios ante los ojos del mundo. 

La conducta ética, la humildad, la honestidad y la sensibilidad hacia los demás no son virtudes opcionales: son expresiones directas de la santidad divina.

Cuando la religiosidad se asocia con rectitud, el Nombre de HaShem es elevado. Cuando se vincula con arrogancia, abuso o falta de ética, el daño no es sólo personal: es un hillul Hashem, una profanación que oscurece la presencia divina en el mundo.

Estas cinco dimensiones — la idolatría, la inmoralidad sexual, el asesinato, la resistencia en tiempos de persecución y la conducta ejemplar de quienes representan la Torá — convergen en una misma verdad: Dios ha confiado Su Nombre a Israel

Aunque es el Dios de toda la humanidad, eligió a nuestro pueblo para ser “edim”, testigos, portadores de Su mensaje y Su ética. Cuando fallamos, no solo fallamos como individuos; empañamos la imagen de Dios ante las naciones.

Desde la antigüedad, nuestra misión ha sido demostrar que la religión y la moral no pueden separarse. En un mundo donde la violencia religiosa hiere en algunos lugares y el secularismo radical vacío de sentido en otros, esta tarea se vuelve aún más urgente. Ser judío significa afirmar que amar a Dios implica amar a Su imagen: la humanidad.

En el siglo XXI, con sus desafíos éticos, tecnológicos y/o sociales, no existe una responsabilidad mayor ni más apremiante que esta: vivir de manera que el Nombre de HaShem sea honrado, de forma visible y luminosa a través de la única forma que existe: nuestras acciones.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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