
Algo para Pensar — Parasha Emor (martes, 28 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“El Eterno dijo a Moisés: Habla a los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles que no se contaminen por un muerto en sus pueblos” (Levítico 21:1).
Este mandato adquiere profundidad cuando lo situamos en el primer momento en que la humanidad perdió su temimut, su inocencia y su unidad con Dios: la caída de Adán y Eva.
En el Jardín del Edén vivían en armonía total con lo Divino, pero renunciaron a esa plenitud por un simple fruto, creyendo que así alcanzarían un conocimiento superior.
A partir de ese acto, la muerte entró en el mundo. La muerte es lo opuesto a la temimut; cuando el ser humano se separó de Dios, la tumá — la impureza espiritual— encontró un espacio donde asentarse.
El Zóhar incluso observa que tam (תם) es la inversión de meit (מת), “muerto”. Cuando la persona deja de ser un tam, cuando corrompe su pureza original, el desenlace — la muerte — se vuelve inevitable.
La misión del kohen consiste precisamente en restaurar la conexión entre el ser humano y Dios a través de las korbanot. Su tarea es generar sheleimut, plenitud y unidad, un retorno simbólico al estado anterior al pecado de Adán y Eva. Por eso el kohen debe mantenerse alejado de la muerte.
Un cadáver simboliza la ruptura entre lo Divino y lo físico, pues la única diferencia entre un cuerpo vivo y uno muerto es el aliento divino, el alma. Aquí se revela la distancia entre la espiritualidad judía y las prácticas mágicas o paganas: el kohen se aparta de la muerte para preservar la temimut, mientras que los ritos de ov y yidoni recurren a la muerte para obtener conocimiento o seguridad.
La figura que mejor encarna el ideal de tam es Jacob, descrito por la Torá como “un hombre íntegro, que habitaba en las tiendas” (Génesis 25:27), en contraste con Esaú, el cazador errante.
Jacob es llamado shaleim, completo (Génesis 33:18); vivía en unidad con Dios y encontraba todo lo necesario en el estudio. Esaú, en cambio, buscaba desafíos y conquistas.
No sorprende, entonces, que los Sabios enseñaran que Jacob, el ish tam, no fue alcanzado por la muerte:
Rabí Yojanán dijo: “Nuestro patriarca Jacob no murió”.
Rabí Najmán objetó: “¿Acaso fue en vano que lo lloraron, lo embalsamaron y lo enterraron?”
Rabí Yojanán respondió citando el versículo: “No temas, siervo mío Jacob —dice el Señor—; no desmayes, Israel, porque yo te salvaré a ti y a tu descendencia de la tierra de su cautiverio” (Jeremías 30:10).
El texto equipara a Jacob con su descendencia: así como su pueblo vive, también él vive (Taanit 5b).
Jacob encarnaba tanto la temimut como la sheleimut.
La palabra shaleim, “completo”, está estrechamente vinculada con shalom, “paz”. Aarón, el modelo de todos los kohanim, tenía precisamente la misión de fomentar la paz entre las personas.
Hillel enseñó: “Sed discípulos de Aarón: amad la paz y perseguid la paz, amad a las criaturas y acercadlas a la Torá” (Avot 1:12).
Hillel subraya que la labor de Aarón no se limitaba a crear sheleimut entre el ser humano y Dios, sino también a establecer shalom entre las personas. Shalom y sheleimut están profundamente unidas; son expresiones complementarias de una misma realidad.
El Maharal explica que shalom es de origen divino, una emanación de Dios mismo. Por eso, uno de los Nombres de Dios es precisamente Shalom.
Mañana continuaremos…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


Deja un comentario