
Algo para Pensar — Parasha Emor (domingo, 26 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shavua Tov Lekulam!
Esta semana estudiamos Parashá Emor. Esta es la 31.ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.
Porción de la Torá: Levítico 21:1-24:23
Emor (“Di”) comienza con las leyes que regulan la conducta sacerdotal, el trabajo en el Mishkán (Tabernáculo) y el consumo de sacrificios y alimentos sacerdotales. Describe las festividades bíblicas de Pésaj, Shavuot, Rosh Hashaná, Yom Kipur y Sucot, y termina con la historia de un blasfemo y su castigo.
“El Eterno habló a Moisés en el Monte Sinaí, diciendo…” (Levítico 25:1)
Desde este primer versículo, la Torá fija un punto geográfico y espiritual que se vuelve irrepetible: el Monte Sinaí.
Allí “Dios habló a Moisés”, allí “Moisés recibió la Torá”; la tradición enseña que incluso las ideas que un estudiante brillante formulará siglos después ya estaban, en germen, entregadas en aquel instante.
«Sinaí» deja de ser un accidente geográfico y se transforma en un símbolo: el umbral donde la sabiduría divina irrumpe en el mundo de los humanos.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿por qué ese monte y no otro? ¿Qué lo convirtió en el escenario elegido para el acontecimiento más decisivo de la historia de Israel?
El Midrash relata que, cuando llegó el momento de entregar la Torá, las montañas compitieron entre sí. Una presumía su altura, otra su belleza, cada una presentando sus méritos. Pero Dios eligió al Sinaí, descrito como el más modesto de todos, para enseñar que la humildad es condición indispensable para recibir la Torá.
Aun así, la elección no deja de plantear un enigma. Si la enseñanza central es la humildad, ¿por qué no entregar la Torá en un valle, donde todo está al mismo nivel? ¿Por qué, incluso al escoger la montaña más baja, seguir utilizando una elevación?
La respuesta revela una tensión esencial que la Torá nos pide sostener. Por un lado, quien vive según sus enseñanzas debe poseer la fortaleza para desafiar las expectativas sociales, de mantenerse fiel incluso cuando el entorno es indiferente o abiertamente hostil. La verdad no puede depender del aplauso del mundo.
Pero, al mismo tiempo, la Torá rechaza la arrogancia. La autosuficiencia es incompatible con la presencia divina; los sabios enseñan que Dios no comparte espacio con los engreídos/as.
Entonces, ¿cómo podemos unir estas dos exigencias? ¿Cómo ser, a la vez, firme como una montaña y humilde como el polvo de la llanura? ¿Cómo encarnar la postura solitaria de Abraham sin caer en la soberbia?
El Monte Sinaí ofrece la clave. Su pequeñez enseña humildad; su condición de montaña enseña firmeza. Es bajo, pero sigue siendo monte. Es modesto, pero sostiene la revelación. Representa la paradoja que la Torá exige del ser humano: reconocerse pequeño, pero portando algo eterno; saberse limitado, pero defendiendo una verdad que no reconoce fronteras.
Ese es el secreto del Sinaí: la unión entre la modestia del recipiente y la grandeza del contenido. La Torá no requiere que el ser humano sea grande, sino que sea capaz de sostener lo que es grande.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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