
Algo para Pensar — Parasha Ajarei Mot-Kedoshim (jueves, 23 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
La Torá enseña: “No odies a tu hermano en tu corazón; corrígelo con sinceridad para no cargar con su falta. No te vengues ni guardes rencor contra los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo, El Eterno” (Levítico 19:17–18).
A vuelo de pájaro, el mandato parece exigir algo casi imposible: no permitir que el odio eche raíces en ti. Pero surge la pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando alguien realmente te hiere? ¿Cuando el daño es profundo y no imaginario? ¿No es natural sentir enojo, resentimiento o incluso desprecio?
La tradición judía responde desde su principio más fundamental: sólo existe un Dios. No hay dos fuerzas compitiendo por el control del mundo, ni un equilibrio entre un poder del bien y otro del mal. Incluso imaginar que algo — por pequeño que sea — posee una existencia independiente de Dios, sería atribuirle un poder propio, casi divino.
La Torá lo expresa sin ambigüedad: “No hay nada fuera de Él” (Deuteronomio 4:35). Todo lo que existe, cada fuerza y cada acontecimiento, depende a cada instante de la voluntad divina que sostiene el universo.
Desde esta perspectiva, cuando “Joe” te hace daño y tú lo odias por ello, le estás concediendo un poder que no tiene. Es como si dijeras que él, por sí mismo, tiene la capacidad para determinar tu sufrimiento. Pero la fe enseña que solo El Eterno decide qué experiencias llegan a tu vida, incluso cuando se manifiestan a través de las decisiones de otra persona.
Esto no significa que “Joe” queda libre de responsabilidad. Él eligió hacer el mal, y deberá responder por ello, porque el libre albedrío es real. Sin embargo, no pienses que, si él hubiera actuado de otro modo, tú habrías evitado lo que te tocaba vivir. El mensajero podía haber sido otro, pero la experiencia te habría alcanzado como quiera.
Por eso, la ira dirigida hacia quien solo fue el vehículo humano de un designio más profundo está mal enfocada. Como enseñan los sabios: “Quien se deja dominar por la ira es como si adorara a un dios extraño” (Zohar 1:27b).
La Torá invita a mirar más allá del instrumento y reconocer que solo El Eterno es la única fuerza que verdaderamente sostiene y dirige la realidad.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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