
Algo para Pensar — Parasha Ajarei Mot-Kedoshim (lunes, 20 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shavua Tov Lekulam!
“Y el Eterno dijo a Moisés: Dile a tu hermano Aarón que no puede entrar al santuario, detrás del velo, en cualquier momento, ante el propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque Yo me manifestaré en la nube que cubre el propiciatorio” (Levítico 16:2).
¿Cómo sería la existencia en un mundo donde lo divino se revela sin límites? La tradición nos ofrece dos ejemplos de encuentros directos con la presencia de Dios.
El primero es la revelación en el monte Sinaí. Allí, “Dios descendió sobre el monte” y el pueblo “vio al Dios de Israel”. Moisés lo describe como un diálogo “cara a cara”, una comunicación inmediata entre Dios y el ser humano.
El Talmud explica que cada palabra divina era tan poderosa que las almas de los israelitas se desprendían de sus cuerpos. Después de escuchar solo los dos primeros Mandamientos directamente de Dios, el pueblo suplicó a Moisés que actuara como intermediario, temiendo que seguir escuchando la voz divina los llevaría a la muerte.
Esta revelación fue un instante único que anticipaba la claridad espiritual de la era mesiánica.
Del mismo modo, hubo un segundo punto de contacto con lo divino, no en el tiempo sino en el espacio: el “Santo de los Santos”, la cámara más interna del Templo Sagrado, un lugar donde la presencia de Dios se manifestaba sin velos en un mundo que, por lo demás, permanecía espiritualmente opaco.
Después del Sinaí, Dios ordenó construir un Santuario para que Su presencia residiera entre el pueblo. Aunque la interacción divina volvió a ocultarse tras los velos de la naturaleza, una chispa de esa revelación permaneció en el Tabernáculo, el santuario portátil que acompañó a Israel durante los cuarenta años en el desierto.
Más tarde, al entrar en la Tierra de Israel, ese santuario se estableció en distintos lugares hasta que alcanzó su forma definitiva en el Templo construido por el rey Salomón en el Monte Moriah. Exceptuando los setenta años del exilio babilónico, el Templo fue el punto de manifestación divina en el mundo físico hasta el comienzo del largo galut que vivimos desde hace casi dos milenios.
Todo el Templo era un espacio de santidad, pero ninguna parte igualaba la intensidad espiritual del Santo de los Santos. Allí, la presencia divina no se expresaba a través de atributos o intermediarios, sino en su forma más pura y directa.
Solo una persona podía entrar en ese lugar: el kohen gadol, el sumo sacerdote. Y aun él tenía prohibido hacerlo en cualquier momento. Solo una vez al año, en Yom Kipur, tras una preparación rigurosa y siguiendo al pie de la letra los complejos rituales de la Torá, podía cruzar el velo. Si no cumplía cada detalle o si no era espiritualmente apto, no sobreviviría a un encuentro tan absoluto con la esencia divina.
Si tomamos el Sinaí y el Santo de los Santos como referencias de lo que significa una experiencia sin filtros de lo divino, entonces la llegada del Mashíaj implicaría una transformación radical de la existencia humana. Sería vivir en un estado semejante al de quienes presenciaron la revelación en el Sinaí; una vida que se asemejaría a un Yom Kipur continuo, como el que experimentaba el sumo sacerdote cuando ingresaba “más allá del velo”, al corazón mismo de la presencia divina.
Pero, ¿son estas las únicas dos formas de vivir esta experiencia? Mañana sabremos.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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