En la era de las redes sociales, lo que la Torá enseña sobre el chisme es más relevante que nunca.
por Pini Dunner
“Las grandes mentes discuten ideas; las mentes promedio discuten eventos; las mentes pequeñas discuten personas”.
Esta frase, citada con frecuencia, suele atribuirse a Eleanor Roosevelt, aunque, irónicamente, no hay pruebas de que la haya dicho realmente. Esto la convierte en una introducción idónea para un debate sobre el chisme, la verdad y nuestra tendencia a repetir historias irresistibles, sean ciertas o no.
La psicología moderna ha dedicado una sorprendente cantidad de atención al estudio del chisme, y sus conclusiones son mucho más complejas de lo que cabría esperar. Lejos de ser mera charla ociosa o rumores maliciosos, el chisme resulta cumplir una función social significativa. Ayuda a las personas a crear vínculos y genera redes informales que les permiten desenvolverse en las complejidades de la vida social.
En otras palabras, cuando las personas participan en lo que despectivamente llamamos chismes, a menudo están haciendo algo constructivo: fortaleciendo conexiones y sentando discretamente las bases de relaciones sociales duraderas.
Sin embargo, las investigaciones subrayan una advertencia crucial: si bien el chisme puede fortalecer los lazos sociales, su forma maliciosa erosiona la confianza y produce el efecto contrario. Cuando el chisme se torna amargo, distorsiona la realidad, fomenta juicios severos, a menudo injustificados, y genera sospechas.
Lo que comienza como un intercambio aparentemente inofensivo —“¿Te enteraste de lo que pasó con fulano?”— puede convertirse rápidamente en una narrativa con consecuencias de gran alcance, que resuena ampliamente y perdura mucho después de que se hayan dicho las palabras originales.
Esto siempre ha sido así. Pero recientemente, la magnitud, la velocidad y las consecuencias han aumentado. Las redes sociales han potenciado el chisme, haciéndolo mucho más eficaz y peligroso. Lo que antes ocurría en círculos privados ahora se desarrolla públicamente, amplificado por algoritmos que favorecen la indignación y el sensacionalismo. El chisme no es solo local: alimenta teorías conspirativas generalizadas y puede fracturar sociedades.
La oleada de teorías conspirativas que proliferan en internet en los últimos años —afirmaciones sobre fuerzas ocultas que manipulan eventos y rumores virales sobre figuras públicas que se propagan más rápido que las aclaraciones — se ha infiltrado en el debate público. Las noticias de tiroteos o intentos de asesinato rápidamente dan pie a teorías sobre operaciones de «falsa bandera» o sobre la idea de que los arrestados son meros chivos expiatorios.
Estas narrativas comienzan en los márgenes, pero se propagan con rapidez porque apelan a un impulso profundamente humano: sentir que tenemos acceso a información oculta, creer que vemos lo que otros no ven. Para cuando salen a la luz los hechos, el daño ya está hecho, y estos se descartan como encubrimientos. La reputación se ve inevitablemente perjudicada, y las consecuencias negativas perduran más allá de la verdad.
Lo que todos estos ejemplos tienen en común no es solo su inexactitud, sino también su atractivo emocional. El chisme, ya sea antiguo o moderno, se nutre de un tipo particular de placer: la satisfacción de estar «al tanto», junto con el sutil refuerzo de la propia visión del mundo.
En un entorno polarizado, ese placer se intensifica. Tendemos mucho más a creer y a repetir información que confirma lo que ya pensamos, especialmente cuando presenta al «otro bando» bajo una luz negativa.
Todo esto indica un cambio social más amplio. El chisme moderno y digitalizado impulsa ahora poderosamente la polarización. Ya no se trata solo de que la gente hable mal de los demás; se ha convertido en un proceso donde comunidades enteras construyen realidades paralelas, cada una sostenida por su propio ecosistema de rumores, medias verdades y falsedades.
Dados estos acontecimientos, el tratamiento que la Torá da al chisme en la Parashá Tazria-Metzora se percibe menos como una curiosidad antigua y más como una corrección sorprendentemente relevante. El metzora — aquel que padece tzara’at, una decoloración que aparece en la piel, la ropa o las paredes — es visto tradicionalmente por los Sabios como alguien que sufre las consecuencias del lashon hara, la difamación.
Cabe destacar que no se trata solo de que la difamación produzca una manifestación física, sino también de la respuesta a esta condición: el metzora es aislado (Levítico 13:46): בָּדָד יֵשֵׁב מִחוּץ לַמַּחֲנֶה מוֹשָׁבוֹ – “deberá sentarse solo, fuera del campamento”. El tejido social, antes tejido por chismes inofensivos, ahora se desmorona; el resultado de la difamación es, literalmente, el aislamiento social.
El lashon hara no solo daña a su víctima inmediata, sino que socava la integridad de toda la comunidad. Distorsiona la realidad, erosiona la confianza y crea divisiones donde debería reinar la cohesión. En una sociedad construida sobre valores compartidos y responsabilidad mutua, este tipo de corrosión no puede simplemente ignorarse.
Pero la Torá no solo castiga, sino que educa. El aislamiento de la metzora no es un acto de rechazo, sino una oportunidad para la reflexión. Alejada del constante bullicio y del incesante intercambio de palabras, la metzora se ve obligada a confrontar el verdadero poder del lenguaje: lo que puede construir y lo que puede destruir con tanta facilidad.
En nuestro mundo, rara vez experimentamos ese tipo de pausa forzada, especialmente en una era de uso adictivo de los teléfonos inteligentes. Nos desplazamos sin cesar por correos electrónicos, mensajes, videos y redes sociales, atrapados en un flujo incesante de información.
La presión por responder es inmediata, y el impulso de compartir algo particularmente sugerente o provocador está siempre presente. Siempre hay otro titular, un rumor escandaloso o algún tipo de «información privilegiada» que exige atención y está lista para ser difundida.
El medio puede haber cambiado, pero la dinámica esencial permanece. Las palabras siguen dando forma a la realidad; influyen en cómo vemos a los demás, interpretamos los eventos y nos posicionamos en la sociedad. La única diferencia real es que los efectos en cadena son ahora mucho mayores.
Nuestro objetivo no debería ser eliminar la charla social — lo cual no es ni posible ni deseable — sino actuar con mayor responsabilidad. La satisfacción fugaz de difundir noticias sensacionalistas a menudo se ve superada por el costo a largo plazo para la verdad y la confianza.
Sin duda, uno debería resistir la tentación de ser el primero en repetir una historia; en cambio, sé la persona que garantiza la precisión y la imparcialidad. Esta disciplina, difícil en una cultura que prioriza la rapidez sobre los matices, es lo que la Torá busca inculcar.
Miles de años antes de las redes sociales y la polarización moderna, la Torá reveló una verdad simple: el discurso no es neutral. Deja huella, y cuando se usa indebidamente, puede fracturar a las personas y a las comunidades.
Cada vez que queremos compartir ese detalle interesante y sin verificar, no solo estamos entablando una conversación inofensiva. Estamos dando forma al mundo en el que vivimos, tanto nosotros como los demás. Esa es una responsabilidad que debemos tomar en serio.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR



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