Algo para Pensar — Parasha Tazria-Metzora (jueves, 16 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Cuando una mujer tenga un flujo de sangre en su cuerpo, permanecerá separada durante siete días; quien la toque quedará impuro hasta la noche” (Levítico 15:19).

El capítulo 3 del Génesis relata la historia de Adán, Eva y el “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” en el Jardín del Edén. El relato es sencillo: entre todas las criaturas, Dios otorgó únicamente al ser humano la capacidad de elegir entre el bien y el mal, entre obedecer Su voluntad o transgredirla. 

Sin embargo, apenas creados, Adán y Eva optaron por desobedecer. A pesar de la prohibición divina, comieron del fruto del árbol señalado.

Este acto transformó radicalmente la existencia humana. La “obra perfecta” de Dios dejó de ser perfecta, y un elemento nuevo — la muerte — irrumpió en la vida terrenal. Como consecuencia, Adán y Eva fueron expulsados del Edén y enviados a un mundo donde todo logro requiere esfuerzo, lucha y angustia.

A la mujer se le anunció que sus embarazos y partos estarían marcados por el sufrimiento, y que la relación con su esposo estaría teñida de tensión y dependencia. 

Al hombre se le dijo que la tierra sería trabajosa y hostil, que solo con sudor obtendría su sustento, y que finalmente volvería al polvo del cual fue formado (Génesis 3:16–19).

El primer pecado también trajo consigo un cambio en la biología femenina: la aparición de la menstruación, y con ella, las leyes de nidá, que establecen un periodo de impureza ritual desde el inicio del sangrado hasta la inmersión en la mikvé.

Para comprender la relación entre muerte, trabajo, menstruación y el pecado original, es necesario examinar primero qué representa el “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” y cómo su fruto alteró nuestra naturaleza y nuestra manera de cumplir la misión humana.

Existen dos formas de elevar el mundo: desde arriba o desde dentro.

Un líder puede mantenerse apartado, viviendo en santidad y distancia del mundo material, inspirando a otros a elevarse por encima de sus limitaciones. O puede sumergirse en la vida cotidiana, hablar su lenguaje, enfrentar sus intrigas y transformarlo desde adentro.

Del mismo modo, un pueblo puede construir en su tierra una sociedad ejemplar que ilumine a las naciones — como en los tiempos del rey Salomón — o puede dispersarse en el exilio, convivir con otras culturas y elevarlas desde su interior.

Esta diferencia refleja también el contraste entre la vida antes y después del primer pecado. El mal existía desde el inicio como parte del propósito divino: la humanidad debía liberar las “chispas de santidad” atrapadas en la materia. 

Pero antes del pecado, el mal NO formaba parte de la naturaleza humana. Adán y Eva no tenían impulsos internos negativos; incluso su entorno estaba libre de lo profano. Por eso la inclinación al mal aparece ante Eva como una entidad EXTERNA — la serpiente — y no como una voz INTERIOR.

Su tarea era precisa: refinar la creación desde una posición elevada. Liberar la bondad latente sin tener que enfrentarse directamente al mal, sino superándolo y dejándolo atrás. Debían “trabajar y cuidar” el Jardín del Edén, cultivando su perfección y protegiéndolo de cualquier intrusión de maldad.

Pero Adán y Eva no se conformaron con esta misión…

Esto es, Algo para Pensar (drigs,CEJSPR)

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