
Tazria-Metzora (viernes, 17 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
…Pero el primer hombre y la primera mujer no se conformaron con la serenidad de la tarea que se les había asignado. Los sedujo la atracción de lo desconocido, esa especie de antimateria espiritual que se extendía más allá de los límites de su realidad.
El “Árbol del conocimiento del bien y del mal”, situado en el corazón del jardín, los llamó con la promesa de una comprensión más profunda y de una conexión con todos los niveles de la creación divina.
En hebreo, la palabra da’at —“conocimiento”— implica intimidad y unión con aquello que se conoce, como en el versículo que dice que “Adán conoció a Eva”.
La pareja decidió que era más emocionante enfrentarse directamente al adversario que librar una batalla protegidos por la inocencia de una felicidad que aún no comprendían del todo.
Eligieron el conocimiento por encima de la pureza, el conflicto por encima de la calma. Al comer del fruto prohibido, el mal penetró en su interior: se mezcló con su cuerpo, se entrelazó con su alma y se injertó en sus deseos más fundamentales.
Convertidos en seres ajenos al Jardín del Edén, fueron expulsados hacia un mundo ambiguo, donde el bien siempre contiene una sombra de mal y el mal conserva un destello de bien.
Antes de probar del Árbol del Conocimiento, el mal era algo externo a la experiencia humana; pero al romper esa barrera, lo incorporaron a su propia naturaleza, aunque fuera solo por conciencia y cercanía.
Desde entonces, el ser humano se volvió mortal. La vida consiste en estar unido a Dios, la fuente absoluta de existencia; al separarse de Él, la muerte comenzó a reclamar al ser humano desde el instante mismo de su nacimiento.
En el cuerpo femenino, aproximadamente una vez al mes, al finalizar el ciclo ovulatorio, expulsa sangre. La Torá distingue dos tipos de sangre que generan impureza ritual: la de nidáh y la de ziváh.
La sangre que aparece durante el ciclo menstrual habitual convierte a la mujer en nidáh. En cambio, un sangrado que ocurre fuera de los días esperados se clasifica como zivah y está sujeto a un conjunto distinto de normas.
Las leyes de ziváh suelen ser más estrictas, tanto en la duración y severidad de la impureza como en la complejidad del proceso de purificación (véase Levítico 15:19-33).
En términos conceptuales, esto refleja dos clases de impureza espiritual:
una impureza “natural”, inherente a la condición humana desde que se probó del Árbol del Conocimiento; y una impureza “antinatural”, que surge cuando la persona desciende voluntariamente hacia el mal más allá de lo inevitable en un mundo donde el bien y mal están entrelazados, tal como hicieron Adán y Eva cuando el mal aún no formaba parte de la experiencia humana.
La Torá alude a esta distinción en los períodos asignados a cada tipo de impureza: siete días para nidáh y once para ziváh.
La enseñanza jasídica explica que el alma humana posee diez atributos esenciales: tres intelectuales y siete emocionales.
Estos constituyen su estructura interna, a los que se suma un aspecto abarcador o trascendente, sede de facultades suprarracionales como la voluntad, el deleite o la fe.
Las emociones son más susceptibles a la corrupción. Tras el primer pecado, la propia dinámica de la vida hace que nuestro ámbito emocional se vea afectado al interactuar con el mundo.
Los sentimientos, por su naturaleza subjetiva, casi siempre se ven moldeados por el entorno y la experiencia. El intelecto, en cambio, tiene mayor capacidad para elevarse por encima de lo personal y lo circunstancial, buscando lo verdadero y lo absoluto.
Por eso, la distorsión de la mente no puede atribuirse al mal “natural” que afecta únicamente a las siete emociones, simbolizadas por los siete días de nidáh.
El ser humano posee libertad para elegir entre el bien y el mal. Puede resistir las influencias negativas o puede aceptarlas y someterse a ellas. También puede corromperse más allá de lo inevitable, extendiendo la subjetividad emocional hacia la mente — que debería ser objetiva — convirtiéndola en sirvienta de los deseos. Incluso puede deformar su dimensión suprarracional, siguiendo caminos que contradicen la razón y hasta su propio bienestar.
Por eso existen once días de ziváh: representando el mal antinatural que la persona puede introducir en sus diez facultades internas y también en esa “undécima” dimensión trascendente del alma.
Bueno, hemos visto cómo la caída introdujo confusión entre bien y mal; integrar conciencia, responsabilidad y equilibrio en la vida diaria nos devuelve hacia una existencia más plena y alineada.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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